La sirena de Génova, ÁLVARO CUNQUEIRO

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En 1548, nuestro don Felipe, viudo de doña María de Portugal y tan gentil mozo, dorado el pelo, corno lo pintó el Tiziano, llegó a Génova, pasando por el camino más largo hacia los Países Bajos, adonde iba, para que lo conociesen los flamencos, amén de ver al sienés Bártolo, vio una sirena. La sirena estaba muerta de pocas horas, y decía yo que «tranquilamente muerta, y no podía cantar», como en el verso del poeta inglés Walter de la Mare. La noche de bodas de Felipe y María, la dulce niña portuguesa, fue en un palacio salmantino don­de ahora está la central telefónica. Creo recordar que se conserva una alta ventana, la ventana de la cámara nupcial. No me extrañaría nada que, en las noches de Salamanca, en mayo, tan surtidas de rui­señores nostálgicos, se cortasen todas las conferen­cias porque los ecos de las palabras amantes de Felipe y los suspiro de la tímida lusitana buscasen los hilos del teléfono como el alma busca cuer­po. Y, aunque parezca mentira, Felipe sabía ha­blar a las mujeres, y era muy dado a tener con­versaciones con la femenina juventud. En Italia mis­mo, en aquel viaje, el español gustó mucho, cor­tés y letrado, príncipe renacentista. María murió en Valladolid pocos días después de haber dado a luz, y a causa, según certificó el protomedicato vallisoletano, de que sus ayas, teniendo la portugue­sinha sed, le dieron una limonada, cosa que estaba vedada a paridas y se tenía como pócima mortal en el caso. ¿Cuándo Felipe vio en Génova la sirénica muerte, «como si estuviese nevando debajo de su fina piel, tan pálida estaba», dijo Eugenio Montes; cuando la vio Felipe, recordaría a su rosa de Lis­boa, blanca y difunta? ¡Quién lo sabe!
La sirena, según ha contado Farinelli en un de­licioso artículo llevó un agua de socorro, que pese a la oposición del señor arzobispo le echó un fran­ciscano poco antes de las últimas boqueadas. Esa agua de socorro dio mucho que hacer, porque pa­sando la sirena de Génova a cristiana, lo pedido era darle tierra sagrada. Vino a solucionar la espi­nosa cuestión el que unos, que nunca fueron habi­dos, robaron el cuerpo de la sirena. Yo tenía la se­parata de no sé qué revista con el trabajo de Fari­nelli y un grabado de la doncella marina, que me había regalado Rafael Sánchez Mazas. El ilustre autor de La vida nueva de Pedrito de Andía me ampliaba el texto del gran hispanista, contándome que, poco tiempo después de muerta, la sirena ge­novisca, comenzaron a venderse manojos de sus cabellos en las ricas ciudades de Italia, y eran muy apreciados porque eran insecticidas, no dejaban sa­lir las canas y prevenían la calvicie, frotando con ellos el pelo humano. Sánchez Mazas afirmaba que alguna que otra vez, en inventarios italianos de ilus­tres casas toscanas o lombardas, aparecen, entre las joyas, los manjillos del suave, perfumado, rubio pelo de la sirena del mar ligur.
En fin, estaba muerta y no podía cantar. Repi­tamos que, al contrario de la de Walter de la Mare—«una débil aventurera en un mundo tan am­plio»—, la sirena de Génova no se deshizo en are­na, y acaso el ladrón no lo fue sólo por el cabe­llo prodigioso. Quizás un loco enamorado quiso con­templarla una hora más, en secreto. Mayores locu­ras se vieron, y ya dijo Don Quijote que nadie sabe nada del alma de nadie.