La cueva y el rayo, JCPozo

Julius Wong

Fui en busca del albor que tanta paz me diera y de la cama de roja seda donde la historia soñé; pero más obsesionado iba tras los libros que sabían lo que el mundo no ha podido resolver.


Tras un largo caminar llegué al final de un rayo…
mis pasos se encontraron de pronto en una cueva; contrario a lo que se piensa de ellas, ésta rebosaba de luz.

En una dorada esquina, una cama hecha de rosas me invitaba toda roja a descansar mis pies.

Me acosté con un jugoso libro que saqué de las paredes, probé un capítulo pequeño y me fascinó; luego devoré el libro completo y me lo supe todo, probé otro, otro y otro hasta que me empaché.

Como estaba muy cansado, ya no pude ni moverme y la pesadez del último volumen me hizo rápidamente dormir. Soñé la historia del mundo, sus aciertos y desvíos, desde la dorada nada hasta el inmaculado ayer.

Desperté algo aturdido y pensé que seguía soñando porque estaba todo tan oscuro que ni mi cuerpo me vi. ¿De mi cama?, ni el aroma quedaba, sólo un suelo frío y duro debajo de mí.

“¿Lo habré soñado?, ¿seguiré dormido?, ¿habré perdido el juicio?”.

Me devoraba la duda y salí de la cueva decidido a encontrar la verdad.

Por fin, subiéndome por fuera pude ver bien el motivo, del cielo había caído una roca gigantesca.

La ventana natural que antes daba a las estrellas, sellaba el fin con piedra de aquellos días de azul, cuando a través de ella, como cascadas de un río, alboradas serenas se desbordaban de luz.

Volví a la cueva y esperé a que mis ojos acostumbrarse pudieran a la densa oscuridad; pensé que habría dormido varios años seguidos cuando vi lo que el tiempo tira en la oscuridad.

¿Qué se hace con lo que se ha perdido? ¿A dónde va?

Los libros de los frutos de las paredes de árbol, quedaron enlamados y se hicieron aserrín; la cama de los sueños donde saludé al pasado, se secó cubriendo el suelo de polvo carmesí.

¿Tendrán solución las cosas?

Si removía la roca acaso volvería mi paraíso, pero mis fuerzas no bastaban, ni aunque trabajaran por muchos siglos. Tendría que llamar a otras manos; quizás las de mis amigos, acaso la de mis hermanos; vendrían los vecinos…

De pronto a la mente me vino…
un libro de los que probé me había enseñado, de las decisiones, a ver lo que me hace bien y lo que me hace daño.

Entonces entré por mis cosas, me ajusté el calzado, me alejé de la cueva y… heme aquí, por este largo camino ando que ando…
hasta que algún día de nuevo llegue yo al final de un rayo.