Si el buen Dios fuera suizo, Hugo Loetscher

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¿Qué habría pasado si Dios fuera suizo? La pregunta no es nada gratuita, como algunos pudieran pensar, ya que surge la fundada sospecha de que muchas cosas hubieran salido de otra manera.

La idea no es tan impertinente, viendo que otros pueblos también ocupan a Dios.

Dicen, por ejemplo, que alguien “vive como nuestro señor en Francia”. ¿Por qué tiene que ser justamente en Francia donde le gustaría vivir al buen Dios? ¿Por la comida? ¿Y de veras es una buena referencia para Dios sentirse bien en París, que da lugar a tantos rumores? ¿Por qué no se dice: vive como nuestro señor en Suiza? Aquí la situación es mucho más segura. Disponemos de una industria hotelera mundialmente reconocida. Por otro lado hay que tomar en cuenta: los que se sienten a gusto podrían querer quedarse al final.

Y los norteamericanos dicen, por ejemplo, que su país “es la propia tierra de Dios”. Pero los pesos y las medidas de Estados Unidos no son los nuestros ni mucho menos -tomando en cuenta los precios de nuestro suelo. ¿Qué no empezamos nuestra historia defendiendo nuestro suelo? No dejaremos arrebatárnoslo por nadie, y lo que concierne a la posesión de las tierras no hay quien lo mueva. De todos modos parece que la belleza de este suelo se nos revela tan sólo a aquel que sabe imponer puntos fronterizos y erigir cercas.

Y los brasileños incluso pretenden que Dios “mismo es brasileño”. Pero suelen decir asimismo: “todos somos brasileños”, con que ni siquiera el Todopoderoso estorba. Sin embargo, no habría de tratarse de un “brasileño de nacimiento”, sino de uno naturalizado. A este respecto, nosotros somos más cautelosos. “Todos son suizos” no es ninguna invitación helvética. Los suizos sólo lo somos nosotros, un número reducido, pero más recios en cambio. Por supuesto nos parece obvio que todos quisieran volverse suizos, pero hay que saber contenerse, no sólo por el aglomeramiento en un país tan pequeño. Si alguien quiere volverse suizo, tendrá que meterse en gastos; y los gastos varían de un municipio a otro.

No importa si Dios se siente a gusto en Francia, en Estados Unidos llega a tener sus tierras y de acuerdo con el pasaporte es también brasileño, para nosotros la cuestión se plantea de otra manera. Y no tan sencilla como la había formulado Carl Spitteler: si los mismos suizos hubiéramos creado los alpes, no habrían crecido tan altos.

Algunas cosas podrían alegarse a favor de que Dios pudiera ser suizo -bien alejado de todo y sólo contemplando, esto está divino como suizo.

La pregunta de qué hubiera pasado si Dios hubiera sido suizo surgió después de que escuchamos en la radio un comentario sobre la afiliación de Suiza a la ONU. Carecían de interés argumentos en contra -eran de sobra sabidos- pero una vez más estaba hablando uno de esos suizos que en calidad de un pequeño dios arremeten contra la historia mundial de los demás. Claro que afloraba un cierto resentimiento: si nos hubieran preguntado a nosotros, todo habría salido diferente, pero lo que pasa es que no nos preguntan.

Pues bien, dado que algunos suizos ostentan cierto talento de ser Dios, ¿por qué Nuestro Señor no tendría por su lado algún talento de ser suizo?

Sobra mencionar que en este caso estamos pensando obviamente en el Todopoderoso. No en aquel niñito ilegítimo que nació en el establo. Si tiene que ser Dios, entonces ser el Todopoderoso quien, en caso de necesidad, pudiera depositar el universo.

Con todo, si el creador del mundo hubiera sido suizo también la Biblia tendría que contarse de otra manera. Ciertamente hay biblias para niños, para pobres, para negros -¿por qué no habría también una biblia especial para suizos?

Pero he aquí que surgen nuevas dificultades. Pues este Dios creó el mundo de la nada. Sin embargo, de la nada no puede salir nada de nada. Nosotros, en cambio, no empezamos desde la nada, sino desde pequeños. Nosotros logramos trabajando lo que tenemos, y por lo tanto queremos conservarlo.

Por otra parte, a veces no nos disgustaría que algo naciera de la nada. En el caso de las muchas fortunas depositadas e invertidas en nuestros bancos, preferiríamos que vinieran de la nada, en lugar de saber exactamente de dónde provienen.

Con todo, persiste el mayor problema: es decir, el mejor momento para crear el mundo. Para un suizo es de suma importancia saber cuándo por fin ha llegado el momento oportuno -cuándo por ejemplo se les otorga el derecho a las mujeres de votar o cuando es hora de ingresar a la ONU- y nadie ha sido tan creativo como nosotros en el tiempo de espera.

Y la prueba de que el mundo no se creó en el momento oportuno la dieron Eva y Adán: apenas habían empezado a existir cuando hubo que expulsarlos; apenas tuvieron hijos, uno mató a otro.

Todo esto habría salido diferente de haberse aguardado más tiempo. Por eso, un Dios que hubiera sido suizo habría sabido esperar, pues todo tiene que crecer y madurar. Él podía haber esperado tanto más cuanto que para Él mil años son como un día, aun si hubiera pasado mucho tiempo así. Algún día habría puesto este tiempo a disposición de la industria relojera.

Si Dios nuestro Señor hubiera sido suizo, hasta hoy seguiría esperando el momento justo de crear al mundo.

Nada más que, si este Dios hubiera sido suizo y hubiera esperado, no existiría este mundo ni tampoco Suiza -¡y esto sería una gran lástima!

Es así que los suizos debemos nuestra existencia a un dios que gracias a Dios no fue suizo. En ese sentido es correcto que lo recordemos en nuestra constitución.

Pero, en resumidas cuentas, no estamos tan alejados de Dios. Pues cuando Dios creó el mundo, “vio todo cuanto había hecho y he aquí que estaba muy bien”. Consta que Dios tiene un atributo suizo en su carácter, porque a nosotros nos pasa igual. Cuando hacemos algo, lo contemplamos, y he aquí que está muy bien.