Los melocotones de la longevidad, Álvaro Cunqueiro

_MG_5520Se trata de la botica oculta de una nunca nombrada montaña de China, en la cual, tras paciente examen que el boticario hacía del cliente, se le despachaban a este los melocotones de la longevidad. El examen era más moral e intelectual que físico: no se le despachaban los melocotones de la longevidad a las mujeres ni a los menores de cuarenta y ocho años. En el examen, quienes más éxito obtenían eran los espíritus humildes y por entero desilusionados, desapegados de los triunfos y de la fortuna, gentes vagabundas y eruditas, capaces de pasarse la vida estudiando el crisantemo de ocho hojas, el canto de la perdiz, los movimientos del pescador de carpas o el vuelo de la cometa.

Alguna vez sorprendió a los sabios de la antigua China que los melocotones de la longevidad fuesen vendidos a un pobre borracho, como aquel que en la poesía chinesa es conocido como el señor Cinco Sauces. ¡Borrachos alegres, pero delicados, que aguantaban el regüeldo para no molestar a las peonías del jardín!

Un poeta que vivió cien años —y del que se sospecha comió los melocotones de la longevidad—, llamado Tao Yuanming, y que floreció en el tiempo de las Seis Dinastías, escribió un retrato del sabio vagabundo Cinco Sauces, que los sabios chinos consideran que es una obra maestra. Dice así:

Nadie sabe donde nació Cinco Sauces, ni su nombre. Cinco sauces crecen al lado de su casa; ved de dónde le viene el apodo. No le importan dineros ni fama. Apetece leer libros nuevos, pero no se mete en filosofías. Cuando encuentra una frase de mérito, se entusiasma y se olvida de comer. Le gusta el vino, pero como es pobre no puede comprarlo. Los parientes y amigos le invitan a beber una jarra; bebe todo lo que le echen, se emborracha y se va, y le es lo mismo caer aquí que un poco más allá. Las paredes de su casa están llenas de agujeros, y no lo defienden ni del viento ni del sol. Usa casaca corta de lino, sembrada de remiendos y remontes, y pocas veces el arroz calienta su plato. No le importa: se pone a escribir, se divierte imaginando, soñando despierto, y olvida el mundanal ruido, los triunfos, las derrotas. Y cuando su tiempo le llega, Cinco Sauces muere.

Tarda en morir, pues ha viajado a la montaña, donde en su cabaña de bambúes, el boticario de la barba verde vende los melocotones de la longevidad.

Más lejos todavía, en unas montañas cuyas cumbres oculta una niebla dorada, hay otra botica, en la que despacha un joven de barba roja. Allí se venden los melocotones de la inmortalidad. Solamente una vez cada siglo aparece un comprador. El boticario le hace siete preguntas al cliente, y si las respuestas son favorables, pesa en una balanza de oro los melocotones que le vende. Pero, las más de las veces, inmensamente triste, el mozo de la barba roja responde que melocotones de la inmortalidad no hay, y el comprador se retira en silencio, seguido por la mirada extrañamente dorada y húmeda del unicornio que pace en un prado vecino la hierba que ha crecido a la sombra del melocotonero.

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