El duelo

Edward Steichen

En la taberna de los destinos del pueblo, al calor de unos tragos, la Vida había desafiado a la Muerte a un duelo. La culpaba de ser la causa de todos los males de la tierra en los que incluía la religión y el culto a los dioses como principales pandemias.
Pactaron los dos el acuerdo de que si la Vida pegaba primero, la Muerte tendría que irse para siempre del pueblo y no podría regresar salvo que la Vida lo pidiera en un deseo. Para la Vida era la oportunidad de realizar su más sublime ideal: acabar de una vez por todas con cualquier síntoma de la atroz mortalidad. Ahora que, en caso que la Muerte ganara, bueno, pues ya se podrán imaginar.
Puntuales a la cita, llegaron los dos rivales a una calle encortinada de polvo y desprovista de orillas. Sin pérdida de tiempo, quedaron los duelistas frente a frente y separados por los diez pasos de rigor. Después de unos segundos eternos y de increíble tensión, la Vida se avivó primero, y antes de que su adversario pudiera mover falange alguna, le incrustó un disparo certero que dejó una luna de agujero en mitad del cráneo, ahí en el frontal, donde la bala podía pegar de lleno.
A pesar del tremendo impacto, la Muerte ni siquiera se inmutó; fijó sus oquedades en la figura altiva de la valiente Vida y llevándose el metacarpo al parietal derecho la saludó como se saluda a un general; después, dio media vuelta y patizamba, evidenciando un reumatismo milenario, se fue lentamente caminando hasta que el amarillo polvo, poco a poco, la alejó del lugar.
Eufórica en su alegría y orgullosa de haber librado al pueblo de tan temido personaje, la Vida empezó a saltar, a cantar y a bailar. Iba y venía sin freno, adonde fuera y sin mirar, para adelante y para atrás, feliz de sí misma, gozando de lo lindo sus primeros momentos de inmortalidad; con el azul y el sol de audiencia y el universo de escenario, iba representando su obra maestra: “La Vida y su sombra en eterna danza triunfal”.
Tal era su entusiasmo, que descuidó completamente su camino; y cuando en un tango efusivo quiso echar la pierna atrás, su pie pegó en seco contra el brocal de ladrillos de un pozo que, bien se sabía, no tenía final. Y allá, boca adentro fue a dar la Vida, a un desplome cuya caída no acabaría jamás… a donde el tiempo es nada y el silencio es todo, donde cayendo y cayendo caía…y a donde caería más y más.
Muy rápido, porque eso sí, era muy viva, la Vida comprendió su sino; recordó a su eterno antípoda y lo llamó a su auxilio. Sus esperanzas volvieron cuando desde la oscuridad total oyó un apagado trueno, un cavernoso eco, una voz de otro lugar:
“Sabía que me llamarías de regreso, pero jamás me imaginé que lo harías de manera tan fugaz”.
Apenas terminó de hablar así la Muerte, cuando la Vida se vio de pronto bajo el azul del cielo, en tierra firme y con armas listas para un segundo duelo. Ahí estaban los dos de nuevo; frente a frente, desafiando sus destinos a diez pasos de distancia: la Vida y la Muerte. Pero esta vez quien desenfundó su arma primero fue la huesuda, que con una rapidez de rayo y con mano segura puso su disparo certero entre los chispeantes ojos de su rival.
Cumplido el duelo, la Muerte se deshizo del arma, caminó con enfado hasta la taberna vacía y entró haciendo rechinar el aleteo de la desvencijada salida. Ya sentado a una mesa, prendió un cigarrillo y, mientras lo consumía a profundas bocanadas que el viento se encargaba de exhalar de sus costillas, se quedó observando una eternidad, a través de una ventana partida, el polvo que hacía remolinos sobre la difunta Vida, cuya sangre iba ya pintando lenta y firmemente el destino del hombre: una mácula negra en medio de una dorada calle sin orillas.

JCPozo