La Pirámide Felites, Sarainés Kasdan


Un escriba egipcio, el hombre de los recibos, el de las estadísticas, el del impuesto, el que registra todo en su libro de cuentas, en las orillas de Gizeh, ciudad del bajo Egipto, a la izquierda del Nilo, durante el siglo xxxvi antes de Cristo, cuenta:

Dos toneladas por piedra, dos días para llegar a la cúspide, cubos de treinta pies por lado, mil doscientos bloques diarios sobre una rampa de ladrillos, cien mil piedras en tres meses, ¿cuántas en veinte años?

Treinta hombres enganchados arrastran cada bloque, dos mil etíopes desde las canteras del Monte Arábigo hasta el río sagrado, cien esclavos a lo largo del río, dos mil negros del África Oriental desde la ribera hasta el Monte Líbico, siete millones de toneladas en total, mil ochocientos fellah por lado, diez años para construir un camino transitable, setenta mil hombres en pos de ciento cuarenta metros de altura, una sólida ambición y mil seiscientos talentos de plata para rábanos, cebollas y ajos, alimento para el pueblo.

Morir durante el trabajo se considera de buena suerte. En cincuenta años de reinado muchos tienen buena suerte.

Un escriba egipcio, el hombre de los recibos, el de las estadísticas, el del impuesto, el que registra todo en su libro de cuentas, aprecia a la distancia una maravilla del mundo: la pirámide de Keops, el amo de Egipto, el segundo señor de la cuarta dinastía, en el siglo xxxvi antes de Cristo.

Y, sin embargo, el pueblo, ¡ah miserables!, Nombra a la maravilla como Pirámide Felites. Nada de pirámide Keops, nunca Pirámide Keops, para nadie Pirámide Keops.

Para todos, libres y esclavos, sacerdotes y guerreros, mujeres y comerciantes, propios y extraños, para todos (excepto para el señor Keops) se llama Pirámide Felites, en memoria de un pastor ovejero, habitante humildísimo y silencioso de aquellos parajes.