La más hermosa niña del mundo, Leon Bloy

Soul_03Ocurrió esto en los alrededores de Suly-sur-Loire. Acosado por los prusianos, el ejército francés, pocos días antes victorioso, se desbandaba por los caminos. Desastre total. El frío era terrible, desesperante.

Cuatro muchachos de un regimiento llegaron una triste noche, como lobos, a una casa solitaria, cerca del bosque. Desconocían el paradero de su columna, y la verdad es que ya no les interesaba saberlo, agotados por la fatiga, el frío y el hambre. Comer cualquier cosa y dormir en un rincón tibio era su única ambición, su deseo supremo.

Por desgracia, la casa no era el lugar soñado. Parecía estar más frío adentro que afuera y, por mucho que buscaron no encontraron un trozo de pan o de carne, ni una botella de vino, ni nada comestible ni potable. Se trataba, evidentemente, de una casa abandonada desde hacía semanas.

La búsqueda se hizo penosamente, a la luz de algunos fósforos y un cabo de vela. Tampoco consiguieron carbón o leña, y no tenían herramientas para destrozar el maderamen de las habitaciones. Por un momento pensaron en prender fuego a la casa misma, pero pronto comprendieron que nada calienta peor que un incendio, y que, después de todo, más valía el abrigo de aquel techo que el espectáculo de las estrellas. Además, no convenía llamar la atención, pues no sabían quiénes podían andar en las cercanías. Muertos de cansancio, y más hambrientos que nunca, terminaron por acostarse sobre los duros colchones de heno y trataron de dormir.

Pero este mediocre reposo duró poco. La puerta se abrió de pronto con violencia y entraron tres franceses, perseguidos por una patrulla bávara, mandada por un oficial que enfocaba hacia ellos el rayo amarillo de su linterna. Una descarga de fusilería saludó la entrada de los franceses en el recinto. Los durmientes se habían incorporado de un salto y la puerta quedó, en un segundo, cerrada, trancada y atrincherada.

Hasta el amanecer, que demoró en llegar, los siete hombres tuvieron tiempo para conocerse y compartir su hambre. Con las primeras luces del día, comenzó el asedio.

Intentaron defenderse, pero ¿qué podían hacer contra una multitud? Uno de ellos tuvo la suerte de caer muerto arma en mano. Los otros, arrinconados y exánimes, se entregaron. La cuenta fue ajustada a tambor batiente; los prusianos tenían pocas contemplaciones y los fusilamientos eran cosa corriente.

He aquí, en pocas palabras, lo que ocurrió. A último momento, el más joven de los desdichados pidió, como última gracia el favor de comer un pedazo de pan antes de morir. El oficial prusiano, personaje de una atroz fealdad, queriendo probar que al menos tenía clase, señaló con un ademán los fusiles del pelotón y dijo, en un francés grotesco, estas palabras, seguidas de la orden de fuego:

” La más hermosa niña del mundo puede dar sólo lo que tiene …”

Cuando un burgués me habla de la más hermosa niña del mundo, pienso que no sabe lo que es la muerte, y que acaso aquel pobre muchacho, después de treinta años, siga teniendo hambre.

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