Utopía, Ezequiel Gaut vel Hartman

Hoy nadie conoce el miedo. Hace ya algún tiempo que desapareció. Se esfumó de la faz de la tierra. Y junto con él, migraron sus parientes más cercanos: las represiones, las prohibiciones, los silencios, los tabúes…

Me acerco a la ventana y contemplo la calle desierta, tranquila y silenciosa. Una tenue alegría tiñe mi alma. Cae la tarde. Tiempo atrás, a esta misma hora, la calle debe haber sido un hormiguero de gente empujándose y apretujándose, pugnando por volver a sus casas lo antes posible. Cierro la ventana, doy tres pasos y me recuesto en el sillón.

Cierro los ojos.

Ahora que empecé a recordar, no puedo evitar que las imágenes del pasado salten a mi mente: Es la mañana temprano. Salgo de casa ni bien termino de desayunar. Ya voy tarde. Avanzo por la calle de las hormigas con paso apurado, nervioso, pensando qué voy a decir. Es miércoles; hoy me toca el turno largo. En el camino, a mi alrededor, están las puertas de las casas, las puertas de los negocios, las entradas de los edificios. No puedo cruzar ninguna de ellas, tengo que ir al trabajo. Y cuando retorne a casa por la noche tampoco las cruzaré. Mis puertas son dos, o tal vez tres, pero no todas, no cualquiera.

Y un día simplemente ocurrió. Tenuemente la fuerza que nos impedía abrir las puertas se empezó a relajar. Acaso porque ya era demasiado vieja y no quería, o no podía, seguir. Como un piano o una guitarra: con el tiempo la tensión en las cuerdas inexorablemente se afloja. Empezó poco a poco, como una grieta minúscula en la pared por la que se filtra primero una gota, luego otra, luego otra.

Nadie pensó que lo que estaba sucediendo era que nos liberábamos, uno a uno; se resquebrajaban los eslabones de la cadena que, desde tiempos inmemoriales, retuvo el alma humana. El imperio del miedo estaba tocando a su fin. Era el final de la época de las puertas; el tiempo de los puentes se acercaba.

Es curioso, antes no solíamos pensar en el miedo, pese al papel central que jugaba en nuestras vidas; pocos se detenían a pensar el importante motor que era: las cosas que por él hacíamos, las cosas que nos prohibía… la forma angustiosa en que vivíamos, temiendo lo que pudiera ocurrir mañana, trabajando para que ello no ocurra, no hablando con extraños, sonriendo a los jefes, humillándonos, vistiéndonos según la etiqueta, calculando lo que decíamos, ocultando lo que pensábamos, reprimiendo dolorosamente lo que deseábamos…

Pero ya no importa. Las puertas se han abierto y la piel desnuda siente ahora de verdad.

Tendido en el sillón, feliz por mí y por todos los demás que nos hemos quitado las ropas, dirijo mi atención a mi cuerpo y advierto que el olor que emana de él se está mezclando con el que viene del dormitorio; éste es cada vez más fuerte, aunque la puerta haya permanecido cerrada desde entonces. Acostado, escucho el silencio que lo invade todo y no es interrumpido ni siquiera por mis ruidosos vecinos del departamento contiguo. Ahora que lo pienso, hace días que no me cruzo ni con la mujer ni con el hijo. ¿Qué habrá sido de ellos? Espero que se encuentren bien.

Tengo que admitir que me cayeron simpáticos desde el día en que llegué. Y sé también que yo les caí simpático a ellos. Supongo que esto se debe a que su anterior vecina no los veía con buenos ojos. Pero las miradas reprobatorias se terminaron para ellos, no hace mucho, el día en que crucé la puerta del departamento contiguo y me convertí en su nuevo vecino.