La María Magdalena de Georges de LaTour, Angela Carter

Georges de la Tour

Para que una mujer sea virgen y madre, se necesita un mi­lagro; cuando una mujer no es virgen, ni tampoco es ma­dre, nadie habla de milagros. María, la madre de Jesús, jun­to con la otra María, la madre de san Juan, y la María Magdalena, la prostituta arrepentida, descendieron hasta la orilla del mar; una mujer llamada Fátima, una criada, iba con ellas. Subieron a una barca, arrojaron al agua el timón y dejaron que el mar las llevara a su antojo. Las dejó sobre una playa cerca de Marsella. No se apresuren a imaginar que el sur de Francia era una opción favorable comparada con los desiertos de Siria o Egipto, o los yermos de Capadocia, donde otros santos primitivos, igualmente impulsados por la imperiosa nece­sidad de soledad, sólo encontraban grietas áridas, inhós­pitas, donde contemplar lo inefable. Había ciudades roma­nas pulcras, bien trazadas, blancas por toda la costa del Mediterráneo, en todas partes excepto en el paraje en que las tres Marías desembarcaron con su criada. Desembarca­ron en el centro de una ciénaga palúdica, la Camarga. No era un sitio hospitalario. El desierto hubiera sido más salu­dable. Pero las dos austeras madres y Fátima —no se olviden de Fátima— levantaron una capilla, en el lugar que ahora lla­mamos Saintes-Maries-de-la-Mer y allí se establecieron. Pero la otra María, la Magdalena, la no madre, no pudo detenerse. Impelida por el demonio de la soledad, siguió andando a través de la Camarga; cruzó colina tras colina de piedra caliza. Las aristas de pedernal le laceraban las plan­tas de los pies, el sol le calcinaba la piel. Como una perfecta maniquea, se alimentaba de los frutos que caían por propia iniciativa de los árboles. Comía las bayas que recogía del suelo. Flaca como la hambruna, hirsuta como un perro, la mujer palestina de tez aceitunada caminaba en silencio. Caminó hasta que llegó al bosque del Saint-Baume. Caminó hasta que llegó a la parte más remota del bosque. Allí encontró una cueva. Allí se detuvo. Allí oró. No habló con otro ser humano, no vio otro ser humano, durante treinta y tres años. Para entonces, era una vieja. María Magdalena, la Venus vestida de arpillera. El cuadro de Georges de LaTour no muestra una mujer vestida de arpillera, pero su camisa es rústica y lo bastante sencilla de corte para ser el vestido de una penitente o, por lo me­nos, la clase de prenda que revela que una no ha pensado en el ornato personal al ponérsela. Aunque la camisa se abre profundamente sobre el pecho, no parece mostrar car­ne como tal, sino una carne que se asemeja más a la cera de la vela encendida, a la forma en que, irradiada por su pro­pia llama, la vela brilla tenuemente. Se podría decir enton­ces que de la cintura para arriba esta María Magdalena se encuentra, sí, en la senda de la penitencia, pero de la cintu­ra para abajo, que es siempre la parte más problemática, está la cuestión de su larga falda roja. ¿Un lujo que le quedaba de antaño? ¿Era tal vez el único vestido que tenía, el que se ponía cuando salía a ejercer la prostitución, el que llevaba puesto cuando se arrepintió, con el que finalmente se hizo a la mar? ¿Haría todo el largo camino hasta el Saint-Baume con esa falda roja? No parece que se le hubiera ensuciado durante la travesía, ni se la ve rota o deslucida. Es una falda lujuriosa, incluso escandalo­sa. Un vestido escarlata para una mujer escarlata. La Virgen María viste de azul. Su preferencia ha santifi­cado los colores. Nosotros pensamos en un azul “celeste”. Pero María Magdalena viste de rojo, el color de la pasión. Las dos mujeres son paradojas gemelas. Una no es lo que la otra es. Una es virgen y madre; la otra es una no virgen y no ha tenido hijos. Nótese que en la lengua común no hay una palabra específica para describir a una mujer que es adulta, sexualmente madura y que no es madre, a no ser que esa mujer esté usando su sexualidad como profe­sión. Porque es una mujer, y una mujer sin hijos, María Mag­dalena sigue andando y se adentra en el desierto. Las otras, las madres, se quedan donde están y fundan una iglesia, a donde la gente acude.

Pero ¿por qué ha llevado consigo su collar de perlas? Véanlo ahí, en el suelo, delante del espejo. Y sus largos cabe­llos han sido cepillados con esmero. ¿Está, todavía, plena­mente arrepentida? En la pintura de Georges de LaTour la cabellera de la Mag­dalena está cepillada y peinada con primor. Algunas veces los cabellos de la Magdalena son una pelambre hirsuta como la de un rastafari. Otras veces le cuelgan inextricablemente confundidos con sus pieles. María Magdalena es más fácil de leer cuando está desgreñada, cuando, en el desierto, vis­te el rústico sayo de sus propios deseos, como si los deseos de su vida pasada se hubieran trocado en la hirsuta camisa que atormenta su carne ahora penitente. A veces, su única vestidura es el pelo; una pelambre lar­ga y enmarañada, sucia, que nunca ha visto un peine, que le cuelga hasta las rodillas. Se la ciñe alrededor de la cintura con la cuerda que utiliza cada noche para flagelarse, con­virtiéndola así en una túnica burda. En tales ocasiones, la transformación de la joven, la bella, la voluptuosa María Magdalena, la no virgen feliz, la muchacha de vida alegre, la mujer sorprendida en adulterio, en tales ocasiones, la transformación es completa. Se ha transformado en una criatura salvaje y extraña, en una versión femenina de Juan el Bautista, una anacoreta peluda, prácticamente en cueros, trascendido el género, obliterado el sexo, irrelevante la desnudez. Ahora está a la par de esos santos que vivían sobre co­lumnas como Simeón el Estilita y otros cavernícolas solita­rios que hacían vida en común con las bestias, como san Jerónimo. Se alimenta de hierbas, bebe el agua de los char­cos; ha llegado a parecer una encarnación más primitiva aún que san Juan Bautista del “salvaje hombre de los bos­ques”. Ahora parece el hirsuto Enkidu, el de la epopeya babilónica de Gilgamesh. La mujer que en otros tiempos, con su esplendente vestido rojo, fuera el vicio personifica­do, se ha retirado ahora a una situación existencial en la que el vicio es simplemente imposible. Ha alcanzado la im­pecabilidad radiante, iluminada de los animales. En su ani­malidad nueva, resplandeciente, está más allá de toda op­ción. Ahora no le queda otro camino que la virtud. Pero hay otra forma de mirar las cosas. Pensemos en la Magdalena de Donatello, en Florencia: está reseca, consu­mida por los soles del desierto, castigada por el viento y las lluvias, anoréxica, desdentada, un cuerpo enteramente ani­quilado por el alma. Se puede casi sentir el fétido olor a santidad que exhala: es asqueroso, es repulsivo, es horrible. Por el ardor con que ha abrazado el riguroso ascetismo de la penitencia, puede verse cuánto ha aborrecido su vida anterior de supuesto “placer”. La mortificación de la carne es natural en ella. El enteramos de que la intención de Donatello era que la escultura no fuese negra sino dorada, no la alegra en modo alguno. Sin embargo, puede comprenderse lo que doscientos años atrás proclamó en la Grand Tour algún anónimo hombre de la Ilustración: que la María Magdalena de Donatello “le hacía sentir asco de la penitencia”. La penitencia se transforma en sadomasoquismo. El au­tocastigo es su propia recompensa. Pero también puede transformarse en kitsch. Conside­remos la historia apócrifa de María de Egipto. Que era una hermosa prostituta hasta que se arrepintió y pasó los cua­renta y siete restantes años de su vida como penitente en el desierto, vestida sólo con su larga cabellera. Había llevado consigo tres hogazas y comía un bocado de pan cada día, por las mañanas; las hogazas duraban y duraban. La María de Egipto es limpia y lozana. Su rostro se conserva milagro­samente terso. Permanece tan intocada por la acción del tiempo como su hogaza de pan por la de su apetito. Senta­da sobre una roca en el desierto, se peina la larga cabellera, como una lorelei cuyas aguas se hubieran trocado en are­nas. Podemos imaginar cómo sonríe. Tal vez entona una pequeña canción. La María Magdalena de Georges de LaTour no ha llegado aún, es evidente, al éxtasis del arrepentimiento. Tal vez, en verdad, la ha pintado en el momento preciso en que va a arrepentirse: antes, ciertamente, de su viaje por mar, aun­que yo preferiría pensar que ese ámbito desnudo, lóbrego, sólo amueblado por el espejo es el de su caverna en los bosques. Pero ésta es una mujer que todavía cuida de su persona. El largo pelo negro, liso y bruñido como el de una mujer japonesa en una estampa pintada sobre pergamino, acaba de cepillárselo, sin duda, recordándonos que es la santa patrona de los peinadores. Su cabello es un producto de la cultura, no dejado al albur de la naturaleza. Su cabello revela que acaba de usar el espejo como instrumento de la vanidad mundana. Su cabello demuestra que, si bien me­dita a la lumbre de una vela, este mundo todavía de algún modo la reclama. A no ser que estemos observándola en el momento mis­mo en que su alma se adentra en la llama de la vela. En los Evangelios, encontramos a María Magdalena haciendo algo extraordinario con los cabellos. Después de masajear los pies de Jesús con el precioso ungüento de su pote, los seca frotándolos con sus cabellos, una imagen tan asombrosa y tan eróticamente precisa que es sorprendente que tan raras veces aparezca representada en el arte, sobre todo en el arte del siglo XVII, cuando la exaltación religiosa y el erotismo iban tan a menudo de la mano. Magdalena usando su cabellera, la hermosa red con la que solía atrapar a los hombres como… bueno, como un estropajo, un paño de cocina, una toalla. Y hay en la actitud, además, un algo de perverso. En suma, la clase de gesto llamativo que obvia­mente haría una prostituta arrepentida. Se ha cepillado el cabello, quizá por última vez, se ha quita­do el collar de perlas, también por última vez. Ahora está mirando absorta la llama de la vela, que se duplica en el espejo. En otros tiempos, ese espejo era la herramienta de su oficio; era en el fondo del espejo donde ella reunía todos los elementos de la femineidad que conjuntamente ofrecía en venta. Pero ahora, en vez de reflejar su rostro, duplica la pura llama. Cuando yo estaba de parto, pensaba en la llama de una vela. Estuve en trabajo de parto durante diecinueve horas. Al principio, los dolores venían espaciados y eran relati­vamente leves; resultaba fácil controlarlos. Pero cuando comenzaron a ser más frecuentes y a hacerse más y más intensos, empecé a concentrar la mente en la imaginaria llama de una vela. Imaginé la llama de la vela como si fuera la única cosa que existe en el mundo. Qué blanca es, qué serena. En el corazón de la llama blanca hay un cono transparente de aire azul; es ese cono de aire azul lo que hay que mirar, es en él donde hay que concentrarse. Cuando los dolores se vol­vieron agudos y continuos, concentré en ella, en esa ausen­cia azul del corazón de la llama, toda mi atención; como si ella fuera el secreto de la llama, y si yo me concentraba en ella lo suficiente, fuera a convertirse también en mi secreto. Pronto no hubo tiempo para pensar en ninguna otra cosa. Para entonces, yo estaba enteramente sumida en el espacio azul. Aunque ellos tijereteaban y cortajeaban mi cuerpo, por allá abajo, para finalmente permitir que el bebé hallara el camino más expedito, toda mi atención estaba concentrada en el corazón de la llama. Una vez que la llama de la vela hubo concluido su traba­jo, se apagó sola, de un soplo; envolvieron a mi bebé en una mantilla y me lo entregaron. María Magdalena medita sobre la llama de la vela. Se adentra en el corazón azul, en la ausencia azul. Se transfor­ma en algo que ya ha dejado de ser ella. El silencio de la escena, porque no he visto jamás una pintura más silenciosa que ésta, emana no de la oscuridad que hay detrás de la vela que se duplica en el espejo, sino de las dos velas, la vela real y la refleja. Las dos velas disemi­nan, entrambas, luz y silencio. Y han transportado a la mujer al éxtasis de la iluminación. Ella ya no habla, no puede hablar. En el desierto, gruñirá tal vez pero renunciará al lenguaje humano después de esto, después de haber me­ditado sobre la llama de la vela y el espejo. Del mismo modo en que ha abandonado el collar de perlas y dejado a un lado el sayo escarlata, renunciará al lenguaje. El nuevo ser, la santa, está gestándose en este acoplamiento con la llama de la vela. Pero ya algo ha nacido de este acoplamiento con la llama de la vela. Mirad. Allí donde llevaría su bebé, si fuese una madre virgen y no una prostituta sagrada, no lleva un niño vivo sino un memento mori, una calavera.


8 comentarios sobre “La María Magdalena de Georges de LaTour, Angela Carter

  1. La calavera es de Juan Bautista(marido de Magdalena, antes de Jesús) y Magdalena tuvo 3 hijos con esos 2 hombres….además, NUNCA fue prostituta. Busque por el libro “La Esperada” y informese mejor :-)

  2. Gracias por sus comentarios. La responsabilidad del artìculo es de la escritora Angela Carter. En todo caso a ella deberìa dirigirle su reproche. Un saludo

  3. Creo que tienes razòn. Pero no nos quedemos en la mera anécodta històrica. La reflexiòn de la autora lo trasciende y desea abordar la naturaleza de la mujer de manera màs integral. Gracias por tus comentarios

  4. claro facil expresar pensamientos acerca de un mujer seria mejor informarse acerca de la verdadera historia de la que puede ser tu reina

  5. Es un texto estupendo. Me hizo sentir como nunca antes lo que pudo haber sido el sufrido destino de esta María. Es irritante la observación de la expresión de la que recomienda la lectura de “La Esperada” y su descalificada opinión. Y también desaconsejo informarse de verdaderas historias. Frente a tal belleza poética mi reverencia a la escritora Angela Carter de quien me gustaría leer más. Excelente decisión de aportar este manojo de delicadísima sensibilidad femenina.

  6. Desde la decada de los 60´s el Vaticano ha reconocido que Maria Magdalena no era una prostituta.

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