Celos que matan, pero no tanto, Teresa Calderón

Aubrey Beardsley. Salomé1

Ya había visto sus ojos en los tuyos

que no me miran que se mueren por verla.

2

Era un desliz definitivo.

Desde un bolsillo de secretos

un nombre de mujer

tu letra un número

la prueba final en la estructura mítica del héroe

-consultar Villegas, Juan- desde el bolsillo

esa mujer

ese cuerpo de tus delitos.

3

Mañana marcaré ese número.

Repetiré la operación hasta dar con esa palomita.

Pienso decirle menos cosas de las que pienso.

Pero a ti, te lo advierto

nos encontraremos los tres y sean cuales fueren los resultados

te lo prometo

aquí va a haber un muerto

habrás un muerto en la familia

querido mío.

4

Como ves

o como no ves

estoy

pendiente de ti.

Estoy

el colmo de ti.

5

He aguzado el olfato

para husmearla mejor en tus camisas

en los jardines de tu pecho.

Si captaras la sutileza de mi oído

qué magnífico espectáculo

pegado a las puertas

el ojo a las cerraduras

como el náufrago a su tabla

y todo el océano para él solo.

6

Todos mis sentidos alerta pueden reconocerte

a una distancia de metros

bajo una niebla de película

en pleno centro de Santiago

a las doce del día en medio de la gente, animal.

todos mis sentidos alerta.

Dije todos menos el sentido del humor.

7

Cuídate de mí, maldito, porque te amo.

8

Más vale que te cuides.

Tú sabes una caída en la ducha

esas son caídas fatales me entiendes

un remedio de más o equivocado te fijas

un accidente casero cualquiera tiene en la vida

arreglabas un enchufe y ¡oh, sorpresa, Fiat Lux! me comprendes

o el cuchillo de cocina guardado adentro de la cama

o el gas lento pero seguro no olvidemos.

Por eso, cuídate mejor que te encuentre confesado

oleado sacramentado y todo si te descubro amadísimo héroe.

9

Te acaricio te araño con táctica felina

porque estás mintiéndome

porque te juro lo sé todo

aunque no digas ni pío.

10

Tardaría la noche entera enumerando

los espantos que te haría

si se confirman mis según tu miserable opinión–

infundadas sospechas.

No tienes idea la de horrores que soy capaz

mi vida

la infinidad de maleficios que prepararía en la cocina

hasta dar con esa pócima

que te pusiera fuera de combate.

11

En esta guerra sangrienta

las matemáticas están claramente de tu parte

yo soy una y una no es ninguna.

Ante una ventaja así no cabría más

que deponer esas armas con las que no cuento

y saludarlos con mis mejores deseos:

que sean tremendamente infelices que se pudran.

Quiero que reciban periódicamente

a la cigüeña cargada de imbunches

que no falten al himeneo las reinas de la muerte,

las parcas de infalibles tijeras

¡Oh, Mnémesis

diosa fantástica de la venganza!