Los degenerados, Sarainés Kasdan

Sitthivet Santikarn

Los gusanos llevamos una vida muy sencilla. Nacemos de huevo, como dios manda, maduramos en quince días, consumimos diariamente sin variar hojitas verdes y tallos tiernos, tres veces nuestro propio peso, multiplicamos la especie sin malestar ni fervor y nuestro ayuntamiento genera inevitablemente gusanitos y gusanitas.

Antes de dormir, agradecemos una vida sin complejos.

No podemos quejarnos, no deberíamos quejarnos. En el reparto de los dones universales, la miseria del mundo nos ha disculpado.
Señalar todas las bondades que nos distinguen sería tanto como violentar los límites estrictos de la moderación, audacia muy impropia para nuestra especie. Que baste proclamar, recordando al poeta, en edad y extensión sólo nos aventaja lo eterno.

Como cualquier otra sociedad, la nuestra es imperfecta. Compartimos tierra con un grupo de seres que dada su precaria evolución y su tendencia al desorden son considerados enemigos del pueblo. Por fortuna el grueso de la población es inmune a su influencia, toda vez que al cuerpo de las mariposas lo conforman sólo los degenerados.