Sin testigo, Raquel Abend van Dalen

581338La oración me atraviesa la boca. Desde que comenzó la misa no he dejado de someterme a juicios y de someter a los demás a otro tipo de juicios. Y quién dice que el resto no hace lo mismo. Ahora creo que soy una mujer agnóstica que no puede pasar los domingos sin escapar de su casa para ir a misa. El servicio salva el final de su semana. Ella se salva cuatro veces al mes y no puede resistirse al milagro. Los vitrales nunca son los mismos. La vez pasada por fin entendió que se trataba de la creación del mundo. Pero esta mañana no puede evitar pensar que no hay estrellas, cuerpos desnudos, ni frutos sagrados. No hay tiempo en los vitrales, tampoco la oscuridad primaria de donde todo explotó. Su madre le ha dicho several times (varias, diversas, pero prefiero severamente) que sólo vea los colores de la luz, que no busque explicación en lo que ilustra la ventana. Entonces hace caso, porque está en misa, y se entrega a la bendición del color y de la discordia. Reza fuertemente sin mover la lengua. Sus manos aparentemente se estrujan entre sí, conteniendo el corazón ajeno entre las palmas. Así un líquido se le va derramando por las muñecas, se desliza a lo largo de los brazos para empozarse en los codos. Se baña de resurrección cuando el cura da permiso y así mismo escucha que les es concedido el milagro de la paz. Se voltea la familia del banco frente a mí. Pienso que no me siento tranquila, que aún no me ha tocado la serenidad y ya tengo que agarrarle la mano a un extraño. Cómo les explico que no puedo tocarlos porque me suda el cuerpo y no podré limpiarme las manos antes y después de que me deseen el bien. Qué culpa siento: el cura me desea la paz y yo no puedo recibirla ni transmitírsela a los otros. Me acuso por ser pieza inútil en la sociedad. Sólo puedo ver sus nucas, sus cabezas de formas aztecas, cuyos cortes de pelo son cúbicos y sin estilo. Decido entregarme a los brazos de mi madre y ahí me quedo, segura, tratando de absorber la paz que ella tenga en su cuerpo. Paz de madre y de cuna. Una tranquilidad color tierra que se respira como si fuera vapor. Ahí me quedo con los ojos cerrados, pretendiendo que me alimenta con su pecho. Porque de una bebé nada se espera. Jesús no es testigo.

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