Guilles de Rais, Sarainés Kasdan

Alexander Binder

Guilles de Laval, el Barón de Rais, extravió su alma el 30 de marzo de 1431, mientras veía consumirse en la hoguera de las expiaciones a Juana de Arco, la doncella de Orleáns.
Un día después, el desalmado descendió a otras alturas. Abandonó la carrera militar, dejó a su familia, renunció a la fama y al amor de las mujeres, huyó de aquellos que lo amaban, despreció a sus amigos, se hizo cómplice de hechiceros y malhechores, buscó en el vampirismo, el crimen y la sodomía la armonía perdida, se volcó en las doctrinas herméticas para encontrar la piedra filosofal capaz de transformar su dolor en luz sin sombra, encontró en la sangre el agente capaz de redimirlo de la muerte, así como la sangre del Maestro redimió y purificó a los pecadores. A falta de un mundo mejor, creó su propio paraíso. El era Dios y sus ángeles, jóvenes adolescentes a quienes les vaciaba la sangre, los violaba y se los comía, no siempre en ese orden.
¿Quería Guilles de Rais anular a Dios por haberle robado el amor de su vida o comprendió que la Unidad estaba fracturada y trabajó para reconstruir a un Dios incompleto?
Sabemos que fracasó, no cuáles eran sus propósitos.
Desentrañar los secretos del universo le costó una fortuna infinita. Hundido en una pobreza intratable, en una miseria para la que no había nacido, quiso pactar con el demonio para recuperar su hacienda pero el trato era desventajoso para el mal; el barón carecía de alma para saldar la cuenta.
Sin esperanza no hay futuro. Fue la sombra de una sombra cuando fue denunciado por el pueblo.
Acusado y sentenciado por el secuestro, la tortura y el asesinato de más de doscientos adolescentes, el barón fue ahorcado el 26 de octubre de 1440.
Murió en paz, confortado por el llanto descarnado de los padres, como si el patíbulo fuera la madre de quien obtendría finalmente la iluminación, como si el dolor le hubiera devuelto el alma y encendido el Loto del corazón

Recordar al Barón es un pretexto. Finalmente es una historia común y corriente: un hombre ama a una mujer, la pierde y se pierde, hace responsable a otro– Dios o el diablo, la vida o los hombres — arremete contra el presunto culpable, vive desordenadamente varios años, gana el derecho a morir y hereda con su muerte varias víctimas, quienes buscarán igualmente redimir sus culpas antes de encontrar la paz.
Cambian las circunstancias, la historia ocurre hoy y siempre.
Más allá de la memoria, ¿Cuál es el fundamento de una vida así?
No hay coincidencias ni vidas perdidas. Hay milagros imperceptibles y leyes desconocidas.
Tal vez la pasión del vampiro francés encendió en otro tiempo y en otro lugar alguna criatura perdida de Dios, tal vez en el rústico laboratorio, en la ruina y la desolación, se gestó la piedra solar que permitió, siglos más tarde, a que ocuparas un lugar sagrado en el universo, tal vez cualquier vida sea solo un pretexto para que otra criatura viva mejor.