Cuentos muy breves para leer en la tumbona, Antonio Puente

4403607671_6ccd773eef_bHermano mayor de la greguería, el aforismo y el grafiti, el cuento breve se impone ahora con fuerza, sobre todo en el ámbito hispano, con copiosas reediciones y antologías. Hay quien dice que es el género adecuado al lector con prisas de nuestro tiempo, y especialmente idóneo en el verano, para la levitación zumbona sobre la tumbona.

Previa advertencia de Ludwig Wittgenstein, “la guinda puede ser lo mejor de un pastel, pero un saco de guindas no es mejor que un pastel”, esa tendencia es, en realidad, una redundancia, pues hasta el más avezado de los lectores lo que finalmente retiene de sus libros predilectos son breviarios: píldoras esenciales, que luego él mismo ampliará, en ondas expansivas, con volver a arrojar la piedra de la evocación o la relectura.

Muchas veces basta un verso sugerente para obtener un cuento breve; para que se abran las compuertas a un ajetreo infinito, como cuando predijo el poeta Pedro García Cabrera: “La cocina es el sexo de la casa”. O para que recobre toda su vigencia narrativa una sentencia de hace siglos, como esta denuncia, ahora lamentablemente tan en boga, que hace William Blake: “Y la juventud fue llevada al matadero, junto con la belleza, por un trozo de pan”.

Un microrrelato autónomo puede ser un aldabonazo en el interior de una novela, como esta perla de la intertextualidad endiablada de Enrique Vila-Matas: “En su trágica desesperación, se arrancaba los pelos de su peluca”. Y viceversa: un cuento breve en sentido ortodoxo puede extenderse al infinito; es lo que le sucede al más famoso de ellos, El dinosaurio, de Augusto Monterroso: “Cuando despertó, el dinosaurio todavía seguía allí”.

Tan célebre y glosada ha sido esta pieza que el propio escritor guatemalteco lo dio finalmente por uno de sus textos más largos, entre erratas recopiladas —dragón, cocodrilo, unicornio— y parodias realizadas por otros autores, como ésta de José María Merino: “Al despertar, Augusto Monterroso se había convertido en un dinosaurio. Te noto mala cara, le dijo Gregorio Samsa, que también estaba en la cocina”; o esta otra, del mexicano Jaime Muñoz Vargas: “Cuando plagió, el copyright todavía estaba allí”. Aunque, sin duda, entre las numerosas apostillas a este cuento, la palma se la lleva uno que habla de una señora que, preguntada sobre si conoce el relato del dinosaurio de Monterroso, dice que le encanta, que ya va por la mitad…

Cuantas más ondas cruzadas y expansivas en menor número de palabras, más eficaz será la píldora y certero el dardo. Según Eduardo Berti, autor de Los cuentos más breves del mundo, la palma se la lleva Hemingway con esta dosis de seis palabras: “For sale: baby shoes, never worn”: “Vendo zapatos de bebé, sin usar”, toda una elipsis para un relato sobre un aborto.

Cuento fantástico

Un clásico del género es el cuento fantástico de Fredric Brown: “El último hombre sobre la tierra estaba sentado a solas en una habitación. De repente, alguien llama a la puerta”.

El gusto por la paradoja es una constante del género breve. Así el venezolano Gabriel Jiménez Emán, autor de Los 1.001 cuentos de 1 línea, neutraliza de entrada su propósito: “Quiso escribir los 1.001 cuentos de 1 línea, pero sólo le salió uno”; y, en otro momento, apunta con finura: “Aquel hombre era invisible, pero nadie se percató de ello”.Tan cáustico y sutil con las relaciones amorosas, expresa el mexicano Juan José Arreola: “Estabas a ras de tierra y no te vi. Tuve que cavar hasta el fondo de mí para encontrarte”; o también: “Soy un Adán que sueña con el paraíso, pero siempre me despierto con las costillas intactas”. Y su compatriota Luis Felipe Lomelí completa así el triste cuento El emigrante: “¿Se olvida usted de algo? —¡Ojalá!”.

Una mirada singular, en ocasiones lacerante, sobre el amor ofrecen muchas autoras que cultivan el microrrelato. Así, en la antología de Clara Obligado Por favor, sea breve, aparece este hermoso y desengañado Trasplante, de Beatriz Martínez: “Mi corazón te espera, es lo único que queda de mí, estoy dentro de otra. Búscame”. Y la mexicana Mónica Lavín ofrece esta cáustica mirada reivindicativa: “Le escribió tantos versos, cuentos, canciones y hasta novelas que una noche, al buscar con ardor su cuerpo tibio, no encontró más que una hoja de papel entre las sábanas”. Y con ironía sabedora de ciertos poderes femeninos, la argentina Ana María Shua expresa: “Mientras Aladino duerme, su mujer frota dulcemente su lámpara maravillosa. En esas condiciones, ¿qué genio podría resistirse?”.

También los poetas, decíamos, insertan en sus versos punzantes microfilmes, desde el más trágico Robert Lowell —“¿Y si las luces que vemos al final del túnel son los faros del tren que se nos viene encima?”—, hasta el más emotivo Francisco Brines, quien en La última costaotea: “Mi madre me miraba muy fija desde el barco / en el viaje aquel de todos a la niebla (…)”.

En ocasiones ocurre, en fin, desmintiendo a Gracián, que lo bueno, si breve, dos veces breve.

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