El sacrificio, Roberto Calasso

el-sacrificio-de-ifigenia-fresco-pompeya-siglo-i-ac-casa-del-poeta-trc3a1gico-agamenc3b3n-embozado-se-aleja-de-la-escena-del-sacrificio-de-ifigeniaEl sacrificio no sirve para expiar una culpa, como leemos en los manuales. El sacrificio es la culpa, la única culpa.

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El sacrificio es una culpa que se elabora. Transforma el asesinato en un suicidio. Traspone el asesinato en la lejana perspectiva de un suicidio. Tan lejana como para remontarse al origen. Donde encontramos el suicidio divino: la creación

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El fundamento del sacrificio está en lo siguiente: cada uno de nosotros es dos, y no uno. No somos un ladrillo compacto, sino que cada uno de nosotros es los dos pájaros de los Upanishad, en la misma rama del árbol cósmico, uno come, el otro mira al que come. El engaño sacrificatorio, que sacrificante y víctima sean dos personas y nos una, es la deslumbrante e insuperable revelación sobre nosotros mismos, sobre nuestro doble ojo

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La historia también se resume en esto: durante un largo periodo los hombres mataron a otros dedicándolos a un ser invisible, y a partir de un cierto momento mataron sin dedicar el gesto a nadie. ¿Olvidaron?, ¿consideraron inútil ese gesto de homenaje?, ¿lo condenaron como repugnante? En cierto modo, intervinieron todas estas razones. Luego quedó la matanza.

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La creación es el cuerpo de la primera victima. En la creación la divinidad se amputa una parte de sí misma, abandonándola. A partir de entonces sólo podrá observar su extremidad amputada en las manos de la necesidad.

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Quechcotona, en náhuatl, significa al mismo tiempo «cortar la cabeza a alguien» y «recoger una espiga con la mano». La percepción del sacrificio en su origen es precisamente que cada recoger es también un asesinar, que cada arrancamiento, toda separación de algo de aquello con derramamiento de sangre, en que le está conectado ( y no es otra cosa, paso a paso, el Todo), es una matanza. Pero la vida, si quiere perpetuarse, exige que se recoja algo.

El sacrificio envuelve el primer arrancamiento, la primera separación, la originaria decisio ( de caedo, el verbo de matar a la víctima sacrificatoria con derramamiento de sangre), en una delicada, sutilísima e inmensa red, que reconecta el Todo con la cavidad de la herida en el momento en que se abre. Se puede recoger incluso sólo una espiga, pero el sumo incremento de potencia se tiene cuando recoger también es matar. En lugar de un tallo, arrancar el corazón todavía palpitante, con la «mariposa de obsidiana», del tronco de la víctima derribada. Arrancado esa otra red, que une el corazón con la totalidad del cuerpo, nos inundamos de unos seis-siete litros de sangre. Es la exuberancia de la vida, que sólo en esa sangre se promete perenne.

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El experimento es un sacrificio del cual ha sido eliminada la culpa. La pirámide sacrificatoria, donde la sangre ha manchado las cálidas piedras del altar, se convierte en un vasto matadero, se extiende horizontalmente en una esquina cualquiera de la ciudad.

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Acto sacrificatorio: cualquier acto donde el actor se contempla a sí mismo mientras actúa. La víctima y la oferta son quienes actúan. El sacrificante es el ojo que lo contempla. Por este motivo, cualquier acto puede ser un sacrificio. Por ello, la sociedad arcaica considerada, en su funcionamiento, como un «sacrificio perpetuo», según la fórmula de Guénon, que la propone como una límpida obviedad: «Al ser el sacrificio el acto ritual por excelencia, todos los demás participan de su naturaleza y se integran en cierto modo en él, de modo que justamente él determina con absoluta necesidad todo el conjunto de la estructura de una sociedad tradicional, donde puede considerarse que todo constituye un verdadero sacrificio perpetuo»

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Que la naturaleza esté acompañada de retornos, respiraciones del tiempo, demuestra que es un objeto sacrificatorio. El mundo es una parte de sí que la divinidad ha separado de sí, dejando que viviera según sus reglas, y no según el arbitrio divino. Pero la cuerda invisible entre la divinidad y la creación no está cortada del todo, la divinidad siempre puede recuperar su mundo e intervenir brutalmente en él; el orden puede anularse, los astros pueden no regresar. De ahí el sacrificio realizado por los hombres a lo largo de esa misma cuerda, que, por otra parte es la columna de humo de la pipa sagrada; sube la oferta humana, esa parte de vida que no se deja vivir si no es reabsorbida en el cielo del cual ha descendido. Al ceder una parte del mundo a la divinidad, el sacrificante quiere que la divinidad le ceda el resto del mundo, sin volver a intervenir en él con su irrefrenable autoridad. El sacrificio tiende también a conquistar de la divinidad el permiso para utilizar el mundo. La primera consecuencia del olvido del sacrificio será, por consiguiente, que el mundo sea usado sin miramientos, sin límite, sin una parte dedicada a otra cosa. Pero también aquí el final se superpone al origen, como un reflejo, y por tanto invertido: disuelto el sacrificio, todo el mundo vuelve a ser, sin saberlo, un inmenso taller sacrificatorio. En la incertidumbre sobre todas las cosas, el único enunciado que nadie se atrevería a poner en duda, en tanto que asimilado hasta la obviedad, es que el mundo vive en tanto que produce. Es la misma obviedad que reconocía el Rigveda al afirmar que el mundo vive porque sacrifica. De la misma manera que en su origen la divinidad sólo podía sacrificarse a sí misma, porque no existía nada más, también ahora el mundo se sacrifica a sí mismo bajo otros nombres porque la divinidad se ha disipado. Los inconscientes sacrificantes se parecen ahora a los Sadhya, esos oscuros dioses anteriores a los dioses, que después cayeron porque decidieron estar por encima del sacrificio.

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Cuando Buda convenció a los cinco monjes, sus primeros seguidores, de ser el despertado, se comparó inmediatamente «con un gamo que vive en el bosque y corre por sus laderas; con plena confianza avanza, se yergue o se extiende, con plena confianza reposa; es inalcanzable para quien prepara las trampas».

La primera imagen de la liberación que se propone al Buda es la de la víctima que ha escapado al sacrificio, de la presa escapada al cazador.

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El renunciante persigue la liberación del mundo; el gnóstico condena los elementos del mundo; el libertino utiliza despreocupadamente el mundo; la técnica anónima utiliza el mundo como material propio.

El renunciante es un ortodoxo; el gnóstico es un hereje; el libertino es un ateo; la técnica anónima cree en sí misma. Una descendencia ilegítima que sostiene el mundo.

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Hay una sabiduría del oficiante y una sabiduría de la víctima, que cada vez se distancian más en la historia. De la sabiduría del oficiante desciende la soberanía del sujeto que construye su edificio del conocimiento. De la sabiduría de la víctima descienden las palabras de Esquilo «del sufrimiento al conocimiento», que aluden a la pasión del conocimiento iniciático. El escándalo de Cristo es ser sacerdote y víctima al mismo tiempo, como en su origen, reuniendo en sí las dos vías.

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La espina del sacrificio es la elección de la víctima. La red védica de las correspondencias lo envuelve todo y conecta todo con todo; innumerables textos repiten que el oficiante es la víctima, d ella misma manera que los ladrillos del altar son el pensamiento intenso. Pero, al término de la ceremonia, el oficiante regresa a su casa, la víctima permanece exánime en el altar. Lo que se mata en la víctima es lo insustituible, lo único; la evanescente singularidad que escapa a las mallas de las correspondencias, la arruga en torno a los ojos del hombre de Tollund, el ahorcado que las arcillas azules de Dinamarca han mantenido intacto durante milenios. Ifigenia, ofrecida en Áulide- un fresco pompeyano la muestra mientras es arrastrada al altar, con los senos cubiertos y los brazos alzados al cielo, el cuchillo del sacrificio ya visible sobre ella-, reaparece como sacerdotisa en Taúride; en el mito, la víctima que tiene un nombre es rodeada por la divinidad en una nube eufemizante para que cicatrice la incurable laceración. También ahí se trasluce la inmensa sobriedad del mito: saber que ninguna teología, ninguna connexio podrá jamás remediar la ejecución. En las víctimas que se convierten en astros o que los dioses transportan al cielo o salvan en última instancia, el mito cede el paso a la fábula como a su origen y a su final: y vivieron felices se revela, de repente, anterior al érase una vez. Silencioso, pero sobreentendido y perceptible en el aire de cristal de las gestas ejemplares, queda ese único cuerpo degollado en el altar, cuando ningún dios lo sustrae en su nube.

La teoría del sacrificio hace girar todos los gestos repetibles y reversibles- respiración, eros, música- en torno a los dos gestos irreversibles: comer y matar. Estos son los dos gestos en los que la flecha del tiempo hiere con una herida incurable. En torno a esa herida, se levanta ahora el velo cósmico, el terrible tejido que conecta todo con todo, que repite todo en todo. Pero su secreto es el pequeño desgarrón de su centro, la llaga abierta en la víctima, la vida sin retorno palpable: aquello que en el mundo arcaico era lo esotérico de lo esotérico, el secreto del secreto, el tremendum último, es en el mundo nuevo la percepción más banal y difundida, la irreversibilidad del tiempo. Una vez más en el mundo sin dioses revela ser el mundo del esoterismo obligado.