Mandrágora, Jorge Luis Borges y Robert Graves

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Como el borametz, la planta llamada mandrágora confina con el reino animal, porque grita cuando la arrancan; ese grito puede enloquecer a quienes lo escuchan ( Romeo y Julieta, IV, 3 ). Pitágoras le llamó antropomorfa; el agrónomo latino Lucio Columela, semi-homo, y Alberto Magno pudo escribir que las mandrágoras figuran la humanidad, con la distinción de los sexos. Antes, Plinio había dicho que la mandrágora blanca es el macho y la negra es la hembra. También, que quienes la recogen trazan alrededor tres círculos con la espada y miran al poniente; el olor de las hojas es tan fuerte que suele dejar mudas a las personas. Arrancarla es correr el albur de espantosas calamidades; el último libro de la Guerra judía de Flavio Josefo nos aconseja recurrir a un perro adiestrado. Arrancada la planta, el animal muere, pero las hojas sirven para fines narcóticos, mágicos y laxantes.

La supuesta forma humana de las mandrágoras ha sugerido a la superstición que éstas crecen al pie de los patíbulos. Browne ( Pseudodoxia epidemica, 1646 ) habla de la grasa de los ahorcados; el novelista popular Hanns Heinz Ewers ( Alraune, 1913 ), de la simiente. Mandrágora, en alemán, es Alraune; antes se dijo Alruna; la palabra trae su origen de runa, que significó misterio, cosa escondida y se aplicó después a los caracteres del primer alfabeto germánico.

El Génesis (XXX, 14 ) incluye una curiosa referencia a las virtudes generativas de la mandrágora. En el siglo XII, un comentador judeoalemán del Talmud escribe este párrafo:

Una especie de cuerda sale de una raíz en el suelo y a la cuerda está atado por el ombligo, como una calabaza, o melón, el animal llamado yadu’a, pero el yadu’a es en todo igual a los hombres: cara, cuerpo, manos y pies. Desarraiga y destruye todas las cosas, hasta donde alcanza la cuerda. Hay que romper la cuerda con una flecha, y entonces muere el animal.

El médico Discórides identificó la mandrágora con la circea, o hierba de Circe, de la que se lee en la Odisea, en el libro X:” La raíz es negra, pero la flor es como la leche. Es difícil empresa para los hombres arrancarla del suelo, pero los dioses son todopoderosos”

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Robert Graves. Estas raíces mágicas se parecen a los miembros inferiores de un hombre; la flor es rojiza como una llama y al atardecer emite extraños rayos parecidos a relámpagos. Crecen en el valle de Baaras, que se halla al norte de Maqueronte en Judá, y pueden no sólo aumentar la atracción de una mujer por su marido sino también remediar su esterilidad. Las mandrágoras se resisten con fuerza a ser arrancadas, a menos que se vierta sobre ellas sangre menstrual u orina de una mujer; aún así, la muerte es segura si se las toca, a no ser que las raíces se sujeten hacia abajo. Quienes cogen mandrágoras abren un surco alrededor de la planta hasta que sólo quedan agarradas a la tierra las puntas de la raíz; luego atan a ella un perro con una cuerda y se alejan. El perro les sigue, arranca la planta y muere en el acto lo que satisface el espíritu de venganza de la mandrágora.

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Uno de los textos ugaríticos de Ras Shamra ( siglo XV o XIV a.c. ), al referirse al culto de la fertilidad, comienza: “Planta mandrágoras en la tierra … “. La palabra ugarítica para mandrágoras, ddym, sólo presenta diferencias dialécticas con el hebreo bíblico dud’ym. Los arameos las llamaban yabruhim, porque ahuyentaban los demonios. Los árabes, sa’adim, porque eran útiles para la salud. Y los hebreos, dudaim, porque daban amor.

Una creencia todavía popular en la época isabelina era que las mandrágoras gritan al ser arrancadas. Shakespeare escribe en Romeo y Julieta:

y gritos como de mandrágora arrancada a la tierra

-¡los mortales que viven no soportan oírlos -!

En su Historia Natural, Plnio indica que es peligroso arrancar esta planta con rudeza: recomienda a quienes la cogen que se sitúen con el rostro hacia el oeste y el viento a sus espaldas y utilicen una espada para trazar tres círculos a su alrededor. Y describe el jugo de mandrágora, extraído de la raíz, el tallo o el fruto, como un narcótico valioso que asegura la insensibilidad al dolor durante las operaciones. Este uso es comprobado por Isidoro, Serapio y otros galenos antiguos. Shakespeare sitúa la mandrágora entre los “ jarabes soporíferos de Oriente”. Sus virtudes antiespasmódicas explican por qué se consideraba un remedio para la esterilidad, pues la tensión muscular involuntaria en una mujer puede impedir el ayuntamiento carnal completo.