Los pescadores de sirenas, Rubén Darío

(3)Péscame una, ¡oh, egipán pescador! que tenga en sus escamas radiantes la irisada riqueza metálica que decora los admirables arenques. Péscame una cuya cola bifurcada pueda hacer soñar en el pavo real marino, y cuyos costados finos y relucientes tengan aletas semejantes a orientales abanicos de pedrería. Péscame una que tenga verdes los cabellos, como debe tenerlos Lorelay, y cuyos ojos tengan fosforescencias raras y mágicas chispas; cuya boca salada bese y muerda cuando no cante las canciones que pudieran triunfar de la astucia de Ulises; cuyos senos marmóreos culminen florecidos de rosa, y cuyos brazos, como dos albos y divinos pitones, me aten para llevarme a un abismo de ardientes placeres, en el país recóndito en donde los palacios son hechos de perlas, de coral y de concha de nácar. Mas esos dos sátiros que se divierten en la costa de alguna ignorada Lesbos, Tempe o Amatunte, son, ciertamente, malos pescadores. El uno, viejo y fornido, se apoya en un grueso palo nudoso, y mira con cómica extrañeza la sirena asustada y poco apetecible que su compañero ha pescado. Éste saca la red, y no parece satisfecho de su pesca. De los cabellos de la sirena chorrea el agua, formando en el mar círculos concéntricos. Sobre las testas bicornes y peludas se extiende, al beso del día, un fresco follaje, mientras reina en su fiesta de oro, sobre nubes, tierra y olas, la antorcha del sol.

 

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