La princesa desencantada, Henry Ficher

Grace-of-MonacoMi amor por la princesa germinó una clara tarde de abril, cuando su risa melodiosa quedó enmarcada para siempre en el aura dorado de sus cabellos.
   Durante meses la cortejé. Le dejaba rosas fucsia —su color favorito — en los resquicios de los muros y en las aldabas de las puertas, para que ella las encontrara en su camino. Le escribía sonetos con ingeniosos conceptos y floridas metáforas. Le seguía los pasos a lo lejos, sabiendo que ella sabía que la seguía.
   Hoy, por fin, la princesa ha condescendido a hablarme. Me citó en el bosque de sauces, a la caída de la tarde.
   La vi llegar, arrobado por una extraña sensación de irrealidad. Finalmente la tuve frente a mí, su aliento mezclado al mío. La besé, profundamente, en sus labios rojos, y ahí nomás se convirtió en un horrendo sapo lleno de verrugas.