La Sirena, Rafael Bulle-Goyri Minier

Bruno Bisang

Quisiera exponer ante ustedes, distinguidos caballeros que hoy me honran en esta sala, los recientes descubrimientos que tienen que ver con esa maravillosa criatura que hoy nos ocupa. No se me escapa que nuestra genuffia admiración por lo que no debe ser motivo de que olvidemos que, al fin y al cabo, es un ser vivo y, como tal, sujeto al más serio y positivo escrutinio de su conformación, costumbres alimenticias, habitat, fisiología y, en fin, de todas aquellas características que la hacen tan fascinante y -¿por qué no decirlo?- diabólica.

Dejo a otros más capaces la profundización en su psicología. Yo me limitaré a hablar de manera general y tal vez irresponsable de los rasgos que le son tan propios, e intentaré dar cuenta de sus costumbres apenas entrevistas, ateniéndome a la mayor objetividad posible.

Para todos fue una sorpresa mayúscula la captura de una sirena. Desde la antigüedad se sabía de su existencia, aunque no me detendré aquí a relacionar los mitos y consejas que la aluden. El primer dato fehaciente, incuestionable, de que las sirenas existían en realidad proviene de Ciro de Iburs, año 1276.

Se recuerdan con deleite sus amplios y documentados escritos publicados en Pisa bajo el título de Omnia Terrarum y la excelente factura de las miniaturas realizadas por su ayudante, el más tarde famoso copista Fortegrolta. En tal obra, el célebre abate y navegante nos habla de su viaje a las Azores y del hallazgo del cuerpo muerto de una sirena bellísima. Con extremado detalle nos proporciona la descripción de la misma y nos cuenta cómo se saló el cuerpo para trasladarlo hasta Marsella, en donde el Santo Oficio ordenó se le quemara. No obstante, el capitán del navio, en carta enviada al Cardenal Tïagga años después, acota características de la sirena que guardan una notable discrepancia con las relacionadas por Ciro de Iburs. Dicha carta puede hoy leerse en la Biblioteca de Tbrtn.

Hubieron de. pasar varios siglos para que el mítico ser se presentara nuevamente a los humanos. Esto ocurrió en las costas de Nueva Inglaterra en 1642. El hecho quedó plasmado en la vieja trova que aún cantan los habitantes del lugar:

La serpenteante cabellera de algas

los ojos furibundos y malignos

grita, que no canta,

en las playas de Providence.

Ignoramos la condición y número de las sirenas vistas ahí entonces, pero es incuestionable que los lugareños vieron al menos una, según puede desprenderse de la exactitud con que fue descrita en la trova y que ustedes, amables colegas, pueden constatar con sus propios ojos. Vean su cabellera, que si bien no de algas contiene de éstas una cantidad apreciablc; observen sus ojos, que nos miran a los aquí reunidos con ira y malignidad. Varias veces en esta sesión nos ha sobrecogido su atroz alarido, el que ha obligado a varios de nuestros eminentes colegas a escapar alegando mil pretextos. Recordarán por otra parte, señores, que don José Feliú y Codina, ese célebre periodista español, narró con agudeza e ingenio su encuentro con dos sirenas en las playas de La Coruna, lo que daría pie a su genial obra Las hadas dei mar, Don José se hizo acompañar más tarde de varios aldeanos y todos juntos pudieron contemplar absortos las airosas contorsiones de las escamosas hembras. De esto y más dio cuenta en sus apasionantes reportajes.

Pero dejemos la historia, pues aquí tenemos ante nosotros por primera vez, en el claustro de esta honorable Sociedad, pictórico de sabios, a una sirena viva y saludable.

Hasta el momento hemos sido incapaces de comunicarnos con ella. Nada sabemos de su lenguaje, fuera de esos profundos, aterradores pero a la vez bellos lamentos. Ignoramos si su lenguaje se restringe a éstos o si son tan sólo el resultado de encontrarse tan lejos de su morada. En los tres meses que han transcurrido desde su captura en las inmediaciones de las Oreadas, hemos sin embargo aprendido mucho de sus costumbres. No relataré los medios que hemos dispuesto para ello, pues los habrán leído con la necesaria atención en los anales de esta Sociedad. Me iré, pues, derechamente, a hablar de tales costumbres.

En principio, no nos ha sorprendido su tamaño. Mide exactamente un metro con noventa y dos centímetros desde la cabeza hasta la punta de la aleta caudal.

Sin embargo, las dimensiones de su porción humana corresponden a las de una mujer de un metro con sesenta. Tenemos suficientes elementos para considerar que éste es el tamaño promedio de la especie, y lo mismo podemos afirmar de su coloración. Habrán notado que es verdosa con tintes rosáceos, pero casi indistinguible del que tiene una persona enferma y débil.

Respira a través de pulmones y no de agallas, las que empero posee en la parte posterior de los pabellones auriculares de forma rudimentaria o residual.

A pesar de que su apariencia es la de una joven de veinticinco años a lo sumo, lo cierto es que nuestras pesquisas nos han llevado a la irrebatible conclusión de que su edad es de cuatrocientos setenta y cinco años. ¡Cuatrocientos setenta y cinco años, estimados colegas! Esta sirena que tenemos ante nuestros ojos es contemporánea del gran Leonardo, del temible Savonarola, del genial Botticelli.

¡Y es apenas una sirena de mediana edad!

Desconocemos hasta ahora la razón de su extrema longevidad, pero tenemos razones para creer que es la dieta de estrellas de mar, su único alimento, la responsable.

La parte pisciforme se extiende no de la cadera hacia abajo, como durante tanto tiempo se creyó, sino desde el borde inferior de los senos. A fin de que ustedes, señores, no se sintieran ofendidos por su impudicia, hemos debido cubrírselos con ese corsé que tanto la agravia. Lo lamento realmente, pero lo juzgamos indispensable.

Carece de la aleta anal, pero la caudal es grande y, como pueden valorar, muy hermosa, pues se asemeja a la de la especie Carassius Auratur. Ese color está presente en toda la porción posterior, dándole esa bellísima apariencia que seguramente disfrutan en este momento.

He mencionado anteriormente que la estrella de mar es su alimento único.

En efecto, no hemos podido lograr hasta hoy que ingiera una dieta diferente.

Pero sacrifica la variedad por la cantidad: devora hasta un ciento de estrellas de mar de considerable tamaño cada día-

Duerme dos horas de cada veinticuatro. El resto del tiempo nada perezosamente en el estanque que le hemos construido o permanece sentada en el islote artificial del centro. Apoya su cabeza entre las manos y mira sin ver. De su boca escapan entonces esos espeluznantes lamentos que tanta audiencia nos han costado ya. Durante las dos horas que duerme, flota de espaldas» cierra los ojos y se abandona al vaivén de las pequeñas olas que con un dispositivo especial podemos producir.

Se decía que las sirenas arreglan su cabello utilizando peines de nácar, pero ésta en particular no lo hace. Hemos puesto en sus manos un enorme surtido de peines, desde simples espinazos endurecidos de peces hasta el de carey y oro con incrustaciones de turquesa, que perteneció a Lady Godiva. Nada hemos logrado.

Tampoco toca el laúd. Es definitivamente incapaz de tañerlo con propiedad a pesar de que se muestra curiosa e Interesada en el instrumento.

Parece no darse cuenta de la presencia de otros peces, o -mejor dicho- de los peces, puesto que ella no lo es. Casi podría afirmar que no existe comunicación alguna entre estas formas de vida tan semejantes y sin embargo tan distintas. Tal indiferencia no la limita a los peces pequeños: durante dos semanas colocamos en el estanque un tiburón hambriento que la ignoró por completo al tiempo que devoraba pececillos minúsculos. Ella no cambió ni por un momento su actitud apacible e incluso durmió lo acostumbrado mientras la fiera la rozaba en sus ires y venires.

Sus órganos internos son virtualmente los mismos que nosotros poseemos, con una notoria excepción. Hemos descubierto que tiene tanto genitales masculinos como femeninos, entreveradas en forma tal que ella misma es capaz de fecundarse. Pare a través de una vagina discretamente cubierta por los pliegues de la aleta caudal El producto de la autofecundación es siempre una hembra, nunca un macho.

Pensamos, aún sin evidencias sólidas, que es capaz de parir una vez que alcanza los ciento veinticinco años, y lo continúa haciendo hasta su muerte, que ocurre alrededor de los seiscientos quince; cada parto presenta un período de treinta años. Cuando muere, lo hace siempre cerca de las islas Flannan, al noroeste de las Hébridas, y por lo común los esturiones de esos mares devoran el cadáver.

Disculpen ustedes tales detalles, que pueden tener mucho de erróneo y más de fatigoso, pero debo añadir aún otros si es que desean tener una clara imagen de ser tan insólito. Desde que nace es capaz de nadar con maestría y se alimenta hasta los ocho lustros de vida con leche materna. No obstante, alcanza su apariencia adulta desde los siete años. Tbma la forma, entonces, de una bella mujer, la que no perderá jamás, pues no envejece.

Vive siempre en agua salada, pero muere invariablemente en la dulce; es por esa razón que nunca se le ha visto en ríos o lagunas. Hay, reconocidas –y aquí debo aquilatar el valor de la indagación-, tres especies. La primera, más grande y vigorosa que las otras dos, habita en las profundas simas del Pacífico septentrional. La segunda especie, la más hermosa, en el Mar del Norte; a ésta pertenece nuestra involuntaria invitada. Finalmente, la última, que tiene la particularidad de ser en extremo voraz aunque más pequeña, mora en el Egeo.

Es de ella de quien nos habla e! barón Gilbert D’Aneuii en su monumental y densa obra European Mermaids: A Treatise, publicada por Mallot en 1923.

Debo aquí concluir, por fuerza, esta suscinta descripción, distinguidos colegas. Deberemos proseguir nuestras pesquisas si deseamos conformar el cuadro completo y cabal de este ser portentoso.

Es por ello que me permito invitarlos a proceder al salón anexo, al que será conducida nuestra sirena apenas estén concluidos los indispensables preparativos, a fin de que formulen los comentarios pertinentes que les merezcan las vivisección y posterior autopsia que sobre ella practicaremos.

Muchas gracias.


.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s