EL LABERINTO DE CRISTAL, Alexandru Ecovoiu

Demetrius' Ladder 1978 by Joe Tilson born 1928

Joe Tilson

Antiguamente, existía un laberinto de cristal. Del tamaño de una ciudad. De un país. No se sabe con exactitud. Tampoco se sabe quién lo construyó, cuándo ni para qué; sobre aquel fabuloso edificio solo han llegado hasta hoy palabras aisladas. Todo ha sido deformado por el tiempo y la oralidad. El presente relato no se propone reconstituir una historia (sería imposible) sino únicamente dar, en la medida de lo posible, un sentido lógico a las cosas.

En otros tiempos existió un laberinto de cristal del que nadie, una vez entrado, consiguió salir de ninguna forma. Algunos probaron, como Teseo, a ir desenrollando un hilo rojo que les mostrase el camino de vuelta pero siempre resultaba ser corto. O lo cortaba alguien. Se sospecha que quienes lo hacían eran los extraviados que sentían que nunca jamás abandonarían el laberinto. Surgían disputas a las que, en algunas zonas periféricas de la construcción, los de afuera asistían impotentes. El cristal era grueso y no se podía quebrar de ninguna de las maneras; varios individuos provistos de picos lo habrían conseguido pero semejante intento se penaba con la muerte, a tenor de las leyes de la cercana ciudad. Tal vez consideraran que aquel panal de cristal era un don de los dioses. Los habitantes le llevaban ofrendas; al amanecer, el Gran Sacerdote sacrificaba una paloma blanca y al anochecer una negra. Cuando el sol se levantaba un palmo, casi no podía contemplarse el edificio, parecía de fuego, y solo en el crepúsculo se perfilaba más claramente, cuando la llama empezaba a menguar y dejaba en su lugar una brasa inmensa.

A lo largo del tiempo, en el laberinto de cristal entraron decenas, centenares de miles de hombres, ciudades enteras. Pueblos. ¿Qué había pasado con toda aquella gente? Se contaba que muchos siglos atrás un viejo, casi en las últimas, había logrado salir. Algo ambiguo, no confirmado por la crónica perpetua de la ciudad. Si uno lo había conseguido (suponiendo que así hubiese sido) ¿por qué no iban a dar con el buen camino los otros? Los habitantes de la ciudad se sentían atraídos por el laberinto con una fuerza superior a ellos mismos. Entre la tentación y el miedo, la primera se imponía. Probablemente, la confianza de quienes entraban se viera reforzada por el hecho de que, en alguna parte, al final de un corredor desconocido, tendría que existir una salida. O incluso más de una. Porque en la única puerta conocida se notaba, aun antes de entrar, una corriente de aire. Había interminables filas de hombres que esperaban turno para convencerse. Tendían las manos al interior tanteando el aire, se quedaban con el rostro petrificado para captar la menor brisa y permanecían a la escucha. Y, al propio tiempo, los que penetraban en el laberinto les gritaban a los de fuera nada más dar los primeros pasos:

-¡Sí, hay bastante aire! ¡Se nota cómo corre! ¡Seguro que existe por lo menos una salida!

-¡Tanteen todo el tiempo las paredes! –les animaban los que se habían quedado-. ¡Por algún lado tienen que dar con una brecha!

Tanto unos como otros estaban convencidos de que, a trechos, acá y acullá, en las paredes de cristal se abrirían puertas al exterior, pero siempre en otra parte. ¡Así pues, era menester correr, sorprender!

Vaya pues, eso era todo: avanzar sin cesar y lo más rápido posible.

Pero eso significaba un gran desgaste de energía y ya se comprenderá que nadie era capaz de aguantar un tiempo prolongado semejante esfuerzo. Porque no había que olvidar el equipo: un morral con vituallas, una manta al costado y un odre con agua colgando del cinto. La comida y el agua, si se economizaban bien, solo alcanzaban, como mucho, para unas cuantas semanas. De manera que en ese tiempo era menester encontrar la vía de retorno u otra salida. (Por lo visto, en el interior había un manantial porque a través de las paredes de cristal se divisaron a hombres que habían entrado hacía más de cincuenta días y ninguno de ellos llevaba el morral con provisiones pero, en cambio, casi todos llevaban, al cinto, el odre lleno. Quizá estos robasen el agua a los recién llegados; en situaciones excepcionales puede eso pasar. ¿Pero por qué entonces no habían robado también los morrales con víveres?)

Más o menos, es todo lo que pudieron saber los habitantes de la ciudad de forma directa acerca del laberinto de cristal. Por ello, la aparición de sabios y astrólogos siempre era bienvenida. Durante noches seguidas, los astrólogos, con los ojos clavados en el cielo, trataban de aclarar, siquiera en parte, lo que estaba pasando debajo, en el laberinto. Hablaban mayormente utilizando parábolas, no eran hombres del montón y era necesario que los sabios descifrasen y explicasen sus palabras de tal suerte que el gentío congregado pudiera entender algo, por poco que fuera. Los astrólogos y sabios practicaban un arte marcado por el misterio y nadie tenía derecho a contradecirlos ni a reinterpretar sus palabras. Los astrólogos venían de otra parte; nunca decían de dónde. Los sabios lo mismo. Estos últimos eran casi centenarios. La ciudad no tenía ancianos: todos los hombres, los que aún tenían fuerzas para ello, entraban en el laberinto. Era una cuestión de orgullo, incluso estaba por encima de la participación en una guerra.

La guerra era una bagatela. Los valientes y los afortunados se salvaban. Muchas veces, también se salvaban los cobardes. Una guerra era, en el fondo, una gran convulsión, un caos y podía pasar cualquier cosa. Pues bien, el laberinto significaba orden. Tal resultaba de las palabras de los sabios, mensajeros fieles de los astrólogos:

-En el laberinto reina un orden perfecto. La luz de los astros no se refleja al azar; en la bóveda, si miráis con atención el cielo, veréis cada noche un dibujo distinto. ¡No, no miréis a las estrellas! ¡Se trata de rayos vueltos hacia lo alto! Su configuración, después de cada ocaso, es siempre distinta. Esto significa que el interior de la construcción tiene una geometría cambiante; todos los corredores, de trecho en trecho, se orientan de forma diferente. Solo los dioses saben de verdad lo que ocurre en el laberinto. Su voluntad es mucho más poderosa que nuestra ciencia.

*

Preocupado sobre manera por encontrar una explicación lógica a ese legendario edificio, no he observado que la ventana de mi cuarto (mi única habitación) se ha vuelto sorprendentemente grande. ¡Ahora ocupa toda una pared! También es curioso que el techo se haya vuelto transparente. Y la pared de la derecha, y la de la izquierda… Y el suelo… Vivo en un piso y veo a la gente encima, debajo, a una parte y a otra… Se dedican a llenar unos bidoncitos de agua. Nadie se ocupa de otra cosa. Cada uno lleva en bandolera una manta; yo también llevo otra, por eso tengo tanto calor. Se diría que casi no hay aire aunque, por alguna parte, se nota una corriente imprecisa. Me levanto y salgo.

Se circula en todas direcciones. Descubro que el edificio, simple en apariencia, tiene un sinfín de corredores; no sabe uno qué dirección tomar. Desde el exterior, grupos de personas que no son de nuestro bloque nos hacen señales con la mano. Supongo que de estímulo. O de despedida. Dentro, no les responde nadie, todo el mundo evita hacerlo. Grito y no me oye nadie. Ni siquiera los vecinos. Me sorprende la tranquilidad con la que soporto lo inverosímil. Y mi buena disposición para caminar, casi para correr. He atravesado un gran número de habitaciones y creo que me he alejado mucho y de forma imprudente de mi cuartito. Es imposible encontrarlo antes de que anochezca.

Tampoco quiero. Tengo un montón de manuscritos allí pero ahora han surgido otros problemas más importantes. Por ejemplo, en todo el edificio, transformado no sé por quién en un auténtico laberinto, no se encuentra una brizna de comida. No se puede resistir mucho solamente a base de agua, y esta tampoco se encuentra con mucha facilidad. Hay que esperar horas y horas para llenar un bidoncito: es incomprensible que ningún grifo funcione como debe.

He decidido abandonar la manta; me cansa y sudo. Estoy agotado, creo que llevo andando muchas semanas, años incluso, por cómo me siento y por mi aspecto. Desde luego, nadie puede sobrevivir tanto tiempo sin comida pero yo no tengo hambre. Tampoco oigo bien; el sentido del olfato me ha desaparecido, los dedos ya no perciben nada… Solo veo. Tubos retorcidos que atraviesan las habitaciones como una telaraña, muebles inútiles, hombres que andan como atontados, corredores interminables… Y médicos. Han aparecido los médicos, era de esperar, pero estos, en lugar de ayudar inmediatamente a los que se hallan en dificultades, se los llevan Dios sabe adónde… Al que se resiste lo suben a la fuerza en unas angarillas.

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