Para cenar, Tanya Victoria

(95)La mejor palabra para definir mi vida es “frivolidad”. Me casé hace un par de años, así a secas, sin pasiones, ni fervores, ni romanticismos. Me casé con el marido perfecto: guapo y forrado de dinero. Mis padres lo escogieron como los suyos a ellos. Y es que a los 36 y soltera, los llené de dudas y temores. Entre mi marido y yo, nunca ha existido el intento de encendernos en la cama, mucho menos en otro lugar, o tan siquiera salir a caminar. Quizás exista cariño… No, no lo creo. Es una situación difícil cuando nuestros lánguidos y aburridos cuerpos se confrontan en la cama. Me siento sucia. En su rostro agitado he llegado a ver no sólo el de actores y vecinos, sino hasta el de amigas de la infancia. Nunca se lo he confesado a nadie, por vergüenza, miedo, o simplemente por mi bagaje cultural. Hasta que una amiga me introdujo al mundo cibernético. Jamás lo hubiera hecho. Tuve una conexión inmediata y me alejé de todo.

Así nació mi amor incondicional por los chats. Ahí es donde conocí gente menos plástica, con quien deliberadamente se puede conversar acerca de las frustraciones y complejos de la vida. No sé cómo ni a qué hora apareció un hombre. Se hizo llamar “Tritón del mar”. Después de varios orgasmos en seco, y sin habernos visto las caras me invitó dos días a la playa: hotel de tres estrellas y autobús de primera. Era el escape de mi vida: 38 años de vivir para otros… Estos eran dos días sin pensar en el mañana, un lugar cerca de Puerto Escondido, en la Playa Conde.

Mi esposo no me hizo muchas preguntas. Sólo se atrevió a hacer recomendaciones. “Cualquier cosa, llama. Viajar sola te ayudará a crecer… No le diré a tus padres, me parece que ya estás grandecita para hacer lo que quiera. ¿Cuánto dinero en efectivo necesitas? No puedo llevarte, deberías irte en avión… Bla bla bla”, y un beso frío en los labios.

Tritón y yo quedamos de encontrarnos en ese hotelito amarillento, descarapelado, limpio, como salido de un sueño. No había ningún huésped y sin pensarlo tanto me desnudé frente al mar. Tritón era un hombre hecho a mano, con cara mediterránea. Inútilmente, traté de cubrirme con la toalla. Se acostó a mi lado en la arena caliente, y sabiendo que me había perturbado con la mirada comenzó a deslizar sus manos en medio de mis muslos, así tan desnudos, tan extraños. Nos besamos en medio de una nube de arena que me volvió loca. No podía creer lo que estaba sucediendo. Mis piernas estaban temblorosas y mis ojos tan húmedos como mi cuerpo. Me pidió que me quedara ahí para siempre. Yo acepté de inmediato y nos metimos al mar. Bajo la luna llena, asombrosamente, pude nadar y respirar sin dificultad en medio del agua. Vi cómo sus piernas se llenaron de escamas convirtiéndose en una hermosa cola de pez. Llegamos al fondo, a ese lugar en el que habitaban otros tritones similares a él. También había sirenas. Una de ellas se acercó y me dijo al oído: “cada 28 días, con la luna llena, celebramos el rompimiento de esa barrera entre tu mundo y el nuestro, se escoge a uno para que salga a copular con la presa que esta noche cenaremos”.