Era noche de luna llena, Vicente Leñero

Después de ganar con el Pantera cuatro zapatos al hilo –a Eugenia y Chucho, a Leticia y Eduardo, a Juan y Jaime, a Jean Michel y Pepe– decidí terminar mi noche de dominó de los martes y regresar a casa: ya pasaban las dos de la madrugada. Chucho insistió un poco: que la revancha, que el último, que uno más y ya. Pero me negué, y como no quería levantarlo de la mesa y forzarlo a llevarme en auto hasta mi casa –vivo a sólo dos cuadras de la suya– dije no hay apuro, me voy caminando sin problemas.

–No se vaya solo, maestro –me detuvo el Pantera–. Yo lo acompaño.

El más luminoso farol de todo San Pedro de los Pinos era aquella luna enorme, límpida, brillante. Circulaban pocos autos. Ningún transeúnte.

Caminando lentamente por Calle Trece, el Pantera y yo celebrábamos su genial pericia cuando se ahorcó la mula de cincos para que yo me fuera con el cuatro tres en la partida definitiva, y comentábamos riendo, como siempre, la misteriosa desaparición del monumento a Emilio Carballido en el parque al que bautizaron con el nombre del dramaturgo. El Pantera traía media estocada de cervezas y yo tres whiskys.

Al doblar hacia Avenida Dos dejamos de reír porque nos pegamos un susto. Hacia nosotros avanzaba una sombra corpulenta, el mismísimo Drácula, pensé.

–¡Hágase para acá! –exclamó el Pantera mientras me tironeaba del brazo para acercarme a la banqueta opuesta. La sombra, sin embargo, nos alcanzó.

No, no era Drácula. Era un anciano de cabello alborotado y tiritas de arrugas por todo el rostro. El viejo pantalón le quedaba guango. Se cubría con una capa española negra que me pareció absurda.

–¿Me pueden regalar un cigarrito?

Eché un paso para atrás, el Pantera se mantuvo inmóvil y extrajo la cajetilla de Marlboro. Le encendió el cigarro.

–Creyeron que iba a asaltarlos, ¿no? –sonrió el anciano–. Perdón por el susto. No era mi intención –y empezó a fumar con deleite.

Pasó un auto como un bólido sin disminuir la velocidad en la esquina.

–Me acaba de ocurrir algo maravilloso; lo más maravilloso que me ha ocurrido en la vida –dijo–. Yo vivo por aquí, ¿saben?, en la vecindad de la Avenida Tres. Parece que es la única vecindad que queda ya en todo nuestro San Pedro. La que estaba aquí –señaló hacia atrás–, la están haciendo condominio, ¿ya vieron? Nomás edificios de departamentos levantan ahora en la colonia. Tiran casas y levantan edificios. Edificios y más edificios, no sé en qué vayamos a parar.

–¿Lo asaltaron, abuelo? –preguntó el Pantera.

–No, no. Les digo que me ocurrió algo maravilloso, de veras maravilloso. Quiero contarles para que luego no piense yo mismo que lo soñé. No fue un sueño, fue la pura realidad. Porque sucede que yo vivo ahí en la vecindad en un cuartito de este tamaño, solo y mi alma. Y padezco de insomnio, ¿van a creer? Aparte de que estoy perdiendo el oído de este lado, padezco de insomnio. Y como el insomnio es la cosa más aburrida del mundo prefiero salir a caminar a la calle. Antes recorría todo San Pedro de los Pinos, desde La Morena hasta la Veintisiete, pero en estos tiempos, con eso de los asaltos y la inseguridad, me da miedo.

–Con toda razón, abuelo –dijó el Pantera.

–¿Saben qué hago entonces? ¿Qué se imaginan? Pues me voy directo al parque Pombo. Nunca hay nadie a esas horas y ahí esta la caseta de policía y un par de genízaros echando la platicada y una patrulla que se estaciona. Aunque parezca mentira, eso me da seguridad. Entonces llego y me siento en una banca, la que está entre el quiosco y la caseta, y me pongo a pensar mis pensamientos. Eso hago porque yo no tengo nada de nada: ni salud, ni sexo, ni ganas de comer, ni familia, ni dinero. Nada, nomás mis pensamientos. Exactamente eso fue lo que hice hoy, como a la una, cuando me jaló de las patas el maldito insomnio. Me levanté de la cama. Salí de la vecindad y llegué a mi banca del Pombo. Sentado durante un rato largo me puse a mirar y mirar esa luna tan maravillosa que nos tocó esta noche, ¿ya la vieron?

–Está preciosa –dijo el Pantera.

–Pues ahí estaba yo piense y piense cuando oí un ruido rarísimo porque ni coches pasaban a esas horas. ¿Y qué creen? Voltié la cara y vi las puertas de la iglesia abriéndose de repente, de par en par. Adentro: toda la iglesia iluminada, divina, brillante. Las luces de los candiles y las lámparas prendidas como si hubiera boda, y no, no había boda. Lo que había, lo que vi, fue una parvada de chamacos saliendo de la iglesia felices de la vida. Eran como diez o doce escuincles entre quince y dieciocho años cuando mucho, muy contentos, de veras, riendo, chacoteando, moviéndose para todos lados. Pensé que eran los de coro del padre José Luis o de alguna estudiantina porque traían capas como ésta, todas iguales. Pero no. No sé. Quién sabe. Ninguno andaba con guitarras, ni panderos, ni mandolinas, ni nada de lo que usan las estudiantinas. Aparecieron así, con sus capas, jugando, revoloteando con ellas y se metieron a corretear en las callecitas. Pasaron frente a mí y ni me vieron. Luego, ¿qué creen? Empezaron a cantar a coro, todos al mismo tiempo. No canciones de la iglesia, ni populares, sino canciones muy dulces pero sin letra. Más bien no eran canciones, era música pura lo que cantaban. Y entonces, en un segundo, se tomaron de la mano, hicieron una rueda y se pusieron a dar vueltas y vueltas alrededor del quiosco como si jugaran a Doña Blanca. Seguían cante y cante cuando comenzó a sentirse un aroma muy fresco por todo el parque, como de olor a flores.

–Al huele de noche –dijo el Pantera.

–Más que olor a flores me pareció que olía a perfume. Un perfume delicioso como si los chamacos trajeran de esos aspersores que usan las mujeres. Con ellos rociaron las plantas, los árboles, el aire, aunque la verdad yo no vi ningún aspersor, eso sí les digo. El caso es que dejaron de dar vueltas al quiosco y se juntaron cerca de mi banca. ¿Y qué creen? En una de ésas, todos abrieron los brazos en cruz, extendieron sus capas negras y empujándose con las piernas, como si fueran a dar un brinco, se echaron a volar.

–¡Órale! –dijo el Pantera.

–A uno de ellos se le cayó la capa cuando ya iba muy arriba.

–¡Y zambombazo que se dio!

–No, siguió volando, sin capa siguió volando con los demás. Volando volando en dirección a la luna hasta que desaparecieron de mi vista porque mis ojos ya no dieron para más.

El anciano había tirado la colilla en el pavimento y miraba al cielo. Por fin bajó la vista. Hizo un gesto al Pantera.

–¿Podría proporcionarme otro cigarrito?

El Pantera volvió a extraer su cajetilla de Marlboro y le encendió el segundo cigarro.

–¿No les parece que fue maravilloso lo que me pasó?

–Maravilloso –dijo el Pantera.

–Cuando los chamacos desaparecieron volando yo fui hasta donde se quedó tirada la capa. La levante y me la puse. Se ve de buena calidad, ¿verdad? Pura lana.

El Pantera frotó la capa del anciano con el índice y el pulgar:

–Sí, pura lana.

–Pues todo eso me emocionó muchísimo y me fui del parque Pombo para buscar a quién contárselo antes de que se me olvidara. Por suerte los encontré a ustedes. Y ya. Ya se los conté, ya me oyeron y ya me siento bien. Gracias, muchas gracias. Perdón que los haya asustado al principio pero no era mi intención. Buenas noches. Que duerman en paz.

El anciano sonrió al Pantera, me sonrió a mí. Con el cigarrillo prensado en los dedos, fumando de vez en vez, echó a andar por Avenida Dos en dirección contraria a la nuestra. Iba canturreando.

Desconcertados, sin ánimo de pronunciar palabra alguna, el Pantera y yo tardamos en reanudar nuestro camino. A punto de llegar a mi casa los dos volvimos la cabeza para ver si localizábamos al anciano. Sí. Se aproximaba a la Calle Quince, rumbo a la Diecisiete, por el centro de la acera. Antes de cruzar la bocacalle tuvimos la impresión de que se detenía.

Lo vimos encogerse. En seguida se irguió, abrió los brazos, extendió su capa enorme y se lanzó a volar por encima de las azoteas, más allá de la punta de los árboles, hacia la luna llena, enorme, brillante.

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