La Junta, JCPozo

1Me siento en mi silla y me vuelvo ella. A todos veo pero nadie me ve. Se oyen risas sin que haya bromas, se apaga el techo y se prende la pared.

Parece ser mal de los que han venido, el vértigo que deja un día de labor, sin decoro y con el ánimo hundido vamos juntos, pero con ninguno voy.

Crisol de ruidos y visiones turbias, las mesas se funden con los sentidos y los cortados ecos se difunden como en un abrir y tapar de oídos. Los ojos no ven y apuntan sus lentes al lugar donde muere la mirada, mientras sobre las agotadas mentes, granizan peticiones y programas.

Septiembre veinticuatro será esta vez…En este instante no sabría decirlo… “Necesito un café”… “¡Ah, ya me acordé!”.. “Mañana le digo”… Créanme lo entiendo… ¿Será posible empezar a las seis?.. Por ahora no puedo afirmarlo… No quiero dar el mensaje indebido… “Voy por el café”… “¿Qué es esto? ¿Café?”… “Este es el peor café que he bebido… agrio y hasta el fondo del vaso se ve”…

Oigo una sola e incisiva tonada, una atrabancada voz insustancial, que cada vez nos va diciendo menos, pero a la vez, nos va abrumando más. En eso, otra voz irrumpe de pronto y  la agenda se muta de nuevo; el mensaje continúa perdido y yo quedo testigo de lo que no veo.

 Frena su brazo en son de burla el reloj, mientras con sorna nos mira …

 Yo sigo sentado en mí… viéndome alejar… pensando en lánguidas tonadas; y cuando siento al fin que se llegó el final, cae ante mí otra cascada entintada: torrente de mayúsculas y sellos que, plenamente evadidos, zanganean en las redes del desdén y el tedio.

 El tiempo despierta de su letargo… Sonríe divertido y el milagro se empieza a urdir. No se ven falanges levantadas. No hizo eco el último petardo y un alivio aflora dentro de mí. ¡Ah!, lo que parecía infinito. ¡Por fin! Sólo la iglesia eterniza el martirio, me digo, y me dispongo a salir; y apenas voy dando gracias por ser mortal… la vida maldigo  por ser tramposa, al ver una mano alzada que  acosa, con su meneo, la sanidad mental.

¡El séptimo anillo de Dante!, me digo. Bla, bla, bla…truena una voz de martillo que golpea  la sienes de cada quien. ¡Dios, debe uno que tener aguante!, una cualidad mejor que la del poder ver. A mitad de un debate interminable, engendro de la avara pesquisa y con la locura ya royéndome el juicio, veo con alivio brotar la vida. Un valiente dice ¡hasta aquí! y se va. Señal bendita que anticipa el milagro. Su partida motiva al mandamás que nos manda salir en paz, que la junta ha terminado.

 Vuelvo en mí otra vez y mudo de silla. ¡Qué rápido puede uno ser o no ser! Es típico en estos finales de día: Me voy más vacío que cuando llegué.