Amblar, Javier Perucho

0_abb7c_eec466b0_origAl mediodía la sirena llega presurosa a los bajos de la bahía para mirar el candencioso andar de las bañistas, quienes apenas cubren el vértice de sus muslos y la pirámide del pecho con un jirón de tela. Asoma sus ojos por la espuma de las olas y se zambulle de súbito cuando un nadador se acerca a ella. Luego vuelve a emerger, emboscada entre las olas, sus ojos atentos al andar de las bañistas que caminan a la vera del mar para encontrar un asiento donde reposar la planicie procelosa de sus cuerpos. Arena y sol. Brisa y olas temperadas: una lujuria para las visitantes. Un hogar sempiterno para ella.

En el ocaso, cuando las fogatas de los pescadores se han extinguido, remonta las olas para dirigirse a la playa. Ahí, donde desemboca la resaca, en la fusión del torso con la cadera, se adhiere una estrella de mar y, en las crestas femeninas, dos algas anudadas a la espalda, e inmediatamente practica el andar sinuoso y amblarino de las bañistas que había contemplado desde la espuma marina a la luz del alto sol, mas su cauda, aun cuando se ejercita en demasía, siempre le atrofia el paso. Granos de arena en la comisura de los labios, ningún testigo, salvo el resplandor de la luna, la brisa y las estrellas. Un anhelo farfulla mientras se sacude la arena. Mañana, en el crepúsculo del día, me robaré sus sandalias.

 

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