La fiesta ajena, Tahar Ben Jelloun.

Kaushik Chatterjee

Cada vez que Mohammed toma el metro, eleva una plegaria en la que se dirige a Alá y su profeta para agradecerles que goza de buena salud. Con los ojos cerrados, cuenta las estaciones. Baja en la decimoquinta. Cierra los ojos porque considera que con frecuencia jóvenes franceses, árabes o africanos no se comportan correctamente. Piensa para sus adentros que son unos maleducados y que sus padres están desbordados. Y piensa también en sus propios hijos para, al poco, serenarse diciéndose que mientras esté ahí, no habrá problemas. Sus tres hijos -de 13, 10 Y ocho años respectivamente- reciben a Mohammed cuando llega por la noche a su casa: se han cambiado de ropa para salir. Apagado el televisor y puesta la mesa, reina en el piso una calma desacostumbrada e incluso los vecinos per­manecen silenciosos.

-Estamos esperando desde hace una hora, dice Jamal, el pequeño.

-Has tardado demasiado, añade Malika, la segunda

-Bueno, te damos una oportuni­dad más para que podamos perdonarte este retraso, tercia Nabile, el hermano mayor. Cuando él pregunta inocente­mente qué pasa, los tres responden a coro, como si hubieran ensayado antes la escena: ¡Queremos celebrar la Navidad! Mohammed, al tiempo que se queda mirándoles, pasmado, repite maquinalmente: ¡Celebrar la Navidad!, ¡Celebrar la Navidad! ¡Caramba, eso es nuevo!.

-No te quites los zapatos ni el abrigo. Compraremos el abeto y los adornos, dice Jamal. Habla en tono decidido. El pequeño es su preferido. Nunca discute con él. Su madre dice que es el niño mimado de la casa. Mohammed prueba suerte: -Hijos míos, La Navidad no es una fiesta nuestra, es la fiesta de los cristianos; nosotros no somos cristianos, somos musulmanes. El otro día celebramos el Aid Kebir, la fiesta del cordero, ¿Os acordáis?

-¡Y cómo nos acordamos! Aún tengo náuseas -dice Malika-. No soporto la carne de cordero; no me sienta bien, con tanta grasa. En esa fiesta que te gusta tanto no había regalos, sólo carne y despojos. En cambio, cuando llega Papá Noel deja regalos a los niños ¡y es precioso! Mohammed no pronuncia palabra, se quita el abrigo sin que Jamal le deje siquiera colgarlo. La madre, sonriente, observa la escena desde la cocina. Su marido la llama. Ella responde que ahora no puede, que está ocupada. Mohammed insiste:

– ¡Ayúdame, aquí hay un comando armado que quiere convertirnos al cristianismo!

-No exageres, Mohammed. Son sólo niños que quieren imitar a sus amigos del colegio.

-¿Tú crees que la familia Moktar celebra la Navidad?

-Mohammed, las niñas de esa familia llevan el velo y no pueden ir al instituto; además, la mujer no sale sin la autorización del marido. Nosotros no tenemos trato con esa familia. Los hijos rodean a su padre y barran el dintel de la puerta. Jamal le empuja hacia la entrada. La madre interviene y dice que no hay que hacer un drama con ese asunto del árbol de Navidad. Los niños, a coro, vuelven a protestar: ¡Somos franceses! ¡Somos franceses! Mohammed se impacienta, nervioso. Se siente herido. Nunca llegó a imaginarse que un día sus propios hijos invocarían a Francia en su favor… No obstante, sabe perfectamente que constan en el registro civil del municipio de Genevilliers y en el consulado de Marruecos. La verdad es que fue su madre la que hizo las ges­tiones oportunas para registrarlos en los servicios correspondientes de la administración francesa y quien los inscribió en el consula­do. Mohammed les dice:

-Sois marroquíes y musulmanes, aunque tengáis dos pasaportes. El mayor quiere serenar los ánimos: -Es fácil. El otro día te complacimos comiéndonos tu cordero grasiento; ahora te toca a ti darnos gusto y acompañamos para elegir un buen árbol de Navidad, con sus bombillitas parpadeantes y sus bolas doradas.

¡Pondremos las zapatillas a los pies del abeto y al despertarnos iremos a abrir nuestros regalos! ¡Es muy bonito! Malika, conocida de todos por su sensatez y por tener éxito en los estudios, intenta explicar a su padre la situación: – ¡Pero papá, despierta de una vez! ¡Los cristianos no son los únicos que celebran la Navidad! ¡Nuestro médico, el doctor Touré, que es tan musulmán como tú, ha comprado un abeto magnífico para sus cinco hijos; no es la primera vez que esa familia celebra la Navidad! Además, ¿qué es esa historia de ser musulmanes? No sé qué es; te he obedecido y no como carne de cerdo en el colegio. Me siento ridícula y no digo que tengo hambre. El Corán no prohíbe adornar un árbol o recibir regalos, ni comer el pavo, las castañas confitadas, el bizcocho de Navidad… -¡Malika, de paso si te parece también puedes recordamos la misa del gallo! -¡No, eso no nos interesa, a esa hora estamos durmiendo! Mohammed solicita una pausa, el tiempo justo para encerrarse con su mujer en su dormitorio y tratar de dar con una solución a la crisis. Pero como la propia prole ha accedido a la pausa, ellos mismos supervisan su duración. La madre se pone del lado de los hijos. Explica a su marido que tarde o temprano el punto de vista francés se impondrá. Mohammed, clama, crispado, y se niega a admitir la posibilidad de que Francia y sus tradiciones cristianas se queden un día en su prole e insiste: -Somos marroquíes y musulmanes. Debemos dar a nuestros hijos una educación marroquí y musulmana, son nuestras raíces y nuestra cultura. -Es igual, tus hijos ni siquiera hablan árabe; cuando estamos de vacaciones en Marruecos se bur­lan de ellos porque chapurrean palabras árabes como los europeos. Aquí sus principales amigos y compañeros son franceses, católicos o judíos. Aquí se sienten en casa, a Marruecos van de vacaciones, eso es todo. Has de admitir esta realidad. Llegados a este punto, es evidente que Mohammed está tocado: su mujer le habla por primera vez en estos términos y ceja en el intento. Se siente solo y desamparado. Tiene ganas de llorar, pero se contiene. Cae en la cuenta de que ya no tiene nada que hacer; se levanta, sale de la habitación y abandona el domicilio solo, después de zarandear a sus hijos.

Piensa que sólo se trata de una crisis pasajera; que se irá y todo volverá a ser como antes. Siempre ha eludido plantear abiertamente el problema. Francia es para él una tierra de exilio que un día abandonará. No sabe cuando pero está convencido de ello. Nunca ha querido solicitar la nacionalidad francesa, se ha burlado de su mujer cuando trataba de solicitarla para ella y sus hijos. No apreciaba utilidad alguna en convertirse en francés. Ninguno de sus amigos y compañeros en la fábrica ha franqueado este paso. Desde luego está por ejemplo Kader, que es francés, pero su padre, soldado de regimiento, le inscribió en el registro civil francés. El resto de miembros de su generación se hallan en parecida situación a la de Mohammed. Mohammed se adentra por la calle desierta. Alza la mirada a las ventanas Iluminadas de las casas: él habría debido estar ahora allí como uno de sus inquilinos, rodeado de sus hijos y de su mujer. Mohammed sueña con una vida sencilla, corriente; mientras anda se siente alcanzado por el mal de ojo y le echa las culpas a la mujer de Moktar, envidiosa y mala. No la conoce, pero la cree capaz de hacer daño a su familia. Se detiene ante una taberna. Entra, tras titubear un instante. Una mujer sirve en la barra. Dos magrebíes juegan a cartas.

No los conoce. Pide un café. Es un lugar tan triste y desolado que Mohammed se pregunta si no será para él el comienzo de la pendiente, de la ruina y la decadencia. Recuerda una película que vio por televisión en la que un administrativo, un buen padre de familia, lo pierde todo y se convierte en un vagabundo, en un hombre sin techo al que prenden fuego unos toxicómanos. Tiene miedo; consulta su reloj y decide regresar a su casa. Divisa una lucecita parpadeante en el salón. Piensa: se han atrevido, lo han hecho, han pasado por alto mi opinión y mi decisión. Está furioso, pero esta vez trata de dominarse. Al abrir la puerta, contempla un enorme abeto en medio del salón, adornado con profusión de bombillitas parpadeantes.

Corona el abeto un imponente Papá Noel revestido de lentejuelas rojas y doradas. Son las once. Todo el mundo duerme. Tiene hambre, se dirige a la cocina, tiene su cena preparada en la mesa. Se acomoda y, mientras cena, reflexiona sobre lo que va a hacer. Empieza por desenchufar el cable cubierto de bombillitas multicolores, descuelga el Papá Noel y lo despedaza en pequeños trozos. Vuelve a la cocina para buscar unas tijeras y un cuchillo. Lentamente, corta una a una las ramas del abeto y las deposita en un gran cubo de basura que ha dispuesto al efecto.

Procede meticulosamente, con precisión. Trata de no hacer ruido para no despertar a sus hijos o a la madre. Le queda el tronco del árbol, ahora desnudo y despojado de sus ramas. Le habría gustado serrarlo en dos, pero no dispone de la herramienta adecuada. Recoge las ramas del suelo, pasa la escoba: Ahora, el salón está limpio. El tronco del árbol descansa contra la pared. De puntillas, saca las dos bolsas de basura y baja a la calle a tirarlas lejos de la vivienda. Al volver, por fin se siente aliviado. Mientras se lava y arregla , piensa que habrá que poner otra cosa en el lugar del abeto. Toma una hoja de papel y escribe con un rotulador:

“Malika, Nabile, Jamal, ha venido Papá Noel y se ha llevado su árbol. Me ha dicho que os diga que nosotros también tenemos una fiesta, en la que celebramos el nacimiento del profeta Mahoma; se llama el Mulud y la celebraremos el próximo 15 de enero; ese día, yo os compraré regalos, que cada cual dibuje el regalo que le gustaría recibir. Vuestro padre, que os quiere”. Mohammed clava la hoja de papel en el tronco desnudo y se va a dormir con la conciencia tranquila.

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