Si los tiburones fueran hombres, Bertolt Brecht

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Si los tiburones fueran hombres, harían construir en el mar cajas enormes para los peces pequeños, con toda clase de alimentos en su interior, tanto plantas como materias animales. Se preocuparían de que las cajas tuvieran siempre agua fresca y adoptarían todo tipo de medidas sanitarias. Si, por ejemplo, un pececito se lastimase una aleta, en seguida se la vendarían de modo que no se les muriera prematuramente. Para que los pececitos no se pusieran tristes, de vez en cuando organizarían grandes fiestas acuáticas, pues los pececitos alegres tienen mejor sabor que los tristes.

II

Si los tiburones fueran hombres, habría escuelas en el interior de las enormes cajas construidas para los pececitos. En esas escuelas se enseñaría a los pececitos a entrar en las fauces de los tiburones. Necesitarían tener nociones de geografía para mejor localizar a los grandes tiburones, que andan por ahí holgazaneando. Lo principal sería, naturalmente, la formación moral de los pececitos. Se les enseñaría que no hay nada más grande ni más hermoso para un pececito que sacrificarse con alegría; también se les enseñaría a tener fe en los tiburones, y a creerles cuando les dijesen que ellos ya se ocupan de forjarles un hermoso porvenir. Se les daría a entender que ese porvenir que se les auguraba sólo estaría asegurado si aprendían a obedecer. Los pececitos deberían guardarse bien de las bajas pasiones, materialista, egoísta o marxista. Si algún pececito mostrase semejantes tendencias, sus compañeros deberían comunicarlo inmediatamente a los tiburones.

III

Si los tiburones fueran hombres, se harían la guerra entre sí para conquistar cajas y pececitos extranjeros. Además, cada tiburón obligaría a sus propios pececitos a combatir en esas guerras. Cada tiburón enseñaría a sus pececitos que entre ellos y los pececitos de otros tiburones existe una enorme diferencia. Proclamarían que, si bien todos los pececillos son mudos —como todo el mundo sabe—, lo cierto es que callan en idiomas muy distintos y por eso jamás logran entenderse. A cada pececito que, en la guerra, matara a unos cuantos pececitos enemigos —de esos que callan en otro idioma—, se le concedería una medalla de algas marinas y se le otorgaría además el título de héroe.

IV

Si los tiburones fueran hombres, tendrían su arte. Habría hermosos cuadros en los que se representarían los dientes de los tiburones en colores maravillosos, y sus fauces como puros jardines de recreo en los que da gusto retozar. Los teatros del fondo del mar mostrarían a heroicos pececitos entrando entusiasmados en las fauces de los tiburones, y la música sería tan bella que, a sus sones precedidos por la orquesta, los pececitos se precipitarían en tropel dentro de esas fauces, arrullados por los pensamientos más deliciosos, como en un ensueño.

V

Si los tiburones fueran hombres, habría una religión. Esa religión enseñaría que la verdadera vida comienza para los pececitos en el estómago de los tiburones.

VI

Si los tiburones fueran hombres, los pececitos dejarían de ser todos iguales como lo son ahora. Algunos ocuparían ciertos cargos, lo que los colocaría por encima de los demás. A aquellos pececitos que fueran un poco más grandes se les permitiría incluso tragarse a los más pequeños. Los tiburones verían esta práctica con agrado, pues les proporcionaría mayores bocados. Los pececillos más gordos, que serían los que ocupasen ciertos puestos, se encargarían de mantener el orden entre los más pequeños, y se harían maestros u oficiales, ingenieros especializados en la construcción de cajas, etc.