Regresé al nido después de haber perdido por un momento la dirección, JCPozo

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Estando perdido en mi vuelo fue que me topé con una hermosa ave viajera que dulcemente cantaba para acompañarse al volar. Cuando estuvimos de frente me echó una mirada santa y después de mirarla absorto, ya no supe qué camino seguir. Ojos, plumaje y canto me habían turbado tanto y al ver que al pasar volteaba su piquito rojo hacia mí, sentí valor en el pecho y con vuelo firme y resuelto la comencé a seguir.

Fuimos juntos un pincel de atardeceres; dibujamos pestañas a los albores de abril y casi alcanzábamos a tocar la luna, cuando de pronto, una voz familiar: una canción de cuna que venía de mi nido, tronó en el cielo de zafiros y me hizo parar de volar.

En un ratito la altura que alcancé con mi hechicera empezó velozmente a bajar, mientras que el eco de la plegaria y mi conciencia grosera, las plumas me pusieron a temblar.

Ella, ave pasajera, se quedó flotando, viéndome descender desde la aurora. Había comprendido el sino que tenía yo plantado en el corazón. Entonces cantando sola y ofreciendo sus ojos a Dios, se alejó hasta perderse detrás de las olas de un mar herido por el naranja líquido del sol.

Bajé y bajé y volví a bajar. Un golpe de pronto sentí al caer y escuché un canto entrañable y sentido. Ése era mi lugar, mi terruño querido. Me quedé abrazado entre trinos de alivio y sensación de bienestar. Era mi deber, desde mi propio nido, ver y procurarles a los ahí reunidos, el milagro de cada despertar.