Happily ever after, Carlos Fuentes

Es domingo y todo el pueblo está reunido en la playa, viendo a los muchachos jugar futbol. Pero tú tienes mirada para otras cosas. Las islas están muy cerca; conoces su leyenda. Las señalas con la mano y me cuentas lo que no sé.

Son las islas de las sirenas que vigilan la ruta a Capri. Dices que su canto puede escucharse, pero exige un riesgo. Y Ulises era el prudente. ¿Qué habrán sido esos rumores? No sé si en realidad te escucho. Los jóvenes de Positano, gamberros y estudiantes, cargadores y camareros ( ¿gigolós estivales?), juegan con esa fuerza nerviosa, esa rapidez muscular. Esa elegancia. Al amanecer, plantaron en la arena las estacas para marcar el espacio del juego: la zona sagrada.

Toda la mañana, mientras tú y yo bebemos en el café al aire libre, la pelota sale disparada hacia el mar; regresa a la playa impulsada por el oleaje suave. El Tirreno es un lago, sí. Los muchachos fueron arrojados sobre la arena negra por una marea llena de caricias: el esfuerzo no se hace sentir. También el de los marineros, entre semana, es casi invisible. Un ir y venir silencioso de barcas azules, verdes y anaranjadas; un imperceptible despliegue de las redes; un callado trueque de pulpos y calamares.

Y las barcas salen en silencio del mar, se desplazan en silencio sobre los troncos tallados que los pescadores, en un ágil juego de relevos, van pasando de la proa a la quilla a la popa a la proa. Las barcas son otro caballo, montado sobre rieles de madera, rumbo a una Troya vencida: Positano, puerto de Poseidón, trepa por las cornisas; los caseríos pálidos se comunican con rampas de losa alisada y pasajes de cal húmeda. Yo miro hacia los emparrados y los naranjos y tú hacia las islas: dos rocas tajadas por un estrecho, una silueta de ballena dormida.

Hoy podría decir que yo lo veía todo a la distancia. Los jóvenes bronceados, con las camisetas blancas y los calzones azules, los rizos cortos y los pechos de oro, patean, cabecean, corren: una meta. Las barcazas salen al mar, se deslizan sobre la playa. Las callejuelas de la aldea ascienden por los costados de la montaña desnuda, rumbo a la bruma alta de la mañana. Y tú no recorres todas esas distancias. Perteneces a una sola imagen, la de las islas de las sirenas.

Te arriesgas. Pero Ulises fue el prudente. Lo enjuicias. Dices que no se dejó seducir por el canto de las sirenas; taponeó con cera los oídos de la tripulación y se amarró al palo mayor de la nave. Entonces sí escuchó el canto, pero se sustrajo a su efecto. Creyó escuchar sin riesgo: oyó y no oyó. Las sirenas cantan para que el hombre sucumba. Ponen a prueba su poder de transfiguración. Y también su vocación de permanencia, que es sólo su salto mortal hacia el abandono. Las sirenas dicen: no sigas, entrégate. Ulises responde: me esperan en otra parte. Otra parte. Todo esto lo dices tú. Yo sólo repito lo que tú has dicho.

Ordenamos dos Campari bitter.

La bruma se desgarra y los autos bajan y suben por la cornisa, se encuentran, cautelosos, en las curvas estrechas. Pitan. peligro: massi cadenti.

El idiota de la aldea se pasea frente a nosotros, seguramente nos agrede con su ronco dialecto y con el furor de sus pies y ojos desnudos. Nos da la espalda y clava las manos en los pantalones rotos, flojos, de lona azul. Fuma el cabo de un puro color de pasa.

Una mujer sin edad, envuelta en mantas, arroja las zapatillas doradas y camina hasta las rocas seguida por un perro salchicha con cabeza de lobo. Las uñas de acero del can y su ama aran la arena.

Sólo para cumplir todos los actos del mito. El mito – bebes – debe tener un final, feliz o desgraciado, pero previsto. me preguntas: ¿cómo termina el mito de Ulises? Te contesto: Ulises siempre regresa, siempre mata a los pretendientes, Penélope deja de tejer para siempre; Telémaco, siempre, se reintegra al hogar. El varón clásico, la mujer fiel, el hijo pródigo. Y fueron muy felices.

Ríes mucho. Me pides que olvide todas las distracciones y escuche el canto de esos seres que quisieran romper el orden natural, que también es el del mito resuelto, previsto.

– Convertido en un ritual.

Si Ulises sucumbe al canto, no sería el prudente; no habría historia; habría otra historia. No puedo escuchar lo mismo que tú; estoy distraído por la belleza, el juego, la vida.

La nostalgia: estamos en la antigua Posidonia. No sé cómo hemos podido llegar; cómo hemos logrado vencer los peligros. Es como estar en el trono de Neptuno: será un reino de polvo escrito y cristal sin fondo.

No puedo escuchar lo mismo que tú. ¿tú escuchas un canto que, dices, también es parte de la naturaleza, la parte escondida, vedada, ausente del inventario aceptado de las cosas? Más abajo o más arriba del sonido normal, pero no por ello separado de él. Los pabellones del murciélago. El grito debajo del agua. Las palabras que todavía es capaz de pronunciar la cabeza guillotinada. La risa de las estatuas. ¿Qué murmura el feto dentro del vientre materno: qué historias se cuenta así mismo para aliviar la larga espera de meses? Sólo las historias que aprendió de los muertos, quizá: se canta para matar el tiempo, dices; se escucha todo lo que ha quedado en el aire: las palabras de Adán al darse cuenta y las de Dios al darse cuenta de que su criatura ya no es inocente ( que son las primeras palabras de Dios: la advertencia: no comerás ese fruto ) siguen viviendo, muertas, en las ondas del universo y algún día habrá aparatos capaces ( y hasta dignos) de recibirlas. Laborioso, prudente, astuto Odiseo, amarrado al palo mayor, escuchando sin peligro. No escuchó nada, ésa es la verdad.

Las sirenas no le cantaron. La nave perdida pasó en silencio frente a las islas encantadas; la tripulación sorda imaginó esa tentación. El jefe amarrado dijo haber escuchado y resistido. Mintió. Cuestión de prestigio, conciencia de la leyenda. Ulises era su propio agente de relaciones públicas. Las sirenas, esa vez, sólo esa vez, no cantaron: la vez que la historia registró su canto. Nadie lo sabe, porque esas matronas de escama y alga no tuvieron cronistas; tuvieron otros auditores, los fetos y cadáveres. Ulises pudo pasar sin peligro, Ulises sólo deseaba protagonizar antagonizando: siempre, el pulso de la agonía; nunca, el canto de las sirenas que sólo es escuchado por quienes ya no viajan, ya no se esfuerzan, se han agotado, quieren permanecer transfigurados en un solo lugar que los contiene a todos.

Me cuentas la verdad, la que la crónica oficial del mito calla. Pero yo no puedo escucharte. Estás perdido en la imagen única de las islas: yo, distraído con todos los accidentes de la playa. El primero es uno de los jugadores, un muchacho grueso y moreno que gira los brazos como aspas y tumba al réferi sobre la arena. No entiendo muy bien; parece que todos tienen apuestas colocadas sobre uno u otro equipo, el blanco o el azul. Otro joven, que durante la semana sirve obsequiosamente en el comedor del hotel, y que ahora está muy endomingado, salta sobre el jugador; quieren separarlos; el camarero alega a gritos que ha invertido el sueldo y las propinas en el equipo que está perdiendo por culpa del jugador enfurecido; intentan separarlos, pero cada uno, jugador o espectador, se voltea en seguida contra el individuo más cercano. Olvidan que querían interrumpir la pelea, empiezan a golpearse entre sí y la arena vuela pulverizada y en la orilla del mar las patadas se escuchan como graznidos.

Un muchacho rubio y sudoroso cae de espaldas sobre nuestra mesa; detengo su nuca rizada; tú lo retienes cerca de nosotros, aprietas sus hombros. Él gruñe, se zafa, escupe a nuestros pies y se salva corriendo a lo largo de la playa, hacia las cuevas rocosas de la costa y el camino a Amalfi: un caballo ocre sale galopando de una caverna, lo monta una muchacha rubia, la crin del caballo y la melena de la muchacha son del mismo color, los lomos y la piel del mismo color, la muchacha cabalga y levanta nubes de la arena del mismo color: el mar es ocre como ellos, los jugadores gritan, los espectadores abren paso, un hermoso y veloz espectro corre lejos de nosotros, a caballo, a la orilla del mar: mira hacia las islas de las sirenas, la cabellera revuelta impide reconocer su rostro: el pantalón estrecho, la blusa mojada. La playa y la cornisa son largas. La muchacha viene de Amalfi, de las cavernas de Neptuno. Cabalgará todas las mañanas, desde ahora, en la playa de Positano.