El vértigo lúcido, Gabriel Jiménez Emán

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Vive solo en una cabaña junto al río. Duerme hasta tarde en la mañana, pues apenas si logra conciliar el sueño por la noche. Se levanta, no se mira nunca a un espejo, se despereza y va al río donde se da un buen chapuzón; se distrae en el bosque, observa los pájaros, los panales de avispas en los troncos de los árboles, las lagartijas que reptan junto a las piedras. Regresa y pone un sartén en la leña con huevos y tocino, que saborea lentamente. Después va a la casucha de su amigo el arriero a tomar un poco de café; se entera por éste de los recientes pormenores del pueblo, los escucha sin hacer ninguna pregunta ni emitir opinión. Después regresa por un camino solitario hasta su cabaña, acaricia al perro y juega con los bigotes del gato, mientras su mirada se pierde en la corriente del río.

Se dirige al ropero, toma la capucha, las botas y el grueso cinturón de cuero, y los introduce en una maleta. El hacha la afila en un amolador rústico, la guarda en un estuche, bien limpia y desinfectada con un chorro de aguardiente.

Antes de dirigirse a su trabajo en el patíbulo, va a visitar a una hermana mayor, que le sirve un buen tazón de café retinto, y a ella le comenta el acontecimiento acerca de un mínimo cambio en el estado del tiempo. Hay un incidente que le preocupa y a veces le perturba, pero no comenta nada. Termina su café, y en ese instante es asaltado por un rapto de lucidez: se da perfecta cuenta de todo cuanto ocurre en el pueblo, y dentro de si mismo. Revisa en su mente el dictamen del juez acerca del hombre que va a ser decapitado. Recuerda entonces a su madre, su mujer y su hijo muertos. Constata que existe una lamentable equivocación en el fallo que acaba de hacer la suprema corte. Se cerciora de que el dictamen de los jueces ha estado errado en otras ocasiones: la lucidez se mete en su cuerpo y recorre todos los intersticios de su cabeza; su mente se puebla de ideas que explotan en el interior de su cerebro como pequeñas bombas de agua, salpicando gotas en todas direcciones.

Va al cuarto de su hermana. Se quita la ropa y saca de la maleta las botas, el pantalón negro, la correa y la capucha, y se las coloca. Bebe un largo trago de aguardiente. Saca el hacha del estuche y se dirige al patíbulo. Su figura, recortada en la vastedad del campo contra el cielo índigo, cobra una fuerza poderosa.

Apura el paso y cruza el tumulto de gente que va a asistir al máximo evento. Entra a la parte inferior de la tarima del patíbulo a revisar los últimos detalles de la decapitación. Sube a la tarima y espera la orden del alcalde. El acusado está por llegar; lo están trayendo en este momento desde la prisión. El verdugo espera con paciencia; su pulso está perfecto.

Hay una hora de retardo, y el acusado no llega. La gente está alterada, exige a gritos que traigan al acusado. Los ánimos se van caldeando hasta que todo aquello se vuelve una turba histérica.

Entonces el verdugo lúcido sube a la tarima, levanta el hacha y la deja caer sobre el cuerpo del hombre que nunca llega. Se quita la capucha para que todos presencien la placentera sonrisa que se dibuja en su rostro.