Los Mykephagos, Sarainés Kasdan

Ansel Adams

Cuando los Mykephagos ingerían la Amanta Muscarina caían en sueño profundo mientras el alma despertaba de su letargo habitual y salía a recorrer mundo.
Hay quien cuenta que algunas ánimas viajaban mucho y vivían experiencias arduas e indigestas porque regesaban a casa desfallecidas, exhaustas. Entonces se alojaban amodorradas en el cuerpo de su anfitrión y olvidaban las aventuras por semanas, a veces por años enteros. El hombre se volvía calmo, contemplativo, a veces yermo.
Otras contaban al regreso historias inverosímiles; hablaban de lugares y amores irrecuperables o estados de conciencia impropios de este mundo. El cuerpo huésped despertaba más sabio, más hombre, menos cuerpo.
Y había también los que olvidaban el viaje de regreso o se alojaban en cuerpos que no les tocaba o desertaban del propio y por voluntad o desidia se perdían. Los afectados padecían fiebres espectrales y en pocos días agonizaban; los supervivientes se entregaban al crimen con fascinación y deleite.
Con el tiempo, la secta remplazó los hongos por el vino.
La aventura no era más excitante; sin duda más segura. Eso los mató.