De agua no tan dulce, Marina Colasanti

Rebecca YanovskayaCriaba una sirena en la bañera. Trabajo, no daba ninguno, sólo la adquisición de peces con los que ali­mentarla. Mansa desde pequeña, cuando fue atrapada en una red de gambas, ya estaba entrenada para la vida cotidiana entre azulejos.

Cantaba. Melopeas, al principio, que al poco tiempo, por influencia de la radio que oía en la sala, fue cam­biando por las canciones de Roberto Carlos. Bajito, eso sí, para no molestar a los vecinos.

Así se entretenía. Trenzaba y destrenzaba sin fin sus cabellos, ahora de oro pálido. “Siempre creí que las si­renas eran rubias”, dijo él un día trayendo tinte y agua oxigenada. Y ella, sin siquiera despedirse de los negros mechones en el reflejo del agua de la bañera, comenzó sumisa a pasarse el pincel.

Sólo una vez, en todos los años que vivieron juntos, él la llevó hasta la playa. En coche, las escamas de la cola escondidas debajo de una manta, al cuello la correa que había comprado para prevenir un despertar del instinto. Bajó un poco el cristal, para que entrase el aire marino. Pero no intentó huir. Encendió la radio y se quedó mi­rando las olas, mientras copos de espuma caían de sus ojos.

 

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