El milagro, Sarainés Kasdan

1Bob Carlos Clarke

Treinta y seis meses, dos semanas, cinco días sin llover…

Treinta y seis meses, dos semanas, seis días sin llover…

Treinta y seis meses, tres semanas sin llover en las tierras bajas de Transilvania…

Hombres y animales cazaban hombres y animales para beber su sangre y sobrevivir; los torpes y timoratos morían de sed.

Las autoridades del país visitaron al maestro de la montaña y le pidieron que provocara el milagro de las aguas. El maestro pidió tres días para meditar.
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Vestido de negro, el maestro escribió sobre el río los símbolos de los abuelos, contempló la noche con cristales de aumento, bendijo la arena y a los muertos, levantó las manos hacia el horizonte, murmuró una oración, juntó piedra sobre piedra hasta levantar un montículo sagrado, platicó con los niños de cosas sin importancia, cantó.

Esa noche llovió. Llovieron mares, llovieron ríos, llovieron manantiales sobre las tierras bajas de Transilvana. Y en las siguientes también.

Cuando el pueblo fue a agradecerle el milagro, el maestro sólo dijo:
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– No es nada. Cualquiera lo hubiera hecho.

Pasaron los años y murió el maestro de la montaña. Una nueva sequía asoló las tierras bajas de Transilvania. Las plantas desencajaban sus raíces y daban saltos desesperados en busca de una gota perdida, de una lágrima solitaria.

Cien sabios se reunieron a la orilla del río seco y acordaron repetir el rito ancestral.

Vestidos de negro, escribieron sobre el río los símbolos de los abuelos, contemplaron la noche con cristales de aumento, bendijeron la arena y a los muertos, levantaron las manos hacia el horizonte, murmuraron una oración, juntaron piedra sobre piedra hasta levantar un montículo sagrado, platicaron con los niños de cosas sin importancia, cantaron.

En aquella noche no llovió en las tierras bajas de Transilvania.

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Treinta y seis meses, tres semanas y cuatro días después, tampoco.