Alberto y Teresa, Manuel Payno

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I

Eran las diez cuando te vi por la última vez. La mañana estaba hermosa. El sol, disipando unas ligeras nieblas que se extendían sobre las praderas como un crespón flotante, se levantaba majestuoso y espléndido por encima de las montañas. Los pájaros cantaban y revolaban gozosos, las flores abrían sus cálices, y las gotas de rocío fulguraban como diamantes en las hojas de los naranjos. El cielo azul radiaba con el oro de los rayos del sol; las flores despedían aromas, y el viento traía a su paso los cánticos de los labradores, el balar de las ovejas, el bramar de los toros, y todos esos mil sonidos halagüeños de la naturaleza, cuando bulliciosa y festiva se aparta de los brazos de la noche para bendecir con su voz sublime a los genios de la luz. Y tú estabas allí, Teresa; tú, que con tu cabello entrelazado con anémona y madreselva, con tus mejillas teñidas por el carmín de la juventud y tu vestido blanco como la nieve, parecías el ángel de la mañana, que con su aliento da perfume a los campos, y con sus pequeños dedos rosados abre las azucenas y los jazmines. Tu aliento, Teresa mía, es más suave que el aroma de las flores; tu voz más melodiosa que el canto de los ruiseñores, y tus ojos más bellos que el cielo azul de mi patria. ¿Tú me has oído decir quién era Rafael? Pues bien, si Rafael te hubiera conocido, habría pintado sus vírgenes copiándote a ti. La mañana estaba espléndida; ¿te acuerdas, Teresa? Me tomaste de la mano y ambos bendijimos a la naturaleza; ambos respiramos el soplo que Dios envía al mundo todas las mañanas; ambos vimos a los colibríes, esas flores con alas, chupar la miel de las rosas; ambos … Cuando el hombre es desgraciado, Teresa mía, vienen como genios maléficos a atormentar su mente los recuerdos de los instantes de ventura.

Me fue forzoso separarme de ti sin decirte adiós, sin recibir tu última mirada, sin estrecharte contra mi corazón, sin encargarte a ti, ángel de la pureza y de candor, que rogaras a Dios mitigara las amarguras de mi alma; porque, créelo, desde el momento en que vi desaparecer ante mis ojos las torres de la ciudad que te vio nacer, toda idea de felicidad y de sosiego ha huido de mí. He atravesado maquinalmente muchas llanuras, muchos bosques, muchas montañas; estoy nada más que a sesenta leguas de ti, y sin embargo parece que una eternidad entera nos separa, que el horizonte que tú ves no lo miraría yo en un siglo de camino. Esta idea me oprimía el corazón, el pecho me dolía, y un manantial de lágrimas comprimidas me ahogaba. Lloré como llora un niño, como llora una mujer, o más bien dicho, Teresa mía, como se llora cuando se ama. Las lágrimas me han quitado un poco la horrible opresión del corazón; pero después me he puesto a pensar: ¿qué haré yo con los días, con las horas, con los instantes de mi vida? Esta idea me vuelve loco. Decididamente en todas partes voy a encontrar fastidio, y este deseo continuo, irresistible, de asir una felicidad que huye como una sombra delante de nosotros, va a consumir lentamente mi vida. No obstante, Teresa, la esperanza es el final de nuestra vida, y cuya luz nos acompaña hasta la tumba. La esperanza me dice que te volveré a ver pronto, que otra vez vibrará tu voz musical en mis oídos, y que aún podré dar un casto beso en tu frente de ángel.

Por lo que más quieras en la Tierra, escríbeme. Me parece que te has muerto; otra vez creo que te alegrarás de mi ausencia, o que el amor de otro te hará olvidarme. Esta idea es atroz. Perdóname, ángel mío, pero que quieres, el amor es desconfiado y algunas veces hasta ridículo.

Adiós, bien mío. Sé feliz y recibe el corazón de tu

Alberto

II

Agosto de 184 …

Teresa adorada: Ocho días he estado devorado de una fiebre ardiente y delirando con tu memoria, recordando en mis agonías aquellas pequeñeces de que los amantes hacemos tanto caudal. Los cuidados y atenciones de unas pobres gentes que me ofrecieron su choza, sus vigilias, sus cuidados y sus oraciones, a mí, hombre desconocido, desesperado moribundo, me han reconciliado con la vida; he bendecido la misericordia de Dios, de quien quizá había blasfemado. Perdón, Teresa mía. Esto te asustará a ti, tan religiosa y tan pura. Mil veces perdón.

Habrás recibido probablemente mi primera carta. Qué sé yo qué cosas te decía en ella. Te hablaba de la luz, de las flores, de los ángeles, de todo, porque mi cerebro estaba en un estado de agitación indefinible. ¡Qué disparates decimos los amantes en esos momentos! Tú los disimularás.

Ahora han pasado los instantes de delirio; pero me agobia una tristeza letal, una desazón continua, un presentimiento vago de desgracia que hace a cada momento saltar a mi corazón. ¿Qué será esto, Teresa? Decididamente conozco que no podré vivir si no es a tu lado, respirando el aire que tú respiras, mirando lo que tú veas, sintiendo lo que tú sientas. Mi mundo estaba reducido al pequeño recinto de limones y naranjos donde nos paseábamos; mi soledad a tu compañía, y mis placeres en agradarte. ¿Qué haré yo, Teresa, en este tumulto, en esta vorágine que se llama sociedad, donde es menester estudiar una sonrisa y una caravana, poner una cara festiva cuando el corazón está devorado de pesar; hablar, reír, murmurar, cuando no quiere el alma otra cosa más que el silencio y la meditación? ¿Creeré los elogios que me tributen? ¿Juzgaré amigos a todos los que me estrechen la mano? ¿Miraré como protectores a los que se sienten conmigo en la mesa a tomar café? ¡Oh! ¡Qué terrible es esta sociedad, donde hay un continuo cambio de sarcasmos e injurias! ¡Qué atroz es lo que se llama política, cuando no enseña más que a cubrir con un falso velo los sentimientos del corazón! Me he convencido de que en esta vida sólo tres personas son capaces de amar desinteresadamente: la madre, el padre, la esposa. A mí, hombre combatido por la suerte, no me ha quedado en quién creer más que en ti. El día que tú no me amaras, no creería ni en el amor, ni en la amistad, ni en la patria, ni en nada. Tú romperías la ilusión más benéfica, la esperanza más halagüeña, el consuelo más dulce que tiene el hombre: la religión. No lo harás, Teresa; estoy seguro de ello.

Ya más restablecido, me juzgo con fuerzas para continuar mañana mi camino. Un camino lóbrego, desierto, solitario, en que la tristeza me devora. Cada día de camino, nueva atmósfera, nuevo horizonte, nuevas montañas nos separan. Esto es terrible.

Sé feliz, teresa, y consuela con una carta al que te idolatra.

Alberto

III

Agosto de 184 …

Alberto mío: Te has separado de mí sin decirme ¡adiós! Sin estrecharme la mano, sin que siquiera nuestras miradas, quizá por la última vez, se cruzaran y se comprendieran. ¡Oh! Una separación es horrible; mucho más cuando había pensado que sólo la muerte podría dividir nuestra existencia, y… ¿qué digo? La muerte… la muerte nos habría abierto las puertas del cielo para no separarnos allí nunca, para amarnos en el seno de Dios. ¿Sabes, Alberto, que cuando supe que te habías marchado estuve a punto devolverme loca? ¿Sabes que ese día no tuvo para mí ni el sol luz, ni las flores aroma, ni los gorjeos de las aves melodía? ¡Ah, Alberto! Porque tú eres mi sol, mi amor, mi ídolo, y todo me ha faltado desde el momento en que me abandonaste. Si vieras cómo pesa la soledad en el corazón de la mujer; si contemplaras cuán amargas son nuestras horas; si te persuadieras de lo horrible que son esas noches en que las lágrimas de nuestros ojos empapan las almohadas y la fiebre y el delirio se apoderan de nuestros sentidos; si reflexionaras cuánto es el sufrimiento de esas vigilias, en que ni se vela ni se duerme, y un fantasma inmóvil, fijo, terrible, reposa en nuestra cabecera. Todo esto lo sufrimos; pero no lo podemos explicar. ¿Lo comprenderás tú, Alberto? ¿Participarás de mis sufrimientos? Sí, amor mío, sí, dime que entiendes mis quejas, porque de lo contrario me moriría de pesar… Aquí llegaba yo, el llanto caía de mis ojos, algunas lágrimas borraron las líneas ya escritas y necesité reposar un momento para poder continuar. En esto, el señor B, entró a mi cuarto y puso en mis manos tu amabilísima carta. La abrí, recorrí ansiosa todas sus líneas, y cerciorada de que ningún mal te había acontecido, volví a leerla de nuevo y … Alberto, la sé de memoria, pues hace tres días que no hago otra cosa más que leer tu carta, mojarla con mi llanto y secarla con el fuego que devora mi corazón. Me he visto tentada a ponerme en camino y seguirte hasta el fin del mundo si fuera necesario; pero, ¿dónde va una pobre mujer sola que no sabe los caminos, que nunca ha pisado más que el umbral de su casa y el de la iglesia? … ¡Oh, Alberto!, vuelve pronto, muy pronto; si no, hallarás mi frente pálida, mis mejillas hundidas, mis labios secos, mi corazón sin fuerzas para latir… Hallarás tal vez un cadáver. Vergüenza me da decírtelo, porque vas a creer que soy una mujer de novela; pero un vértigo no me deja continuar esta carta, y aun temo que no comprendas estas últimas líneas.

Alberto, no abandones a tu amiga, a tu hermana, a la que tú has llamado en tiempos más felices tu amada y linda Teresa, Dios te dé felicidades, y a mí el consuelo de que tanto necesita mi alma.

Teresa

IV

Septiembre de 184 …

Gracias, ángel mío, gracias por tu amable cartita que he besado una y mil veces; gracias porque me enviaste en ella las lágrimas de tu amor; gracias porque me amas, mucho más de lo que yo merezco.

Todas las desgracias, niña mía, tienen su compensación en este mundo. Separarse cientos de leguas de una querida, es atroz; pero recibir una carta suya llena de ternura y entusiasmo, es lo más dulce que pueda imaginarse. Vuelva el consuelo a tu corazón, Teresa; reanime la esperanza a tu abatido espíritu, pues mi vuelta debe ser pronto, muy pronto; acaso cuando menos lo pienses te tendré entre mis brazos y entonces nos uniremos para no separarnos jamás. En la vida tendremos un mismo lecho, en la muerte una misma tumba, en el cielo un mismo asiento… qué sé yo; estas ideas tienen algo de lúgubre, y como no quiero que te entristezcas, te voy a hablar de otra cosa. ¿De qué te hablaré? … A propósito, ¡si vieras qué espectáculo tan magnífico, tan sorprendente, en el que se goza a la entrada de México! Una vasta llanura verde se desarrolla a la manera de un lienzo en el panorama. En esta llanura hay esparcidas, ya las casas de magníficas haciendas, ya las chozas humildes y pintorescas de los labradores. Por donde quiera que se dirija la vista, se encuentra a una graciosa y delgada torre que se dibuja en las montañas azules, o un pueblito que, como una isla flotante, parece que reposa en la niebla; o un grupo pintoresco donde hay árboles, corderos que pacen la grama, bueyes que surcan la tierra con el arado, flores silvestres que crecen a las orillas de los arroyos… ¡Oh!, todo es lindo, muy lindo. Acercándose más se percibe la reverberación de los lagos que como inmensos espejos están tendidos a los pies de la coqueta ciudad. Después se ve el grupo de montañas del santuario de Guadalupe; después las sombrías y colosales torres de la catedral; después, cúpulas de azulejos, y torres encarnadas, y miradores, y casas y almenas que parece brotan de una canasta de flores. ¿Sabes, lo único que falta para animar este cuadro? … ¡Ah!, todo me parecía triste, solitario, desierto, porque mi Teresa no estaba a mi lado, porque el ángel de mi amor no soplaba su aliento vivificador en esta escena. Si tú hubieras estado conmigo, me habrías estrechado la mano, habría tu corazón palpitado de júbilo… pero yo estaba solo, enteramente solo. ¡Qué suerte tan fatal!

Aún hay tiempo para que antes que me ponga en camino me contestes esta carta. Hazlo, Teresa, porque de lo contrario no tiene momento de tranquilidad tu infortunado

Alberto

V

Septiembre de 184 …

Esposo idolatrado: cuando recibí tu segunda carta, me hallaba en una hacienda distante cinco leguas de esta población. Mi excelente madre ha comprendido los martirios que sufre mi corazón, y trata mitigarlos haciéndome variar de objetos. ¡Vano esfuerzo! ¿Qué me importa que haya en la hacienda un hermoso y cristalino estanque de agua? ¿Qué me importa que la huerta esté llena de flores y de árboles frutales? … Tanto valdría habitar un desierto lleno de espinas y malezas. Para mí todo es igual hoy; todo lo veo con indiferencia; sólo el recuerdo de Alberto vive eterno, fijo, inmutable en mi corazón. Volverte a ver y estrecharte en mis brazos es lo único que deseo.

¡Cuánto has padecido, mi pobre Alberto! Enfermo, solo, sin más auxilio que el de Dios, has debido pasar terribles momentos, parecidos a los que yo he tenido que soportar; al fin, la vista de tu patria, de tu familia y de tus amigos, ha debido consolarte algún tanto, pero yo, Alberto, nada tengo que me consuele. Instantes de desesperación; un deseo de dejar de existir; largos días que no tengo más ocupación que llorar. Creo que ya te he dicho esto mismo en otra carta; pero te lo repito, porque es la historia única de las mujeres: suspirar, llorar, sufrir en silencio.

Me he atrevido a darte el título de esposo, y no sé si habré hecho mal en esto. Recordé los juramentos que me has hecho mil veces y como están de acuerdo con los sentimientos de mi corazón, no he vacilado en llamarte esposo mío, y en considerarte ya con todos los derechos de tal. ¿Qué falta, Alberto, para que legítimamente nos unamos para siempre? Nada más que la bendición de un sacerdote… Yo estoy loca, Alberto … Falta todo, todo, puesto que no somos felices, y estamos a tan inmensa distancia uno de otro. Todos los días paso largas horas en la iglesia, arrodillada en las gradas del altar pidiéndole a Dios que seas feliz, y que me dé valor para soportar los contratiempos que temo nos sobrevengan.

Recibe el tierno corazón de tu querida, de tu amiga, de tu esposa que te idolatra.

Teresa

Omitimos las demás cartas que por espacio de seis meses continuaron escribiéndose los amantes, porque sería demasiado alargar esta historia. Todas ellas estaban concebidas en el lenguaje melancólico y apasionado de amantes separados a gran distancia y cuyo único consuelo es la dulce esperanza de reunirse otra vez para no separarse nunca.

Pasaron después como tres meses, sin que Teresa recibiera una sola letra de Alberto. Mil dudas asaltaron a la pobre niña; mil tempestades levantaron los celos en su inocente corazón, mil tormentos incomprensibles sufría en las horas de cavilaciones y silencio en que se consideraba abandonada por su amante y a éste gozando de las delicias del amor, en brazos de otra mujer. ¡Qué infelices son los que se aman!

Un día que ocurrió como de costumbre en busca de cartas, recibió una con el sobre de una letra desconocida. La abrió, leyó:

Señorita, el que iba a ser su esposo de usted ha muerto traspasado de una bala; me encargó en su agonía que noticiara a usted esta catástrofe. Su nombre de usted fue el último que vago en sus labios. Era un excelente muchacho y amaba a usted mucho. Llórelo usted con las lágrimas de una querida. Yo he derramado sobre su tumba el llanto de la amistad.

Sea usted feliz, si puede serlo después de una pérdida tan dolorosa, y disponga de su servidor que le B. L. P.

Teresa sonrió tristemente al acabar de leer esta carta y dijo a media voz: Todo se acabó para mí en el mundo.

El dolor de Teresa era de esos dolores profundos que matan el alma y el cuerpo al mismo tiempo. Esa sonrisa triste y helada era como el último pétalo que el viento arranca de la flor marchita. Todo se había acabado efectivamente para la pobre niña, hasta las lágrimas de sus ojos y los gemidos de su corazón. Teresa, desde ese día resignada y conforme, aguardó la muerte con tranquilidad; la alegría no aparecía en sus ojos; las rosas de la juventud pintadas en sus mejillas emblanquecieron poco a poco; los contornos airosos de su cuerpo perdieron su morbidez; su frente siempre estaba bañada de un sudor helado, y sus pulsos agitados y calenturientos; por último Teresa se consumía lentamente como si un veneno de esos que matan por grados, destruyera sus entrañas. Teresa era de esas almas sencillas, virtuosas y ardientes, que nacen para el amor; educada lejos de la corrupción de las ciudades populosas, desconocía los artificios de la falsa política, y no sabía más que amar; porque le parecía que era el único sentimiento digno de alimentar la existencia de una mujer. Cuando muere la esperanza, es preciso que muera también el cuerpo. Teresa iba a morir de amor.

Un día Teresa se sentó al piano y moduló uno de esos preludios melancólicos como las últimas vibraciones del arpa del poeta, con los últimos gorjeos del ruiseñor de Julieta. La pobre criatura sonreía tristemente, y las armonías de la música hicieron correr dos lágrimas por sus mejillas: las primeras que había derramado después de la muerte de Alberto, y las últimas que tenía su corazón. Se escuchó el galope de un caballo, y a poco momento Alberto tenía a Teresa entre sus brazos; pero no era un cuerpo virgen torneado y bello que estrechaba en su seno; era una imagen pálida de la muerte; una sombra de esa hermosura celestial; una flor sin aroma, sin color, que lentamente había marchitado el viento de la desgracia.

– Teresa, teresa mía, estoy aquí para hacerte dichosa, para volverte la salud, la felicidad, la vida.

Teresa entreabrió sus ojos, tomó una mano de Alberto, la llevó a sus labios y dijo con una voz apagada:

– Haz llegado muy tarde. Alberto mío; mi alma va a volar al seno de Dios, y sólo allá nos reuniremos.

– Teresa, bien mío, deja esas ideas melancólicas que me desesperan; alienta, reposa en mi seno, vive para que seas feliz.

– Estoy más tranquila, Alberto; tu presencia es para mí como la del ángel invisible que guía nuestros pasos.

Teresa se puso al piano y aún hizo resonar algunas notas tiernas y sonoras, como la voz del cenzontle; pianas y dulces como el tímido canto del canario. Después Teresa inclinó en el respaldo del sillón su hermoso busto pálido, y todo quedó en silencio. Teresa no existía ya: su alma voló en brazos del ángel con las últimas vibraciones de la música…

He aquí la historia de un amor malogrado; historia dolorosa de esas que en el silencio del hogar doméstico se repiten diariamente sin que nadie lo advierta. ¡Cuántas mujeres se enferman, se marchitan, y se acaban lentamente devoradas por una pasión oculta, que concluye por llevarlas a la tumba! ¡Cuántas existencias pomposas y alegres acaban de repente, sin saber la causa de su mal! Pero esas muertes súbitas sólo tienen lugar en esas mujeres cándidas, con una alma de niño, y un corazón de paloma, que no conocen ni la sociedad, ni la corrupción del mundo, para las cuales el amor es un sentimiento puro y santo; que forman una religión en su alma, y que quieren anticipar en este mar de miserias y crímenes que se llama mundo, uno de los goces de los ángeles. La pobre Teresa era del corto número de estas criaturas que van a la tumba con el cendal de la inocencia; y era preciso que cuando vio malogrado su amor, que era el sol de su corazón y la luz de su alma, muriera, y muriera de amor.

Réstanos ahora tratar la rápida pero también terrible y dolorosa historia del hombre solo.

El que sea huérfano, el que no tenga una familia; el que tenga que llorar en silencio en su humilde retiro los dolores de su corazón; el que tenga una alma sensible y vea a la mujer no como un ser caprichoso y voluble, sino como un ángel enviado por Dios al mundo para dulcificar nuestra miserable existencia, comprenderá lo que es un hombre solo. Un hombre solo es un árbol sin hojas, una flor sin aroma, un arroyo sin agua, un campo sin verdura. ¿Qué son las diversiones y las orgías de la sociedad para el hombre que tiene su corazón seco, su alma enferma, su pensamiento sin objeto? ¿Qué es en fin el hombre, cuando le falta una mujer a quien amar? ¿Qué es la vida, cuando se extingue el fuego que mantiene el alma? ¿De qué sirve la existencia cuando no hay unos ojos que nos hablen el mudo pero sublime idioma del amor; ni una mano a quien estrechar en la desgracia, ni un corazón que comprenda el nuestro? Así, cuando se han apagado estas dulces ilusiones de la vida, cuando se han disipado esas imágenes de felicidad que un tiempo velaban en nuestro lecho y nos adormecían con sus mentirosas promesas, vemos el mundo descarnado, horrible; la traición, el vil interés, la ambición, la mala fe, la falsedad, dominan e imperan en la sociedad, los más santos lazos, las más sagradas promesas se rompen, se violan a cada instante, y en vano se busca un destello de virtud que alumbre este caos de vicios. Esto es lo que sucede al hombre solo que pierde a la mujer a quien amaba, y esto es lo que sucedió a Alberto.

Cuando se depositó en su postrera y funeral habitación el cuerpo de Teresa, Alberto rezó libre su tumba, la regó con lágrimas, y se separó de aquel lugar; dejando en el sepulcro de la mujer que amaba, todas las ilusiones, todas las esperanzas de su vida. El sepulcro, pues, recibió los restos de la querida y la dicha del amante.

Era para él lo mismo un lugar que otro; en todas partes la indiferencia y el fastidio lo seguían. Se resolvió, pues, a viajar; y efectivamente se embarcó con dirección a Nueva York. El mar, ese gran espejo de Dios, apenas le causó admiración. Llegó a los Estados Unidos y vio a un pueblo egoísta, ocupado enteramente del mercantilismo y la ambición. Esto no podía consolarle. Se resolvió a embarcarse para Europa; quizá esa nación francesa, grande, inteligente, pensadora, le proporcionaría algún alivio.

Se dio a la vela en el vapor Presidente. A los seis días un banco de hielo chocó con el vapor, y la mayor parte de los pasajeros y tripulación perecieron. Alberto fue uno de los que encontraron su tumba en medio del océano.

¡Felicidad grande, porque hombre solo no debe vivir en el mundo!

Septiembre de 1843.

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