Sin esperanzas para nadie, José Revueltas

10696213_715687618513599_2633761021504404315_nNi a usted ni a nadie les puedo hacer comprender, porque ni usted ni nadie han sentido lo que yo”, dijo Ricarda López Rosales, ayer, durante el interrogatorio a que fue sometida por el Juez Primero de lo Penal, licenciado Emilio César, cuando éste le preguntara sobre las causas que la orillaron a su tremendo crimen.

Ricarda López Rosales es una mujer de pequeña estatura, ojos oblicuos, apagados, manos delgadas. Mira con profunda tristeza pero a la vez se mantiene entera, lógica, usando de la inteligencia natural que posee para producir respuestas claras, firmes y bien construidas. Mató a sus dos pequeñas hijas por desesperación, por miseria, por abatimiento, pero también por algo más, que aún no puede desentrañarse y que continúa permaneciendo en las sombras del alma obscura de Ricarda López.

En el interrogatorio a que ayer fue sometida Ricarda López se trató de establecer la causa íntima de los crímenes cometidos por la extraña mujer. Las preguntas dirigidas por el licenciado Emilio César, tendían a poner en claro si otras causas que no la miseria fueron las determinantes del terrible filicidio. Sin embargo, y después del interesante interrogatorio, lo único que puede decirse es que la Justicia se encuentra frente a otro caso psicológico de aspectos sombríos difíciles de dilucidar.

Ricarda López no miente, no inventa coartadas, no trata de exculparse, o desea que su pena amengüe. Manifiesta, ante todo, un gran desconsuelo por la vida, una tremenda depresión y un pesimismo inconcebible. “Pienso muy lejos ­­­­—dice textualmente Ricarda—, no en lo que me va a pasar mañana, sino el porvenir dentro de cincuenta años, de diez, de cinco, y siempre será igual, por eso maté”.

Tres meses antes de haber cometido el crimen que ahora confiesa, Ricarda había adquirido cinco tubos de Veronal para dar muerte a sus hijas. Tenía Ricarda el propósito de darse muerte también, pero a condición de encontrarse completamente segura de la muerte de sus hijas.

Después de darles de comer —dijo Ricarda durante el interrogatorio—, bebieron los veronales disueltos en agua. Yo había comprado dos velas para vigilar el sueño del que no despertarían. Elvira permanecía profundamente dormida, y así se la llevaron para la Cruz Verde, pero concepción sufrió unos vómitos que me hicieron pensar que a Elvira no le había hecho efecto el veneno. Temiendo que Elvira sobreviviese, no fui capaz de envenenarme yo también”.

Cuando compró usted los veronales —dijo el licenciado Emilio César— es decir, cuando usted ya tenía el propósito de dar muerte a sus hijas, ¿tenía trabajo? ¿Cuánto ganaba?

Sí señor. Ganaba de doce a dieciséis pesos semanarios.

¿Y entonces por qué quiso matar a sus hijas, si tenía más o menos de qué vivir?

Hubo muchas cosas de por medio —respondió la filicida—. Temía al porvenir de mis hijas. Yo estaba ya encinta…

Pero nadie le dijo en su trabajo que la despedirían u otra cosa por el hecho de encontrarse encinta…

Pero usted sabe —replicó Ricarda— cómo son esas cosas, la gente las condena…….

¿Qué considera usted peor —preguntó el Juez— la reprobación de las gentes por un hecho así, o por el hecho que ahora reprueban todos, de haber asesinado usted a sus dos hijas? ¿Qué motivo verdadero la llevó a matarlas?

Ya lo he dicho, señor, no tengo otro que la miseria. Ustedes no saben… Tal vez no me hubieran quitado el trabajo, pero me acobardé mucho ante las consecuencias de mi estado…

Y su último amante, ese señor Téllez, no le propuso ir a vivir con él, ayudarla. ¿Cuánto vivió con él?

Dos o tres meses. Él dijo que me iba a ayudar, pero desapareció sin decir nada… Después estaba el hijo que va a venir. Yo no podría alimentarlo de mí misma, tendría que comprar alimentos para él…

¿Y matando a sus dos hijas usted creía que la situación del hijo por venir iba a resultar mejor?

Es que un nuevo hijo agravaría más el problema.

¿Usted siempre prefería en su cariño al hijo que va a venir?

No señor, a todos los quiero por igual.

¿Por qué no mandó a sus hijos a una casa de beneficencia?

Lo intenté, pero fue inútil. La primera estuvo en un hogar infantil, pero después tuve que sacarla porque hubo tosferina.

Y su amante Téllez, ¿cómo trataba a sus hijas? ¿No las despreciaba?

No, casi no las veía. Él me dijo que iba ayudarme para lo del sanatorio cuando naciera el otro niño.

¿Él nunca prometió ayudar a sus hijas?

No, y lo comprendo culpable solamente en la medida en que no tuvo la responsabilidad de ayudarlos por sí mismo, sin que yo se lo dijera…

¿Cómo fue despedida del trabajo?

Una vez la patrona me preguntó si estaba yo encinta, a lo que respondí que sí. Después de unos días, en que había terminado de trabajar un lote de batas para el Palacio de Hierro, la señora me llamó a su despacho donde me dio la raya diciéndome que ya me mandaría a mi casa una tarjeta por si me necesitaba. Yo entendí que esto quería decir que ya no tenía trabajo…

¿Y por qué, entonces, no recurrió a Téllez?

Esas son cosas que el hombre debe hacer por sí mismo, sin que una tenga la obligación de recordárselo…

¿Y sus vecinas? ¿Por qué no recurrió a ellas para que la ayudaran?

Nadie supo nunca mi verdadera situación… Únicamente recurrí a las beneficencias, porque en cierto modo ellas sí tienen obligación… No sé tener esperanzas de nadie, siempre trato de valerme a mí misma.

Tiene usted un concepto negrísimo de la existencia —comenta el Juez.

Sí señor —responde imperturbable Ricarda.

¿De dónde le viene a usted ese pesimismo?

El culpable de mi odio por la vida es mi propio carácter. Siempre me ha repugnado la vida. Mi padre murió cuando yo tenía dos años y desde entonces siempre he estado sola… Después todavía tuve una esperanza, cuando conocí a Joaquín Romero. Pero Joaquín era un hombre disipado, que gusta mucho de las mujeres. Después de que nos separamos todavía volvió conmigo en 1932. Yo tuve otra niña, Alicia Medina, que murió al año y medio. Su padre nunca la desantendió. Siempre quise a Joaquín Romero, lo quise y tal vez lo quiero…

Y los padres de usted —preguntó el Juez, en torno de otro problema— ¿padecieron alguna enfermedad? ¿Su padre bebía?

Mi padre nada más tomaba pulque…

¿En gran cantidad?

Sí, en gran cantidad.

Y usted. ¿Ha padecido alguna enfermedad grave, seria?

Una vez me hicieron un análisis de sangre, que resultó marcado con una cruz. Fue en enero.

¿Quién y por qué razones tal análisis?

Porque quería meter a una de mis hijas al hogar infantil, pero para eso se me necesitaba considerar como internada en el Hospital Morelos. Entré entonces al Hospital Morelos, de donde me extendieron un certificado que servía para que mi hija estuviera en el Hogar Infantil. Cuando para ingresar al Hospital Morelos tuvieron que hacerme un análisis, el resultado se señaló con una cruz.

¿Es decir, era POSITIVO?

Sí señor. Después me mandaron a un dispensario donde se me inyectaba bismuto. Dejé de ir al dispensario cuando me puse a trabajar, porque no me alcanzaba el tiempo.

A simple título de curiosidad personal —dijo el Juez aproximadamente—, quiero preguntarle qué opina de Gregorio Cárdenas Hernández, el que mató a cuatro mujeres”.

Ante esta pregunta, parece bacilar un tanto Ricarda López.

Pensé cuando supe de Gregorio Cárdenas —dice— que él no quería matar a las mujeres que mató. O solamente que las haya matado porque las quería. Sentí coraje, francamente.

Una pregunta final preparaba el Juez, la más terrible:

¿Qué hará usted con el niño que lleva adentro?

Ricarda no vacila:

Mi hijo me juzgará cuando crezca. No podré defenderme de él. Será el último en juzgar.