Los hijos de Dyóniso, Sarainés Kasdan

Zeus amaneció turbulento; buscó en las sombras cuerpo humano para colmar sus nostalgias masculinas. El dios del trueno encontró a Semele y en silencio convirtió el vientre virgen en fecunda tierra. Hera, esposa del seductor, percibió la infamia del innoble y juró venganza. Encarnada en anciana, visita a Semele y tras felicitarla por sus amores con el dios griego, siembra la duda: ¿eres amada por Zeus?, ¿Acaso lo viste? ¿Por qué no verificas su identidad? Acaso sea un impostor.

La malquerencia maduró. La desdichada le pide a su amante verlo cara a cara. El dios palidece, intenta persuadirla. En vano. Zeus se presenta cubierto, esperando del cielo un milagro que no se dio. Huesos, sangre, nervios fueron fulminados por la luz divina. Cenizas son los restos, humo los vestigios y sobre el despojo, recuerdos. No hay tiempo para lamentos. El padre recoge de la negra arena el niño no nacido, lo deposita en uno de sus muslos y aguarda paciente el nacimiento del bovino bastardo. Ser dios tiene sus privilegios. Al nacer lo nombra Dyòniso.

Es necesaria una nodriza que cumpla como madre e Ino, la cuñada, cumple con los requisitos. Pero Hera no olvida. Enloquece a la bella nodriza y por segunda vez el niño queda sin guardia. Poco a poco deberá acostumbrarse a vivir la presencia de una diosa encabritada y herida.

Hera pacta con los Titanes y acuerda con ellos la destrucción del niño. Dyòniso los ve llegar y sucesivamente se transforma en muchacho, león, caballo, serpiente, toro. Como bovino es despedazado y engullido. El sacrificio se ha consumado. Hera puede disfrutar su paraíso perdido.

Pero la historia tiene cuerda. Deméter rescata oportunamente el corazón del desdichado, lo implanta en la tierra y testifica el milagro: nace la vid, la vida. Del combarte entre la luz y las tinieblas surge la divinidad del vino.

Ya por efectos de una borrachera, ya por la intervención de la madrastra, Dyòniso pierde la razón. Desquiciado y solo viaja a Frigia, Egipto, Siria y la India. El mundo contempla atónito la actuación soberbia de una divinidad perturbada. Y empiezan los milagros.

Dice el sabio Huet que Dyòniso tenía una vara que trocaba en serpiente cuando quería, que pasó el Mar Rojo a pie, que cuando fue a la India gozó de la luz del sol durante la noche, que tocó con su varita de virtudes las aguas del río Orontes y que las aguas se apartaron para dejarle paso libre. Hay quienes lo identifican con Moisés. El demente milagrero se instruye en los misterios, adquiere la palabra oculta y secreta de los iniciados orientales y en las lejanas tierras recupera la cordura. Organiza el contra ataque: un ejército de hombres y mujeres que a su nombre rinden culto a la primavera pródiga, a la vida silvestre, a la voz del cuerpo invaden la tierra.

Dyòniso, entra a Grecia y seduce a sus mujeres. Horda de mujeres hambrientas de vida abandonan platos y cucharas y se entregan al dios temblor de huesos. Evidentemente los griegos se aterran. El mundo no estaba preparado para tal descubrimiento. No lo ha estado nunca.

Reyes, príncipes, héroes y guerreros de todos los estratos combaten a Dyòniso; es el más buscado, el más temido. La lujuria es un magnífico negocio…, siempre y cuando no alcance a nuestras propias mujeres.

Finalmente Perseo lo abate. El dios del vino desciende a los infiernos, pacta con el señor del inframundo el rescate de Semele, sube al mundo de los mortales a proseguir el culto interrumpido.

Ascendió a los cielos cuando le dio la gana y se desposó con la diosa más bella del lugar, Afrodita, divinidad del amor, quien le dio dos espléndidos hijos: Príapo e Himeneo.

Mientras Dyòniso gozaba su nueva familia, los hombres continuaron su memoria, el orgasmo primaveral lo convirtieron en arte y nació el teatro. Desde entonces, sobre el tablado se representa la vida y muerte del dios bovino, la vida y muerte de todos nosotros.

Cuestión de oído. Con un poco de práctica aún podemos escuchar en la voz de los actores el grito salvaje, la rebelión de la primavera, el crujir de los huesos, el manantial de la esperma que encarna el mejor de los ritos: la vida misma.