El estoicismo, André Comte-Sponville

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Los estoicos aprendían a distinguir lo que depende de nosotros y lo que no. Nos ha quedado de ello, sobre todo, una pedagogía de la aceptación: «Ducunt volentem fata, nolentem trahunt», decía por ejemplo Séneca ( «El destino conduce a quien lo acepta, y arrastra a quien se resiste»). Pero ésta era sólo una parte de su sabiduría. La otra era un arte del querer, y es lo más valioso de su mensaje.

Lo que no depende de nosotros, cuando se mezcla con el deseo, es objeto de esperanza. Así, esperamos la paz, la salud, el éxito, el poder… No es que no podamos hacer nada para obtenerlos; pero, hagamos lo que hagamos, el éxito depende también de otros o del azar. No es suficiente no fumar para escapar del cáncer. Ni ser pacifista para evitar la guerra. Ni ser hábil para ganarla. El éxito, en todos los casos, pertenece al destino, que es el conjunto de las cosas que no dependen de nosotros. Es otro nombre para lo real, en tanto que no obedece a la voluntad. Es lo que se nos impone, lo que debemos aceptar, por las buenas o por las malas, en fín, lo que sólo podemos cambiar dentro de las limitaciones que nos fija. Todos los hombres de acción lo saben. Eso es lo que los hace modestos. ¿Qué éxito hay sin lucidez? ¿Qué éxito sin suerte? Sólo los soñadores creen que la voluntad es todopoderosa. ¿El voluntarismo? Sólo es otra necedad. Haz más bien lo que depende de tí. Sólo esto es voluntario; sólo ésto es ser libre. ¿Éxito? ¿Fracaso? Ya lo verás. Lo real manda, y es lo que llamamos destino.

De ahí se eleva una sabiduría que es lo contrario de nuestros sueños. Pues todos desearíamos ser todopoderosos, y reyes a nuestra manera, reyes del mundo. Todos desearíamos ser Dios; es la locura de los hombres o su forma de seguir siendo niños. Descartes, estoico a su manera, y el más importante, sin duda, de los tiempos modernos, lo explica perfectamente: «Hemos experimentado tantas veces, desde nuestra infancia, que llorando u ordenando nos hemos hecho obedecer por nuestras nodrizas, y hemos obtenido las cosas que deseábamos, que insensiblemente nos hemos persuadido de que el mundo estaba hecho sólo para nosotros y que todas las cosas nos eran debidas».Pero el mundo no es una nodriza y nosotros lloramos en vano.

De ahí la desgracia de los hombres, que no es más que esperanza siempre frustrada y siempre renaciente. Madame Bovary somos nosotros. Contra ella hay una sola sabiduría, tanto en Descartes como en cualquiera, y que es estoica al menos en sus inicios: distinguir entre lo que depende de nosotros de lo que no depende, para atar nuestros deseos únicamente a aquello que sí depende. Está bien, y como decía también Descartes: «Intentar siempre vencerme a mí antes que a la fortuna y cambiar mis deseos antes que el orden del mundo». ¡Cuidado con el contrasentido habitual, que sólo ve aquí una apología de la resignación! Es conocer bien poco a Descartes y el estoicismo. ¡No es cuestión de renunciar a la acción, sino de transformar lo real! Pero sólo lo lograremos aceptándolo primero tal es, y de nuevo es lo que saben los hombres de acción; para la acción es más necesario el realismo que el entusiasmo, y lo único que le permite triunfar. Podemos imaginar un mundo sin guerras; esto nunca ha bastado para evitarlas. O negar que estemos enfermos; esto nunca ha bastado para curarnos. Descartes es lo contrario del que siempre dice Amén. Marco Aurelio, lo contrario de un cobarde. El estoicismo, contrariamente a lo que creemos con demasiada frecuencia, no tiene nada que ver con la pasividad. Es una sabiduría de la acción, no de la sumisión. De la voluntad, no de la pereza. Del valor, no de la apatía.

La lección, dirigida primera a los individuos, vale también para los pueblos. La política no es el arte de hacer soñar sino el arte de actuar, y de hacer actuar. Tiene pues por objeto aquello que depende de nosotros: es cuestión no de esperanza sino de voluntad. De otro modo, ¿para qué la democracia? «La soberanía- decía Rousseau- sólo es el ejercicio de la voluntad general». Hace falta además que haya una voluntad, es lo que expresa el sufragio universal, y no solamente deseos u opiniones, que los sondeos podrían medir igual de bien. Ahora bien, podemos desear cualquier cosa, es lo que tienen de cómodo nuestros fantasmas, pero no querer cualquier cosa: sólo podemos querer aquello que es posible, y unicamente en la medida en que dependa de nosotros.

Aquí es donde el estoicismo eterno se acerca a la actualidad. Desconfiemos de los profetas o de los demagogos que sólo saben insuflar sueños. Es mejor que aprendamos a querer.