El flojo, Eugenio Aguirre

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No sé por qué soy tan flojo, si se debe a una causalidad genética, a mi temperamento flemático, a una alimentación precaria o simplemente a una desbordada capacidad imaginativa que me sustrae de la realidad y me sitúa en otros mundos, en otras dimensiones de la existencia.

La verdad es que, desde pequeño, mi flojera me pro­dujo problemas con mi familia, pues siempre fui el niño que está en la Luna, que no atendía ni las conversaciones ni las recomendaciones y mucho menos los comentarios que, sobre las cosas importantes, hacía mi padre durante la cena cotidiana, debido a que yo estaba enfrascado en resolver aquel enigma de los niños que vienen de París, penetran en el vientre de las madres y luego, como por arte de magia, invaden nuestro hogar y nos desplazan a un segundo plano con sus berrinches, pataletas y parafernalia mamilesca; o en comprender los misterios del movimiento de un carrito de hoja de lata impulsado por la fricción de una cuerda metálica o en establecer contacto con los diminutos seres, enanitos me gustaba nombrarlos, que desde la penumbra de una caja plateada, preciosamente labrada, movían las manecillas del reloj que colgaba del chaleco de mi abuelo y, oh portento, establecían el tiempo que regulaba nuestros actos y definían el decurso de nuestra vida.

Más tarde, durante mi época de estudiante, esta acti­tud indolente fue semillero de infinidad de amarguras, quebraderos de cabeza y castigos ejemplares que pude soportar, gracias a que tenía la habilidad de perderme en los mares del sur, en compañía de abigarrados pira­tas, corsarios y caníbales de catadura y olores horroro­sos, en expediciones a lugares ignotos donde el Rey Salomón y otros muchos monarcas y sultanes habían escondido sus celebérrimos tesoros; en rescates espec­taculares de reinas, princesas, duquesas, toda una caterva de virginales heroínas, en los que mis saetas, lanzas, perdigones, espadas y capas derrotaban a villanos, truhanes, malhechores, toda prole de maldad y vesania, que nada tenían que ver con la química inor­gánica, con la ley de la gravedad, con los tres reinos de la naturaleza y los estados de los elementos, y menos con el álgebra, la trigonometría y el civismo machacón que, entre otras muchísimas disciplinas, nos enseñaban a base de memorizaciones, lecciones ejemplares y ejercicios, malditos sean, repetitivos de las ecuaciones, logaritmos y demás zarandajas que jamás me han servido para sobrevivir en el reino animal ni para obtener sustento sólido para mi gaseoso estómago.

Mi pereza era tal, en ese purgatorio de aulas pintadas de color amarillo y pizarrones que me amenazaban desde la siniestra oquedad de su bocaza negra, que bastaba con que el profesor mencionara una palabra que tuviese el mínimo rescoldo épico, para que yo me remitiera a mi última lectura y me enfrascase en la rememoración de su texto, sus personajes, descripciones y en las imágenes que me causaban arrobo, anonadamiento, sudaciones equivalentes a las de la menopausia y, en fin, un entusiasmo enajenante que me obnubilaba el cerebro.

Cuántas veces no me vi respondiendo, ante la mirada atónita del maestro de geometría, que el cuadrado de los ángulos era el espacio destinado a los duelos en el Campo de Marte y que la Hipotenusa era la amante que compartían los tres mosqueteros, o una de las furias que Odiseo había debido vencer para poder retornar a Ítaca. Cuántas otras no fui expulsado o arrestado o golpeado con una regla en el dorso de mis manos, por afirmarle a la profesora de biología que el estudio de la taenia solitaria y su asquerosa disección sobre el cartón de nuestros blocs de dibujo me recordaba los asesinatos de la calle Morgue o las aventuras de Jack El Destripador.

Y, bueno, qué no podría contar de mi época univer­sitaria, en la que mis afanes por obtener un título que me permitiese incorporarme a las huestes productivas de los practicantes de las llamadas profesiones liberales que, se presume, garantizan una vida plena de materialidades, éxitos, prestigios y otras muchas zarandajas, se vieron siempre obstaculizados por esa molicie sacramental que me distraía del aprendizaje de las teorías de la Filosofía del Estado, de la Historia del Derecho Romano, del vasto racimo de normas del derecho positivo dispuestas en decenas de códigos, reglamentos y leyes fundamentales, inventadas para solaz y esparcimiento de millones de ciudadanos inde­fensos y para saturar los bolsillos de leguleyos, jueces y coyotes venales y corruptos, para sonsacarme con la lectura de innumerables obras maestras de la literatura universal que, entre otras cosas, fomentaron mi negli­gente vicio de escribir cuentos y novelas, con la consa­bida alarma general, inscrita en los silenciosos labios de todos quienes me rodeaban, de quién va a mantener a este golfo al que no interesa otra cosa que leer y escribir sus ficciones atrabiliarias sobre la naturaleza humana, las oscilaciones ideológicas, el tráfico del amor y el tránsito hacia la muerte.

Así, con la poltronería como divisa, he crecido y vivido en una forma anárquica y desordenada; incapacitado no sólo para ganarme el pan del sustento dentro de los esquemas convencionales de una sociedad pérfidamente aburguesada, sino inclusive para atender las responsabilidades más primarias y frívolas de la existencia urbana, como cambiar un cheque, pagar el recibo de la luz o las colegiaturas de mis hijos; negándome la aceptación social y relegando mi presencia a los rincones umbrosos, a las sombras del desprecio.

Por eso, ahora que he recibido el telegrama de la Real Academia Sueca de las Artes, en el que se me comunica que he ganado el Premio Nobel de Literatura, aludiendo a la trascendencia de mi esfuerzo y trabajo literario, he escuchado el rumor de minúsculos derrumbes bajo mis pies y he sentido una terrible angustia que no sólo me desarticula como el holgazán que soy, sino que me coloca frente a la paradoja de una impostura que, dada mi proverbial abulia, no estoy dispuesto a sancionar

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