El hombre abeja, Sarainés Kasdan

Ritva Voutila


Fue en una mañana de primavera, justo cuando trabajaba en las faenas del campo, cuando Cresencio Rodríguez, alias el compadre Chemo, fue picado en el brazo derecho por una abeja radioactiva. Cuando llegó a casa comprobó que tenía poderes sobrehumanos: podía, por ejemplo, identificar con gran precisión nombre, distancia y dirección de las principales flores de la región, era hábil para ejecutar en el aire danzas ligeras y elegantes, su boca producía miel de inigualable calidad y, lo que era sin duda más significativo, poseía en parte estratégica del cuerpo un filoso apéndice especialmente diseñado para utilizarse como arma mortal. El compadre Chemo supo que no habría una segunda oportunidad para ganarse la gloria y esa noche decidió convertirse en el hombre abeja, terror de los maleantes y defensor de los humildes. En pocos minutos improvisó un disfraz adecuado a la naturaleza del personaje y enmascarado salió a las calles del pueblo para hacer justicia. Tuvo suerte. Al cabo de un par de horas, un sujeto siniestro, de funestas intenciones, entraba en casa ajena, seguramente para ejecutar aciagos planes. Enfrentó su primera aventura con la determinación que el caso ameritaba y no obstante las diferencias en cuerpo y estatura se abalanzó cual abeja africana al feroz asaltante. Superada la primera impresión, el ladronzuelo tomó la iniciativa y empezó a propinarle a nuestro héroe sendos puñetazos. Casi derrotado, Chemo gritó Armas a mí, y presto ensartó el aguijón al enemigo en salva sea la parte. Evitó el robo, pero supo también que había cometido el mayor error de su vida. Con el puñal se le desprendió medio aparato digestivo y con las tripas se le fue la vida entera.


Y aquí termina la historia efímera del hombre abeja.


Moraleja: No importa qué tan superhéroe te sientas, al usar el aguijón usa también condón.