Espera,Sarainés Kasdan

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Dariusz Langrzyk

Cuando nosotros llegamos, ellos ya estaban ahí. Tenían más edad que nosotros, unos veinte o treinta años más que nosotros. Bajaron de la camioneta y empezaron a desnudarnos, nos golpearon automáticamente con varas y cadenas especiales, de ésas que no dejan huellas en el cuerpo, golpearon una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez los dedos de los pies, la espalda, los brazos, sangraron nuestra frente, hirieron los corazones, nos agredieron sin respetar puntos cardinales, violaron la dignidad de las mujeres, nos raparon. Conseguimos enfurecerlos con nuestro silencio pero no era un silencio de alarde, no era silencio heroico, era silencio de ignorancia, que no sabíamos de qué se nos acusaba.

Cuando se cansaron de golpearnos nos vistieron, subimos a la camioneta y fuimos abandonados en la plaza de armas, resentidos, magullados, indefensos.

Cuando partieron, las violadas auxiliaron a los más necesitados.

Pasé varios años intentando encontrar una respuesta: creía, así lo había aprendido en la escuela, creía que vivíamos en la nación del vampiro y las sombras, símbolos ancestrales de altura y sabiduría. Pero era joven, veinte o treinta años menos que ellos y no podía bien a bien entender las complejidades del cangrejo.

Ha pasado tiempo, mucho tiempo y ya no tengo edad ni fuerzas para hallar respuestas.

Ahora poseo una camioneta para mi solo, llena de varas y cadenas especiales, de ésas que no dejan huellas en el cuerpo. Y espero.