Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa…, JCPozo

Ghioc Tudor


Sólo en el amor se da lo incondicional, para todo lo demás hay que apelar al arte, a la imaginación. La vida está en las sutilezas, en los matices que le imprimimos a nuestros sentimientos. Es la conciencia de esos sentimientos, o la falta de ella, lo que nos ilumina o nos hace despreciables.

Pues bien, es precisamente una enfermedad de mi conciencia la que no me deja vivir bien, la que me tortura, la que se vuelve contra mí, contra sí misma, cubriéndome de sospechas, llenándome de dudas, asomándoseme por los ojos.

¡Puras culpas, conmigo, de veras!

Soy de los que nunca debieron tener conciencia.

Soy ese personaje que hace las cosas buenas que siempre parecen malas y nunca viceversa.

Si hago mal, la culpa me atormenta y se me nota; se filtra por mis gestos con tal afán, que seguramente, de serlo, sería yo el más torpe de los facinerosos; la culpa siempre me delataría, no habría manera de encubrirla.

“Esa pregunta no la contesto hasta que venga mi abogado”, hablarían mis gestos antes de que les preguntaran algo.

No, no… a mí la culpa, como el pecado, se me ve en la cara.

Ahora que si hago el bien, igual, mi conciencia no descansa; me hostiga por no haberlo hecho antes; por no hacerlo siempre; por ser sólo fogata de un rato cuando de leña me encuentro rodeado.

Si hago el bien, me culpo de ofender a los que no estaban.

Si soy bueno con todos, me culpo de que mi bondad aparezca insolente, como quien pretende granjearse amigos para ganar aceptación.

Sí… en cada decisión, me siento culpable.

Si no le hablo a mi madre me siento culpable… y si le hablo… me siento mil veces culpable.

Si no frecuento a los amigos soy culpable… y si los frecuento… soy mil veces culpable.

Si soy ameno y consentidor… culpable.

Si progreso y estoy alegre…culpable.

“¡Es culpa de mi orgullo!” me digo, “ ¡de querer dejar atrás a mis camaradas!”; y luego los aparentes resentimientos de otros me aniquilan, me suben la fiebre.

¿Qué habrá llenado de tanta culpa a mi pobre conciencia?

¿Tendré remedio?

¿Es necesario tenerlo?

Yo no sé, pero en mi soledad, ¿sabes?, mi conciencia de repente me castiga fuerte por esta incertidumbre que tengo sobre la vida, sobre ti, y me culpo por mi falta de espiritualidad, por mi poca humildad, por mi indiferencia al dolor ajeno.

Luego… quedo abatido y me convierto en santo, en mártir, en peregrino, y hasta hago penitencia: odas a la culpabilidad.

¿Acaso haya sentido aquél que cargó una cruz a la espalda los estragos de la primera gran culpa y a raíz de su muerte nos dejó en las conciencias una causa para todos los demás efectos?

No, ¡qué digo!

Yo creo que la culpa es infinitamente más vieja que los siglos.

Pero que voy a saber yo…

“¡ Sí, es la religión!”, me afirma la voz del miedo.

La religión…mmm.

Bueno, debo admitir que esos curas eran capaces de infundirle culpas hasta al más pintado sociópata.

Qué recuerdos…

Si yo callaba, posiblemente yo era culpable, ¡ah! pero si yo hablaba, entonces, no había duda: yo era culpable; por eso, ante ellos, las palabras nomás no querían salir, las frenaba el temor a ser prisioneras en el juicio de unos magistrados siempre listos para condenarlas, para castigar cualquier imprudencia, para hacer pecadores a los irreverentes para cubrir los espíritus libres con el color púrpura del pudor.

¡Ay, esos padres: verdaderos verdugos con sotana!

“¡Es la educación!,” me grita una neurona.

Entiendo…

Es fácil encontrar culpable a un sistema diseñado para crear culpables: culpable soy si no entiendo; culpable me siento si no me gusta; mil veces culpable si no paso, si no cumplo, si no le caigo bien al maestro.

Mi culpa es una coma que nunca sabe si dejar su huella o no y grande es su temor de tener la culpa de lo que pase…y de lo que no.

Sí, también la educación tiene su parte, pero aunque hay algo más, ¿cuál es el remedio?.

¡Amor!

Sí, eso parece ser la solución que todos predican. La conciencia de lo incondicional: el gran exterminador de culpas. Y sí, sí lo creo, ahora lo siento.

¿Pero, qué crees que me dice la que más quiero, la incondicional, a la que no siento culpa de querer pero ante quien mi malvada conciencia se turba?

“¿No te preocupes, no es nada, tú eres hermoso y yo te amo?”

¡No, que va!

“¡Tú lo que necesitas”, dice, “es un especialista!

¡Alguien que te vea la cabeza ¡

¡Tú no estás bien!

¡Puras culpas, contigo!

¡Anda, ve a que te saquen todos esos traumas!

¡Ya no te hagas el sufrido y lidia de una buena vez con tus problemas!..

Creo que después de esa letanía no necesito decirte cómo quedó mi conciencia, que por cierto, la siento ahora como un torniquete (a ver… la seguí hacia afuera y…); además, seguro que ella tiene razón… (me bajé corriendo…).

Por eso (¿me agaché?) he venido aquí, ( ¿o me resbalé?) contigo que eres el que (¡¿me pegué?!) sabe de conciencias…(pero, ¿entonces… no siento el cuerpo)

Vengo (¡ay, Dios mío!) a que me ayudes a librarme de mis culpas…