Del otro lado de los montes, Pilar Adòn

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Le diable… Se disfrazó como lo haría un perro para llegar por la noche y morder los dedos de aquella pobre chica que iba a ser pintora y que viajaba por el norte de la península buscando su inspiración azul.

No era demasiado guapa ni tampoco tenía una voz especialmente sensual, pero por los pueblos que iba dejando atrás pude comprobar años después que había permanecido una especie de recuerdo difuso de, sobre todo, su caja de acuarelas. Viajaba sola, según todos, con una bolsa de lona verde a la espalda y un libro en la mano repleto de horarios de trenes intercalados entre las páginas. Sabía hablar inglés, algo de francés, gallego y nada de alemán ni de holandés. Yo he seguido su ruta desde Cedeira por toda la cornisa Cantábrica, luego he descendido hasta Valencia y he tenido que ascender de nuevo hacia Gerona. He seguido la huella de sus bocetos y de sus acuarelas hasta el pueblo llamado Llançá donde la dueña del único camping ha podido decirme su nombre y la época exacta en la que aquella chica que quería ser pintora estuvo allí.

Silvia Compte tenía veintiocho años y pasó casi quince días en Llançá zarandeada por una violenta Tramontana de principios de agosto. Llegó en tren y al aproximarse al camping, repentinamente, comenzó a llover y el viento de los montes empezó a soplar sin compasión, de modo que los turistas decidieron irse huyendo de la indeseable compañía de las inclemencias climáticas. Pero Silvia Compte se quedó mirando el viento entre los pinos, el agua de la lluvia estancada en los charcos del suelo de su endeble tienda de campaña y la luz de alguna lámpara yendo y viniendo balanceada por la violencia del aire.

La espalda empapada del jersey y las manos mojadas mientras leía el Avui y veía las fotografías de Barcelona mojada. El rugido insondable de todas las ramas azotadas a su alrededor que a veces confundía con el avance, cada vez más próximo, del tren. Como si se fuera a estrellar contra su reducido territorio…

La propietaria del camping no la olvida porque una mañana su tienda ya no estaba debajo del árbol que solía cobijarla. Los excursionistas franceses murmuraron durante semanas enteras (dos o tres) sobre las verdaderas intenciones de una chica que viajaba sola, pero la propietaria no quiso escuchar los rumores. Ella no cree que Silvia Compte se hubiera ido sin pagar y sin recoger la ropa que seguía tendida en la cuerda, mecida sin piedad por aquella violenta Tramontana capaz de arrastrar un cuerpo débil e ingenuo hasta los límites de cualquier abismo furtivo.

Antiguamente levantaba hombres. En Colera, el pueblo de aquí al lado, antes de Port Bou, tuvieron que levantar un muro junto a la estación para que la Tramontana no se llevara los vagones del tren…

Palabras de la dueña del camping en agosto de 1998

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