Hay un insecto que los hombres alimentan a su costa, Conde de Lautréamont

Andreas Leonhard Roller
Andreas Leonhard Roller

Hay un insecto que los hombres alimentan a su costa. No le deben nada, pero le temen. El tal, que no gusta del vino, y en cambio prefiere la sangre, si no se satisfacen sus legítimas necesidades, sería capaz, merced a un oculto poder, de adquirir el tamaño de un elefante y aplastar a los hombres co­mo espigas. Por esa razón hay que ver cómo se le respeta, cómo se le tiene en la más alta estima por sobre todos los animales de la creación. Se le otorga la cabeza como trono, y él fija sus garras en la raíz de los cabellos, con dignidad. Más adelante, cuan­do está gordo y entra en una edad avanzada, imi­tando la costumbre de un antiguo pueblo, se le sa­crifica a fin de que no sufra los achaques de la vejez. Le organizan grandes funerales, como a un héroe, y el féretro que lo conduce directamente ha­cia la losa del sepulcro es cargado sombre los hom­bros de los principales ciudadanos. junto a la tierra húmeda que el sepulturero extrae con su diestra. pala, se combinan frases multicolores sobre la in­mortalidad del alma, sobre la futilidad de la vida, sobre la voluntad inexplicable de la providencia, y el mármol se cierra para siempre sobre esa existen­cia, laboriosamente cumplida, que ya no es más que un cadáver. La muchedumbre se dispersa, y la no­che no tarda en cubrir con sus sombras los muros del cementerio.

Pero consolaos, humanos, de su dolorosa pérdida. He aquí que avanza su incontable familia, que os cede con toda liberalidad para que vuestra deses­peración sea menos amarga y encuentre alivio en la grata presencia de esos engendros huraños, que se convertirán más tarde en magníficos piojos, con las galas de una notable belleza, monstruos con ai­re de sabios. Incubó muchas docenas de queridos huevos, con maternal dedicación, sobre vuestros cabellos desecados por la succión encarnizada de esos temibles forasteros. Pronto llega el momento en que los huevos estallan. No os preocupéis, esos adolescentes filósofos no tardan en desarrollarse a través de esta vida efímera. Se desarrollarán hasta un punto que no podréis ignorar gracias a sus ga­rras y órganos chupadores.

Vosotros no sabéis por qué razón no devoran vuestro cráneo, conformándose con extraer median­te sus bombas la quintaesencia de vuestra sangre. Un momento de paciencia que os lo voy a explicar: no lo hacen, simplemente, porque carecen de la fuerza suficiente. Tened por seguro que si sus man­díbulas respondieran a la magnitud de sus ansias infinitas, los sesos, la retina, la columna vertebral, todo vuestro cuerpo desaparecería. Como una gota de agua. Sobre la cabeza de algún mendigo joven de la calle observad con un microscopio a un piojo que trabaja: ya me contaréis después. Desgraciada­mente son pequeños, esos bandoleros de enorme melena. No servirían para conscriptos, pues no al­canzan la talla exigida por la ley. Pertenecen al mundo liliputiense de los patizambos, y los ciegos no vacilan en clasificarlos entre los infinitamente pequeños. Desgraciado el cachalote que luchara contra un piojo. Sería devorado en un abrir y ce­rrar de ojos, a pesar de su talla. Ni siquiera la cola quedaría para anunciar la nueva. El elefante se de­ja acariciar, el piojo no. No os aconsejo intentar esa experiencia peligrosa. Especial cuidado debéis te­ner si vuestra mano es peluda, y también si sólo está compuesta de carne y huesos. Vuestros dedos no tendrán remedio. Crujirán como si estuvieran sometidos a la tortura. La piel desaparece por un extraño encantamiento. Los piojos nunca pueden llegar a cometer tanto mal como el que les sugiere su imaginación. Si encontráis un piojo en vuestro camino, seguid adelante sin lamerle las papilas de la lengua. Os ocurriría alguna desgracia. Eso está probado. No importa, estoy de todos modos contento por la magnitud del mal que te hace, ¡oh, raza humana!, aunque me gustaría que toda­vía te hiciera más.

¿Hasta cuándo mantendrás el culto carcomido de ese dios, insensible a tus plegarias y a las ofren­das generosas que le presentas en holocausto ex­piatorio? Ya lo ves, el horrible manitú no te agra­dece las grandes copas de sangre y de seso que tú distribuyes en sus altares, piadosamente adorna­dos con guirnaldas de flores. No te agradece…, pues los terremotos y las tempestades continúan haciendo estragos desde el comienzo de las cosas. Y sin embargo -hecho digno de ser observado­mientras más indiferente se muestra, más lo admi­ras. Se ve que tú sospechas la existencia de cua­lidades que él conserva ocultas; y tu razonamiento se apoya en la siguiente consideración: que sólo una divinidad de poder superior puede mostrar tanto menosprecio hacia los fieles que obedecen a su religión. Por eso en cada país existen dioses dis­tintos: aquí el cocodrilo, allá la mercenaria del amor; pero cuando se trata del piojo, al conjuro de ese nombre sagrado, todos los pueblos sin ex­cepción inclinan las cabezas de su esclavitud, arro­dillándose juntos en el atrio augusto ante el pedes­tal del ídolo informe y sanguinario. El pueblo que no obedeciera a sus propios instintos rastreros y diera señales de rebelión desaparecería tarde o temprano de la tierra, como hoja de otoño, aniqui­lado por la venganza del dios inexorable.

¡Oh, piojo de pupila contraída!, en tanto que los ríos derramen el declive de sus aguas en los abis­mos del mar, en tanto que los astros persistan en la trayectoria de sus órbitas, en tanto que el mundo vacío no tenga límites, en tanto que la humanidad desgarre sus propios flancos en guerras funestas, en tanto que la justicia divina arroje sus rayos ven­gadores sobre este globo egoísta, en tanto que el hombre desconozca a su creador y se burle de él -no sin razón- agregando una pizca de desprecio, tu reino estará asegurado sobre el universo, y tu dinastía extenderá sus eslabones de siglo en siglo. Yo te saludo, sol naciente, libertador celestial, a ti, enemigo recóndito del hombre; continúa aconse­jando a la inmundicia que se una con él en impu­ros abrazos, y que le prometa con juramentos no escritos en el polvo, que seguirá siendo su fiel amante por toda la eternidad. Besa de vez en cuan­do el vestido de ese gran impúdico, como gratitud por los servicios importantes que nunca deja de prestarte. Si ella no sedujera al hombre con sus pe­chos lascivos, probablemente no existirías, tú, pro­ducto de ese acoplamiento justo y consecuente. ¡Oh, hijo de la inmundicia!, di a tu madre que si abandona el lecho del hombre para encaminarse por rutas solitarias, sola y sin protección, llegará a ver su existencia comprometida. Que sus entrañas, que te llevaron nueve meses entre sus perfumadas paredes, se conmuevan un instante con los peligros que de resultas correría su tierno fruto tan gentil y tranquilo, pero en adelante helado y feroz. In­mundicia, reina de los imperios, cuida, en presen­cia de mi odio, el espectáculo del crecimiento in­sensible de los músculos de tu prole hambrienta. Para lograr ese propósito, sabes que no tienes más que ceñirte estrechamente al costado del hombre. Tú puedes hacerlo sin que el pudor se resienta, porque ambos estáis desposados desde hace mucho tiempo.

Por mi parte, si se me permite agregar algunas palabras a este himno de glorificación, diré que he hecho construir un foso de cuarenta leguas cua­dradas y de profundidad. proporcionada. Allí re­posa, en su inmunda virginidad, un yacimiento vi­viente de piojos, que cubre el fondo del foso, y luego serpentea en amplias y densas vetas en todas direcciones. He aquí cómo he construido este yaci­miento artificial. Saqué un piojo hembra de la ca­bellera de la humanidad. Me han visto acostarme con ella por tres noches consecutivas, y luego la eché en el foso. La fecundación humana, que hu­biera sido nula en casos parecidos, fue aceptada esta vez por la fatalidad, y, al cabo de algunos días, millares de monstruos, bullendo en una maraña compacta de materia, surgieron a la luz. Esa ma­raña horrorosa se volvió con el tiempo más y más enorme, adquiriendo las propiedades líquidas del mercurio y ramificándose en cuantiosos ramales que en la actualidad se nutren devorándose unos a otros (los nacimientos superan a las muertes), sal­vo que yo les arroje como alimento algún bastardo recién nacido cuya madre desea su muerte, o un brazo que logro cortar a alguna muchacha, de noche, merced al cloroformo. Cada quince años las generaciones de piojos que se alimentan del hombre disminuyen notablemente, y ellas mismas predicen, indefectiblemente, la época cercana de su completa extinción. Pues el hombre, más inte­ligente que su enemigo, logra vencerlo. Entonces, con una pala infernal que acrecienta mis fuerzas, extraigo de este yacimiento inagotable, bloques de piojos tan grandes como montañas; los corto a ha­chazos y los transporto, en las noches profundas, a las arterias de las ciudades. Allí, en contacto con la temperatura humana, se derriten como en los tiempos de su primitiva formación en las galerías tortuosas del yacimiento subterráneo, se labran un lecho en la grava, y se expanden en arroyos por las habitaciones, como espíritus perniciosos. El guardián de la casa ladra sordamente, pues le pa­rece que una legión de seres desconocidos penetra por los poros de las paredes y acarrea el terror a la cabecera del sueño. Quizá no hayáis dejado de oír, por lo menos una vez en la vida, esas clases de ladridos dolorosos y prolongados. Con sus ojos impotentes trata de penetrar en la oscuridad de la no­che, pues su cerebro de perro no comprende lo que sucede. Ese murmullo lo irrita, y se siente traicio­nado. Millones de enemigos se abaten así sobre ca­da ciudad como nubes de langosta. Helos ahí por quince años. Combatirán al hombre provocándole lesiones abrasadoras. Después de transcurrido ese lapso, enviaré una nueva cantidad. Cuando trituro los bloques de materia animada, puede suceder que un fragmento sea más compacto que otros. Sus áto­mos se esfuerzan rabiosamente por separar su aglo­meración, para ir a atormentar a la humanidad: pero la cohesión se mantiene firme. En un espasmo supremo, engendran tal energía, que la piedra, no pudiendo dispersar sus elementos vivientes, se lan­za ella misma hacia las alturas como por efecto de la pólvora, para volver a caer introduciéndose pro­fundamente en el suelo. A veces, el labriego soña­dor percibe un aerolito que hiende verticalmente el espacio, para dirigirse al bajar hacia un campo de maíz. Ignora de dónde procede la piedra. Vo­sotros tenéis ahora la explicación clara y sucinta del fenómeno. Si la tierra estuviera cubierta de pio­jos como de granos de arena la orilla del mar, la raza humana sería aniquilada, presa de terribles dolores. ¡Qué espectáculo! ¡Y yo, con alas de ángel, inmóvil en los aires, para presenciarlo!

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