La vara de membrillo, Sarainés Kasdan

Bernat Armangue

El siete de noviembre de 1967, cuando la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobaba y proclamaba la declaración de los derechos humanos de la mujer, una obrera rumana se vio envuelta en una repentina inspiración literaria—la primera de su vida, la última—y escribió en un pedazo de papel periódico la síntesis de sus penurias cotidianas. He aquí la versión en castellano:


Cuando me levanto en la mañana
Corro por toda la casa
Jadeando como un perro
Galopo al trabajo como un caballo
Como chango me cuelgo del autobús
Estoy cargada como un camello
Defiendo mi vida conyugal como una leona.
Al volver del trabajo, en la noche
Me muero de sueño y encima de mi cabeza
Oigo a mi marido murmurar: Hazte a un lado pajarraco.
Quisiera encontrar un remedio milagroso
Que haga de mi un ser humano

El poema llegó a manos de furibundas feministas que hicieron suya el dolor de la obrera y exigieron al marido mejores condiciones de vida. La demanda fue publicada por la prensa nacional. De todas partes del país recibió cartas femeninas que compartían con ella el mismo currículum desgraciado. Decían casi lo mismo: estamos contigo, libérate, libéranos. La obrera abandonó casa y trabajo para dedicarse al combate por la libertad del género.
El marido, congestionado por la vergüenza, consiguió una entrevista a solas y a solas invitó a su esposa a cambiar el escándalo por las cosas simples. La rumana le endilgó como respuesta una frase aprendida de sus nuevas amigas: Las obligaciones asumidas con la vida no deben eximirnos de cumplir con la más importante: vivir para valer y merecer.
El hombre contestó con un golpe bajo: Tus hijos están enfermos, lloran todo el día, te necesitamos. La mujer apretó mandíbula y enmudeció. Tres horas después, la entrevista seguía empantanada. El marido salió al jardín y volvió acompañado. Cinco varazos de membrillo sobre el cuerpo blanco de la obrera lograron desempantanarla.
Al día siguiente la mujer anunció su retiro de las luchas democráticas. Ofreció disculpas. – Yo no sabía, yo no sabía lo que hacía, declaró a los reporteros. – Fue como si el demonio me hubiera poseído.
El final es previsible.
Conjurada la revolución, prensa y feministas enfocaron sus candilejas hacia otros mundos, la obrera regresó a las tareas de la casa, el remedio alejó para siempre los poemas repentinos, Transilvania perdió un poeta, el demonio no volvió a aparecerse, el marido conservó por siempre la vara de membrillo.