Mi asiento en el tranvía, Daniel Sueiro

2b5208f05123eb75aac696d0abc7c15dLos días son más largos ahora, cerca ya el verano, y el viaje de vuelta lo hago aún con sol, sean las siete o las ocho de la tarde.

No hay cosa que me guste más en el mundo que estos viajes en el tranvía, con el sol. Hasta voy al trabajo con ganas, y me olvido del cansancio cuando vuelvo. Es lo que pasa cuando hay un aliciente en la vida.

Sentado en tu asiento, sin hacer caso de nada, con la frente pegada al cristal y el sol que te calienta, así vas, mirando las casas y las aceras, los árboles, las glorietas, todo lo que pasa en la calle, las puertas de los bares, los coches, las disputas, la gente; todo eso moviéndose o quieto, todo al sol, mientras tú pasas de viaje y disfrutas tu bonita horita de tranvía todos los días.

¡La de excursiones y viajes de placer, la de vueltas al mundo que yo he dado en el tranvía todos los días, jo…!

Te haces a la idea y te parece que vas de gira, en vacaciones, por sitios desconocidos y ciudades nuevas… Eso es lo que a mí me pasa, por lo menos; es que ya sé a dónde puedo llegar, yo no me engaño, estando como están las cosas.

No se puede tener prisa, tampoco, porque el tranvía tiene su recorrido fijo y su velocidad. Yendo en tranvía no vas a llegar a Pamplona; y si vas en un 14, tampoco esperes llegar al final del 61. Ir en tranvía no es como ir en avión, ni siquiera en coche, así que mucha calma. Yo disfruto plenamente en el tranvía, porque me abandono y no pienso en nada; sólo sé que aquello tiene unos raíles y un tiempo para llegar. No se le puede meter más prisa, con que yo, aunque vea que se me hace tarde, no me impaciento y sigo tan tranquilo. Ahora, a mí me gusta ir sentado.

No creo que eso sea pedir gollerías. Yo no me meto con nadie y espero, pero quiero ir sentado en un asiento, a ser posible al lado de las ventanillas.

Si a uno le van a quitar encima esta expansión…

Mil veces me tengo levantado temprano sólo para coger un buen sitio en la cola y poder ir sentado, como lo digo, tomar el sol y mirar por los cristales. Es que estos viajes, si no los haces sentado, pierden mucho. No es lo mismo, vas cómodo y además te distraes de lo tuyo; el trayecto se te hace larguísimo, parece que no llegas nunca y te irritas. Sentado y sin hacer caso es otra cosa.

Me levanto muy temprano y espero en la parada que hay mismo delante de mi casa a que se meta toda la gente y dejo pasar todos los tranvías que van llenos.

Mi madre ya me lo dice, cuando me oye madrugar tanto.

-Pero, ¿por qué te levantas tan pronto, hijo?

-Total, ya estoy despabilado.

-¿A dónde vas a estas horas?

-¿Y a dónde voy a ir? _digo yo.

-¿No andarás en algún mal paso, hijo?

-No madre -le digo-; me voy al trabajo. ¿A dónde quiere que vaya?

-¿Al trabajo tan pronto?

Y ya me solivianta.

-Mire, madre -le digo por el pasillo casi a oscuras-, yo aspiro a una cosa en la vida: a ir sentado en el tranvía. Eso que no me lo quiten. No me parece mucho, ¿no?

-¡Qué juventud esta…! -oigo murmurar a mi pobre madre-. Tu padre iba al trabajo andando…

Vuelve a preguntarme luego:

-Y para ir sentado en el tranvía, ¿has de levantarte tan temprano?

-Sí -le grito- . Hay mucha gente que quiere ir sentada… Yo no me peleo con ellos y los dejo pasar. Sólo me siento cuando quedamos pocos y hay asientos bastantes.

Y añado al cabo de un rato, riendo y con la boca llena:

-Aún así llego tarde al trabajo, a veces…

Y ella no sé si se echa a llorar, porque estas cosas parece que no las entiende.

Pero, claro, el tranvía que pasa casi vacío cuando yo lo cojo (después de dejar pasar media docena de ellos), también acaba por llenarse, muchas veces un par de paradas más allá, con toda la gente que espera.

Yo tomo el sol y contemplo la calle, mientras viajo, sentado en mi asiento, procurando no mirar a la gente que va dentro del tranvía ni hacer caso de ella. Cada uno de estos que van a mi lado, si pudieran, me quitarían mi asiento para sentarse ellos; me echarían de él a la fuerza, me arrojarían incluso del tranvía en marcha con tal de dejarles libre mi asiento.

A ninguno le he pedido nada, ni he pensado aún en quitarles nada de lo que ellos tienen, pero desde luego mi asiento en el tranvía no se lo dejo.

No los miro, pero sé que me rodean amenazantes y cada vez más irritados. Algunos adoptan actitudes lastimeras, ponen cara de cansancio, de dolor, de desmayo; suspiran, se quejan, se remueven incómodos y abatidos, como si fueran a caerse al suelo y morirse si yo no les dejo mi asiento. Otros evidencian claramente su despecho y su rabia al dejarse caer sobre mí en las vueltas que da el tranvía, al pisarme, al meterme los codos. Hombres y mujeres que me vigilan y me acosan como si yo fuera un delincuente o estuviera usando algo que no me pertenece, que les he arrebatado. ¡Ja, ja, me da risa!

Además ellos pensarán:

-Habrase visto qué atrevimiento…

-Ya no hay respeto ni educación.

-Este desastrado, sentado en un asiento.

-De buena gana lo levantaba y le sacudía.

-No, si las personas decentes ya no…

-¡A dónde vamos a parar…!

Todos a mi alrededor, todos a la caza de mi asiento, mientras a los demás que van sentados nadie parece molestarles, y entonces yo debo pensar que soy el más indigno de los hombres, sea por mi edad o por mis pobres ropas, puesto que no merezco ir a mi trabajo sentado en el tranvía.

Aún así, no me levanto ni me levantaré nunca. Nunca.

Soy muy joven y aún no estoy cansado de nada. Trabajo sin entusiasmo, pero trabajo. Gano lo menos que se puede ganar, lo que me pagan. Pero mi asiento en el tranvía nadie me lo quitará.

A la vuelta, cuando cae la tarde, el viaje es más plácido, aunque yo vengo rendido. El sol no aviva y calienta las calles ni la gente, como en el viaje de la mañana, sino que las va enfriando y matando lentamente con sus destellos escarlata.

He dejado pasar todos los tranvías que van llenos, he dejado pasar toda la gente de la cola, y por fin me he subido a un tranvía que lleva mi asiento. Nadie se da cuenta, pero yo espero, subo, me siento y luego viajo a gusto.

Y, sin embargo, también ese tranvía acaba por llenarse.

Así que sube la señora que viene a por mí en cuanto me he sentado.

Es una de esas señoras que están seguras de que las cosas de este mundo y todos los asientos de los tranvías han sido hechos para ellas.

Viene arrastrando al niño, pero en cuanto está a mi lado lo coge y se lo echa a los brazos. Es un niño de cuatro, de cinco añazos por lo menos.

Vuelvo a apoyar la frente en el cristal, miro a la calle. ¡Qué bonito, qué bonito…!

La señora sostiene al niñazo en sus brazos. La madre con el hijo, la mujer con la criatura, de pie en el tranvía, justo al lado de un chalado que parece que no se entera y que no se levanta ni pa Dios. Ya, ya me sé ese cuento.

Con que no me muevo y a seguir disfrutando.

Y miro lo de siempre, que todos me miran y me vigilan, me maldicen, todos en torno a mí, encima de mí. Y yo aguanto. Como si todos tuvieran derecho a mi asiento, como si los asientos de los demás fueran sagrados.

Nadie habla, todo el mundo pendiente de mi asiento, si me levanto o me quedo sentado, mientras la madre sigue acusándome con la preciada carga encima.

Me pongo colorado, seguramente porque soy joven y tengo la cara llena de granos, pero esto no tiene nada que ver, aunque a mí en el fondo me moleste y me avergüence un poco.

Sí que me fastidia, porque además resulta que siempre me ruborizo y se me notan más los granos por culpa de las mujeres, sobre todo cuando las miro y ellas me miran, o en casos como éste, en que al fin y al cabo lo que pasa es que hay un asunto entre una señora y yo.

Y voy pensando acerca de las mujeres, mientras sigue el viaje del tranvía, sentadito y al sol: ellas nos disputan los puestos de trabajo, ¿o no?; ganan carreras y a veces nos cohíben, nos avergüenzan, nos hacen sentimos insignificantes y salvajes; ellas nos gritan, discuten con nosotros, consiguen de los jefes cosas que nosotros no podemos conseguir.

Pero el niño, desde arriba, me está pegando patadas en la cabeza, no sé si por orden de su mamá, y me tengo que retirar un poco y aplastar aún más la cara contra el soleado cristal.

Cada vez hay más gente en el tranvía y más apreturas encima de mí.

Y una especie de hombre decente es el que empieza, como otras veces:

-Un poco de respeto, hombre -todavía con cierta prudencia, aguantándose las ganas que tiene de reprenderme de otro modo-. ¿No ves aquí, a la señora?

Me concentro en el cristal, con el ceño fruncido y no hago caso.

-Una señora de pie, con un niño en brazos, y él sentado -oigo otra voz, que será la de ella, supongo.

Y nada, todo el mundo a mirarme ahora hostilmente, unos por encima de los hombros y los otros, poniéndose de puntillas y estirando e cuello.

-Vaya educación la de ahora -empiezan.

-Ya no es educación, se trata de sentimientos.

-Un poco de entrañas, debían tener por lo menos.

-Estos cuadros no se veían antes.

-Caballeros, que aún quedaban…

-Las nuevas generaciones…, ¡míralas…!

Con lo que ya empezaban a fastidiarme el placer del viaje y la contemplación del paisaje, porque estas cosas siempre afectan, aunque no quieras.

El hombre decente me dio unos golpes en el hombro, con la mano, y tuve que volverme.

-Que aquí la señora sigue de pie… -bajó la cabeza para hablarme, y al mismo tiempo miraba a los otros, que asentían.

Estaba más bajo que todos ellos, precisamente por ir sentado, y parecía que iban a comerme.

-Bueno -le dije, y lo primero que se me ocurrió, lo más fácil-, pero aquí la señora vendrá de ver escaparates toda la tarde, y un servidor viene de dar el callo.

Se impacientó e hizo el ademán de contener su santa indignación.

-Lo que hay que aguantar…, lo que hay que aguantar… -y a mí lo que me pareció era que quería sentarse él.

Luego vino lo del teniente, que me dijo:

-A ti te querré ver yo en el cuartel, macho… Allí ya verás…

-A lo mejor no voy -le dije, como es la verdad, por lo de mi madre.

-¿No te gusta? -se inclinó hacia mí con una sonrisa helada.

-No sé si me gustará; pero, desde luego, como pueda, no voy.

-Como yo te coja por mi cuenta, te voy a enseñar a sentarte y a levantarte cuando se te ordene.

El tranvía seguía su camino, parando en las paradas, y la gente se arremolinaba cada vez más a mi alrededor, mientras cruzaba calles y barrios.

-Te salva que yo aquí no tengo autoridad… -decía el teniente, y también los demás hacían comentarios, condoliéndose de la señora que aún iba a pie y con el niño en brazos.

Yo estaba casi llegando a mi parada, pero aún entonces salió otro que me quiso avasallar.

-No te pongas chulo, encima -me dijo-, que te hago levantar en seguida.

Tenía un bastón en la mano y parecía apoyarse en él por ese lado del cuerpo, mientras el otro lado lo colgaba del brazo que llevaba asido a una de esas correas de cuero.

Lo miraban todos, como yo.

-Te puedo obligar a levantarte -insistió-, ¿o es que no lo sabes?

Eché un rápido vistazo a ver si era mi asiento el que tenía la plaquita metálica y me quedé tranquilo, sin pensar en moverme.

-Su asiento no es éste -le dije con toda seguridad-; lo que pasa es que su asiento lo debe estar ocupando otro por ahí.

-¡Yo me puedo sentar en donde quiera! -gritó.

Los demás así debían creerlo, porque asentían encantados, al ver cómo se me iban poniendo las cosas.

Él sólo podía obligar a levantarse a uno que ocupaba el asiento que dice «reservado para caballeros mutilados», y no me parece mal, pero el mío no era ése. De todos modos me callé y volví a contemplar la calle, porque sé que esta gente en realidad puede hacer lo que le dé la gana, después de haber hecho lo que hizo.

-Hágalo levantar -le animaban por allí al señor del bastón.

-Y tápele la boca, hombre, que ya está bien.

-Lo que hay que oír a esta gente… ¡Mocosos!

-Esto ya es demasiado.

-Que se levante, ya está bien.

-Es lo último: un mutilado y una señora con un niño de pie, y el señorito sigue sentado…

Y yo es lo que pienso, mientras atravieso la ciudad; cojo el tranvía porque sé que tengo en él asiento para mí, porque todavía quedan algunos asientos sin las plaquitas de propiedad para unos o para otros, porque me da igual lo que digan o piensen…; si no fuera así, o si llegara el momento en que así no fuera, lo que yo haría sería quedarme a morir en casa o tal vez, lo más seguro, montarme en el primer vehículo que me encontrara al paso sin esperar más colas ni preguntar nada a nadie. Esto es lo que voy pensando, cerca ya de mi parada, así como otras muchas cosas, dedicadas especialmente a toda esta gente que me quiere quitar mi asiento; cosas bastante sabrosas que algún día contaré, lo más seguro.

Están todos aún indignados y me miran con verdadero rencor, con desprecio, porque he hecho todo el viaje sentado, sin hacer caso de nadie ni dejarme amedrentar, y cuando el tranvía se detiene, lo que hago es enderezarme de mi asiento y pedirles permiso para salir. Así que me levanto y voy hacia la puerta, encorvado y cojeando, con la boca un poco entreabierta y los ojos extraviados, que les van recorriendo de arriba a abajo mientras paso por entre ellos, y ese temblor de los brazos y las manos, débil como parezco y mal vestido, desgraciado de mí.

Entonces disfruto porque veo cómo sufren todos ellos, cuánto les hago sufrir y maldecirse, porque han venido acosándome durante todo el viaje e intentando obligarme a que me levantara de mi asiento, ¡ay!, hacerle eso a uno como yo… Escucho su repentino silencio, oigo los golpes de la sangre en sus corazones, que los hacen sentirse despreciables y malvados, tal como me he propuesto. Los veo mientras paso retorciéndome entre ellos y veo cómo empalidecen y les remuerde la conciencia, cómo se arrepienten, se duelen, se torturan, enmudecen y quedan inmóviles…

Salgo del tranvía, bajo torpemente, lastimosamente los dos o tres escalones y me arrastro casi hasta la acera. Allí me vuelvo y los miro de nuevo, los contemplo con detenimiento, esos rostros y esos ojos atormentados y culpables que me imploran, mudos, un perdón que no merecen ni pueden alcanzar.

Nos miramos fijamente y yo les acuso desde la acera, inmóvil y en silencio, hasta que las puertas se cierran de nuevo y el tranvía se pone otra vez en marcha.

Y ahora es cuando me echo a reír como un loco, estiro completamente los brazos por encima de mi cabeza, enderezo todo el cuerpo y empiezo a dar saltos de alegría y a pegar patadas al aire, para que todos ellos me vean como soy, joven y sano, ágil y lleno de vida, libre y vengativo. Voy corriendo durante un rato al lado del tranvía, riendo y gritando, dando saltos de uno o dos metros de altura, burlándome de ellos, humillándolos y enfureciéndolos cada vez más.

Todo esto es difícil que lo soporten sin odiarme ahora mucho más que cuando yo iba sentado en mi asiento del tranvía sin levantarme para dejarles mi sitio ni hacerles ningún caso.

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