Conocer a Picasso, José Luis Cuevas

self-portrait-1907Quería conocer a Picasso. Verlo. Cruzar algunas palabras con él. Se me había dicho que en esos días se encontraba en París, en su estudio de la rué des Grands-Augustins. Algunas veces pasé por la puerta pero nunca me atreví a tocar. Tenía esperanza de verlo salir o entrar, y quizás entonces me atrevería a abordarlo. También era posible encontrarlo en un café de Saint-Germain-de-Pres, donde me decían que iba por las noches. No me sería difícil hablar con él, me dijo alguien que lo conocía. Bastaba con aproximarse a su mesa y decirle que era un artista latinoamericano que lo admiraba. Él mismo me pediría que tomara una silla y que me sentara en su mesa. Le diría que era de México y él me preguntaría por los refugiados republicanos. Quizás haría recuerdos de Diego Rivera. Yo podría decirle que en la galería Loeb había una exposición de mis dibujos… Que me gustaría tanto que la visitara… De ahí podría iniciarse una amistad, sin importar la diferencia de edades y prestigio. Me invitaría a La Galloise y quizá permaneciera todo un verano en su palacio. El fotógrafo Duncan nos tomaría fotos juntos, tumbados en la arena. Sería presentado con Cocteau, Kahnweiller, Paul Eluard y Aragón. Sabartés acabaría tolerando mi presencia y quizá me contara sobre los muchos años que vivió en Guatemala. Me preguntaría por Luis Cardoza y Aragón. Si hubiera sido así, conservaría ahora muchas fotos con Picasso y sus amigos, abrazado yo del primero y caminando por las playas de Juan-les Pins. Ya estarían publicadas en libros y catálogos.

Como el encuentro casual con Picasso no se daba, recurrí a una amiga italiana que conocía —me dijo— a Maya Picasso. Ella visitaba con frecuencia a su padre y era bien recibida. Muchas veces llegaba con amigos y ni Sabartés ni Picasso lo objetaban. Yo debía tener presente que Picasso era un hombre muy accesible, sobre todo con los artistas jóvenes que acudían a él, como los enfermos visitan Lourdes con la esperanza de ser sanados. Cuando detectaba el talento, se entusiasmaba tanto que llevaba al joven a vivir durante un tiempo a su casa. Era lo que yo buscaba.

Una tarde, estando en la casa de mi amiga italiana, llamó ésta a la hija de Picasso. Después de breve introducción me pasó el teléfono. Maya estuvo muy cordial y me invitó a su apartamento para que conociera los cuadros que tenía de su padre. Allí mismo veríamos la manera de hacer una cita con él.

Con mi amiga italiana llegué al apartamento de Maya. Efectivamente: la colección de Picasso era digna de verse. Conservaba también, en cajas de cristal, muchos divertimentos que Picasso le había hecho con cajetillas de cerillos, para que jugara cuando era niña. Nos sirvió vino y queso y en la mesa me puse a hojear una libreta de apuntes de Picasso. Eran retratos de Maya y su madre. También había páginas escritas con lápices de colores en las que Picasso manifestaba su devoción paternal. Hacia el final del libro, había fotos pegadas y coloreadas con acuarelas. Al cerrar el libro, Maya me lo quitó de las manos y lo devolvió al arcón de donde lo había tomado y me dijo que intentaría hablar con su padre por teléfono y le preguntaría si le era posible recibirme. Contestó Sabartés y dijo que sería imposible llamarlo, porque se encontraba reposando pero que él podría tomar el mensaje. Maya dijo de qué se trataba y Sabartés contestó que en París difícilmente recibía visitas; de todos modos iba a preguntarle y que habría una respuesta si se repetía la llamada una hora después. Esperamos el tiempo convenido. Maya volvió a mostrarme cosas que conservaba de su padre. Había un retrato de ella a lápiz y el cabello estaba hecho con los cabellos dorados que Picasso le había cortado.

Dejamos pasar más de una hora para llamar de nuevo. Otra vez contestó Sabartés. Le pasó el teléfono a su patrón para que hablara con Maya. Súbitamente el teléfono me fue pasado y me quedé paralizado al oír la voz de Picasso. La oía distante e irreal. Comenzó hablándome en un francés muy deficiente para después decirme palabras en español. Con torpeza le dije que me gustaría que visitara mi exposición que se presentaba en la galería Loeb. Su respuesta me llenó de sorpresa: la había visitado un día antes y le había parecido excelente. Tanto que había adquirido dos de mis obras. Que además me había dejado un saludo en la libreta de la galería. No sabía qué decir. Ya no me atreví a pedirle que me recibiera en su casa. Lo único que llegué a articular fue un débil “gracias”, que posiblemente no llegó a oír. Colgué el teléfono. Al día siguiente fui recibido en la galería Loeb con grandes muestras de alegría: efectivamente Picasso había visitado mi exposición y había adquirido dos de mis obras. También había dejado estampadas unas líneas en la libreta. Una empleada la traía en las manos y me la entregó abierta. Ahí pude ver la inconfundible caligrafía de Picasso diciéndome que continuara dibujando. Que pintores había muchos pero grandes dibujantes muy pocos. Después venía la firma, la fecha y el dibujo de un fauno sonriente. Pedí que me regalaran la hoja pero Edouard Loeb no quiso. El autógrafo le pertenecía. Formaba parte de la historia de la galería. Se me prometió una fotografía de la página para que la conservara de recuerdo.

Poco después me fui de París, sin haber intentado acercarme a Picasso aunque pude haberlo hecho a través de Jean Cassou, quien había escrito sobre mí. Edouard Loeb nunca me envió lo prometido. Perdí todo contacto con su galería. Hace algunos años un coleccionista de Texas me dijo que había visto el autógrafo de Picasso subastándose en la Sotheby’s de Londres.