Mucho tiempo después, Felipe Garrido


Mucho tiempo después, una noche tuve un sueño maravilloso. Soñé que estaba a la orilla del mar, en una playa rocosa. Las olas reventaban y la espuma me salpicaba. Comencé a oír una canción; la canción más hermosa que he escuchado jamás. La cantaba una sirena rodeada de peces, que tocaba su guitarra en el agua, cerca de la orilla.
A la mañana siguiente me levanté tempranito. Era domingo y todos dormían. Me vestí sin hacer ruido, para no despertar a mi hermano; bajé las escaleras, atravesé el patio y entré al taller. ¡Qué quieto, qué callado estaba! Hacía un poquito de frío. Junto a la ventana, en una repisa, había un montón de barro, cubierto con un trapo mojado. Puse un poco en uno de los tornos, me eché agua en las manos y comencé a trabajar.
Dentro de mí yo seguía viendo a la sirena que cantaba. Cerraba los ojos y la veía tan claramente como en mi sueño. Comencé a copiarla con pedacitos de arcilla. Trabajé mucho tiempo, sin moverme de mi lugar. Le puse su corona de plumas, su guitarra, sus collares, su gran cola de pescado. Luego la vi completa, mi sirena, y me gustó. Al final le puse por fuera, también de barro, un corazón.
-Eres un artista -me dijo el abuelo al rato, cuando la vio. La llevamos al horno. Luego la pinté. La puse en mi cuarto, arriba de la mesa. En las noches, cuando me estoy quedando dormido, como que la oigo cantar.

8 comentarios sobre “Mucho tiempo después, Felipe Garrido

  1. ¡Fantástico! Tu sitio todo está lleno de excelentes fotografías y buenas piezas de texto, aunque no acabo de decidir si calificar tu blog de “oscuro”. Igual me gustó. Enhorabuena
    Llegué aquí gracias al (nuevo) navegador de etiquetas de wordpress.

  2. Dicen las crónicas:
    Primero escucharás a las sirenas, las que hechizan a todos los hombres que se acercan a ellas. Quien acerca su nave sin saberlo y escucha su voz ya nunca se verá rodeado de su esposa y tiernos hijos, llenos de alegría porque ha vuelto a casa; antes bien, lo hechizan éstas con su sonoro canto sentadas en un prado donde las rodea un gran montón de huesos humanos putrefactos, cubiertos de piel seca. Si quieres oírlas, haz que te amarren de pies y manos, firme junto al mástil que sujeten a éste las amarras, para que escuches la canción de la sirena y no enloquezcas; Si acaso sobrevives, los dioses te daran como sino el ser poeta, condenado irremediablemente a buscar toda tu vida el lado oscuro de las cosas.
    Gracias por tu amabilidad y bienvenido a casa

  3. Bueno, yo diría que la oscuridad tiene su luz también, una luz diferente, ¿no?, y un vértigo.

    Recordemos a Lewis Carroll:

    «No vaya consumirme del todo, como una vela», se dijo para sus adentros. «¿Qué sería de mí entonces?» E intentó imaginar qué ocurría con la llama de una vela, cuando la vela estaba apagada, pues no podía recordar haber visto nunca una cosa así.

    Un saludo

  4. Entonces no hubo nadie que me advirtiera del canto de las sirenas, no taparon de cera mis óidos, nadie me ató al mástil de mi navío. Se llamaba Gabriela y cuando me di cuenta era tarde. Desde entonces, estoy siempre bien dispuesto a perder la cabeza con la primera mujer que se me cruza en el camino. Es inevitable. No hay remedio

  5. Yo no puedo precisar quien fue… Pero de que tengo el mismito padecimiento, no me cabe la menor duda.

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