LAS SIRENAS DISECADAS, Cristina Rivera Garza

(4)La presencia constante de sirenas en la iconografía popular y muchas de las leyendas que recorren las tierras altas de la zona central de México puede causar sorpresa, cuando no franco estupor. No es del todo fácil o lógico, después de todo, imaginar a estos seres prodigiosos lejos del mar, en un paisaje dominado por montañas y bosques, arados y surcos. Pero aún así, en efecto, hay sirenas y sirenos por todos lados. ¿Qué hace, por ejemplo, una pareja de ellos viviendo en aparente armonía en las gélidas aguas de las lagunas del Sol y de la Luna en el cráter de un volcán? ¿Por qué continúa apareciendo tras la neblina esa temible Tlanchana, mitad mujer y mitad serpiente oscura, si sólo se lleva a hombres jóvenes a su abismo de agua? ¿Cómo es que, habiendo matado a un sireno de manera despiadada, éste amenaza con regresar una y otra vez y otra más?

El pasado lacustre de la región, siendo inmemorial, parece perdido ya para siempre. En efecto, el Nevado de Toluca ha sido un espacio ritual y sagrado desde, al menos, el siglo XV y XVI. Hasta su cima, dominada por dos lagunas que los lugareños no dudan en describir como “dos ojos del mar”, han llegado sacerdotes y visionarios, peregrinaciones y creyentes por igual. Cada uno de ellos ha dejado su huella: las enormes ofrendas de copal o los picos de maguey que, poco a poco, han sido descubiertas e investigadas por equipos de arqueología subacuática de la UNAM. Los bastones de mando, muchos con formas que asemejan el rayo o el relámpago, también abundan en el lugar. Para los antiguos y actuales habitantes de estas regiones, las montañas siguen siendo enormes “vasos de agua” que, gracias al poder del rayo, y socorridos a menudo por la intercesión de graniceros, vierten su líquido preciado sobre los campos de cultivo y las comarcas aledañas. En sociedades rurales, cuya sobrevivencia física y espiritual depende sobre todo de la cosecha de maíz, esta no ha sido ni es una cuestión menor.

Para muchos habitantes de las tierras altas no es difícil pensar que existió y existe, en efecto, una red de arroyos y ríos subterráneos que, partiendo de las cimas del volcán, se conectan con, y eventualmente desembocan en, mares y océanos distantes. El pasado lacustre del valle, sin embargo, es algo más que un producto de la imaginación. A lo largo del siglo XX, y hasta la fatídica fecha del 23 de junio de 1950, la vida cotidiana y laboral del valle estuvo dominado por tres grandes lagunas, la de Chignahuapan, la de Chimaliapan, y la de Chiconahuapan. Los residentes de los pueblos ribereños en los municipios de Ocoyoacac y Tultepec hasta Almoloya, Atizapán, Texcalyacac eran, sobre todo, pescadores o tuleros que se alimentaban de truchas, ranas, acociles. Todo eso desapareció, y no en un pasado remoto o en un fecha anónima. Todo eso desapareció el mismo día que se echaron a andar las obras hidráulicas que entubaron las aguas del río Lerma para satisfacer las necesidades de los habitantes de la Ciudad de México. Una noche de tormenta, gracias a las actividades de unos ingenieros que dinamitaron la laguna, “se perdió el río para siempre”. Eso se recuerda. Cuando se disecó la laguna, cuando la ciénega se convirtió en pantano, entonces las leyendas de las sirenas vengativas y amenazantes sirenos retomaron mayor fuerza en la región.

A inicios del XXI, los investigadores José Antonio Trejo Sánchez y Gerardo Arriaga llevaron a cabo una serie de entrevistas entre los ex-ribereños del valle de Toluca. En “Memoria colectiva: vida lacustre y reserva simbólica en el valle de Toluca, Estado de México”, incluyen las palabras de Atanasio Serrano: “En el año de mil novecientos cincuenta, por el mes de junio, un jueves de Corpus, el río se perdió para siempre. Decían las gentes que vivían cerca de la orilla de la laguna que una noche después de un aguacero con muchos rayos escucharon un ruido, como si la tierra chupara algo, y aseguraron que en ese momento los ingenieros probaban la capacidad de las bombas, instaladas en “El Cero”. Al día siguiente puro lodo se veía en el lecho del lago, tiempo después, los lirios y tulares, se fueron marchitando, y miles de especies acuáticas quedaron sepultadas en el fango del pantano. Nada quedaba de las aguas que daban vida al famoso río Lerma”.

De entre los relatos, destaca el de la Atl-Anchane o “Sirena de la laguna” en palabras de Cerón Hernández: “Fue ese tío, un señor ya grande, como de ochenta años, quien me lo platicó todo./ ¿Oiga, tío y qué llora alguien en Agua blanca?/

Sí hijo, sí llora. ¿Sabes por qué? Porque mataron al sireno, al marido de la sirena./ ¿Cómo lo mataron?/ Sí, mira había mucha sangre, como de dos metros de radio en el agua./ ¡Ay, tío!/ Y no lo encontramos./ Y bueno, ¿qué le pasó?/ Pues esa señorita se lo llevó abajo, porque allí estaba un ojo de agua bien hondo, yo creo que como de aquí de esta esquina hasta San Sebastián; así de hondo para abajo./ Pues de noche y a la mañana siguiente, ya no hubo pescado señor. Había pero muy poquito, ya ni sirenas ni nada. Se acabó. ¿Qué le pasó? Solo Dios sabe./ Ya después vinieron las obras del agua […]”.

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