Infancia, Jacques Prévert

(27)

-¿Llorabas? –le preguntaba yo.

-No. Era tonto llorar.

Su risa loca la dominaba otra vez, sacaba a nuestro gato, Sigurd, de la cesta, lo tomaba entre sus brazos y lo mecía como a un bebé.

-Si me quieres, Sigurd, mueve la oreja una vez.

Y Sigurd movía la oreja.

-Si quieres a Jacques y a Jean, muévela dos veces.

Sigurd la movía dos veces.

-¿Y a André? Si lo quieres, muévela tres veces.

Y Sigurd no movía la oreja para nada.

Mi padre levantaba los hombros, molesto.

-Tiene su gracia ese tonto, pero cada vez hace la misma cosa. Sin embargo, a mí me gustan mucho los gatos, como al cardenal Richelieu. ¡Sigurd!

-Él lo dice en broma –y ella continuaba- ¿No es cierto que quieres a André, y que lo quieres mucho?

Y Sigurd movía las dos orejas con mucha rapidez, como un pequeño asno incomodado por las moscas.

Yo demoré mucho tiempo en descubrir el truco; sin embargo era de una simplicidad casi infantil. Un soplo. Casi nada. Mi madre, imperceptiblemente, soplaba en la oreja del gato, un instante.

-Tu madre es un hada –decía papá.

Era por eso que yo tenía miedo, cuando ella me leía cuentos, de que desapareciera en la historia como las hadas que evocaba.