Solamente las manos, Luis Rosales

cYa no hay repartidor de lágrimas, ni colleras tintineantes, ni anises, ni aguador a la puerta. Ya el ataharre habrá subido al cielo como un gobernador, y tú sigues viviendo, y haciéndome vivir, mientras te puedo recordar. Me cortaría las manos para seguir haciendo tu retrato con el muñón, para seguir haciendo tu retrato borrando un poco lo que escribo, puesto que mis recuerdos son borrosos también. Hay que adaptar los medios a los fines y darle tiempo a todo para que encuentre su verdad. El tiempo no es un muerto; no lo podemos enterrar. Nada cesa en la vida. Los ojos nunca mueren: siguen viendo nuestras raíces. Los ojos nunca duermen y sus imágenes persisten en el sueño igual que las agujas de los pinos se convierten en tierra. Cada vez que soñamos pisamos nuestros ojos, y sólo entonces, al pisarlos, se graba en la mirada nuestra huella. Ahora, pensando en ti, surge un recuerdo con claridad: yo he tocado tus manos. Las he tocado, muchas veces, acuñándolas con las mías, pero aquella juntura del contacto, aquel encendimiento, vino más tarde, muchos años después, para que me sintiera mutilado, igual que las cerillas apagadas vuelven a arder al ponerse en contacto con los ojos del muerto. No nos basta vivir. La vida puede deshacerse en el primer recodo del camino, como si de repente se pudrieran volando todas las mariposas. La perfección exige tiempo. Nada se verifica sucediendo y aun el ayer tiene un momento en que no es tiempo aún. No es más que una palabra. Una palabra extraña que se escribe con los ojos cerrados; una extraña palabra que, poco a poco, va deshelándose, va convirtiéndose en acción. Ya lo sabéis: por más y más que caminemos estamos detenidos en nuestro crecimiento, porque en la vida no nos llevan los pies, sino las huellas. Pero no sólo queda el hueco: hoy recuerdo sus manos, solamente sus manos, como si me vendaran la memoria. Tal vez no las recuerdo, ni las veo, las siento todavía. Sigo tocándolas aún.

Al correr de los años se fue haciendo tan expresiva que, al moverlas, pronunciaba sus manos y ponía en cada cosa que tocaba un acento distinto. Colocaba los manteles, los cubiertos, los platos, las flores de la mesa. En cada objeto, un reconocimiento, una pronunciación distinta, deletreante y como atónita. Ahora lo he comprendido: toda acción repetida se convierte en lenguaje, se convierte en palabra, y ella hacía siempre sus acciones de la misma manera. Se repetía para dictarse en nuestros ojos como se escriben las palabras en el papel. Pero nunca quedaba escrita. Tal vez la perfección exige acabamiento, pues, en rigor, no me bastaba verlas cuando las vi, ni ahora me basta recordarlas cuando trato de describirlas. Es necesario hacerse a ellas. Es necesario hacerse a ella. Cada uno de sus rasgos revelaba la trama de su vida. Cada uno de sus gestos revelaba la urdimbre de sus manos. Eran de coral blanco, de coral primerizo, con sus imperfecciones y sus renunciamientos, sus asperezas y sus grietas. Pero además eran de tiempo y de trabajo y estaban ya disminuidas, acurrucadas, reuniendo su calor, como se embebe el cuerpo, contrayéndose, cuando pasamos por un túnel. Recuerdo su blancura y el resplandor, mate y empobrecido, de alguna de sus vetas. Tenía las manos debilísimas, y tan utilizadas que el cansancio impedía que sus dedos pudieran mantenerse dentro de un mismo plano. El pulpejo los retraía sobre la palma para evitar ese calambre doloroso que produce la duración continuada de una labor —ya coser, ya pintar, ya escribir— hecha con el pulgar y el corazón. Pero el calambre no cesaba. Para evitarlo, se contraían sus manos, descansando en la mesa como las conchas en la arena. Con aquel gesto recobraban su forma original, se replegaban hacia su infancia, concentrándose para no deshacerse. Parecían coger algo para legitimarse en el trabajo y descansar. Pero no descansaban. Durar ya es un esfuerzo y el cansancio es un túnel. No podían salir de él, y año tras año, se habían ido adaptando a su forma. Ya en los últimos días, cuando me gusta recordarlas, tenían la forma del cansancio. Pero, no lo olvidéis, todo vuelve a su origen y aquella forma oval era también la que tuvieron en el claustro materno. Demostraban su cuna. Si el cansancio las aniñaba tarareándolas, el trabajo les había dado su hormigueo y aquel gesto prensil, hueco, definitivo, y por así decirlo, desmoronado. El tiempo no es un sueño y yo tendría que recordarlas desmoronándome con ellas

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