Parasitismo, Carlos Chimal

Bruno Bisang

En los sueños, las sirenas nadan como en el agua primordial, antes del surgimiento de la vida, cuando efectivamente no había nada más que los sueños: los peces abisales no las amenazan desde abajo, las gaviotas no defecan en ellas cuando salen a la superficie, los barcos no les huyen (ni tampoco, de estar gobernados por marinos jariosos, van a su encuentro a toda máquina) y los simples delfines –que en esto son como los tiburones– no cuentan maledicencias sobre sus cabellos verdes ni sus colas brillantes.

Esta situación, tan placentera para las sirenas, es lo que las vuelve tan difíciles de extraer de la mente del soñador que las acoge. En 2004, la psique de la ingeniera Alejandra B., de la ciudad de Morosa, resultó contener 4,703 sirenas distintas; tenían sus nidos en miedos y aspiraciones, salían a jugar en los recuerdos de la infancia y se alimentaban, voraces, de los conocimientos profesionales que la ingeniera se había metido en la cabeza, a muy alto precio, a lo largo de cinco años en el Tecnológico Integrado de su ciudad. Fue imposible persuadir a las sirenas de cambiar su dieta: la ingeniera debió dejar su empleo y buscar un trabajo no calificado (terminó ateniendo una tortería, donde se le reportó dichosa y serena por varios años). Luego las sirenas empezaron a comerse otros de sus recuerdos. Actualmente, recluida en un hospital, la pobre mujer cree ser una niña y está perpetuamente fascinada por las sirenitas, de cabellitos verdes y colitas brillantes, que ya se le aparecen incluso cuando está despierta, flotando ante sus ojos.